01 Ene El legado del pintor Diego Velázquez de Silva.
Velázquez no solo fue un destacado pintor, sino también un comerciante de arte con una notable trayectoria en el mercado del arte.
La historia de Diego Velázquez como marchante de arte es un tema fascinante que ha capturado la atención de historiadores y aficionados al arte.
Su legado se extiende más allá de la pintura, influenciando el arte y la cultura en su tiempo. Velázquez no solo fue un destacado pintor, sino también un comerciante de arte con una notable trayectoria en el mercado del arte. Su trabajo ha dejado una huella indeleble en la historia del arte y continúa siendo objeto de estudio y admiración.
El legado del pintor Diego Velázquez de Silva.
La Ilustración católica (Madrid. 1877). 21/2/1882, n.º 31
Biografía muy interesante.
Fragmentos importantes:
Dos viajes hizo Velázquez a Italia; el primero en el año 1629, habiéndose embarcado en Barcelona con D. Alfonso Espínola, marqués de los Balbases, capitan general de las armas españolas en los Países Bajos; y el segundo en el año de 1648, con embajada extraordinaria cerca del pontífice Inocencio X, para comprar un gran número de pinturas originales y estatuas antiguas de las más celebradas que hay en la Italia. Salió de Madrid en Noviembre de dicho año de 1648, y se embarcó en Málaga con D. Jaime Manuel de Cárdenas, duque de Nájera, que iba a Trento a esperar a la reina Doña María Ana de Austria, hija del emperador Fernando III y Doña María, infanta de España. Desembarcaron en Génova, y tanto en esta ciudad como en todas las que habitó Velázquez, fue en extremo agasajado y atendido por cuantos tuvieron la dicha de conocerle.
Pasó en Italia año y medio en su primer viaje, la mayor parte del tiempo en Venecia, ciudad a que era en extremo aficionado por hallerse allí lo mejor de Ticiano, Tintoretto y Pablo Veronés pintando al fresco en el templo de San Marcos, en el palacio de los Duques y en la sala del Gran Consejo. Copió un cuadro de Tintoretto que representaba a Cristo comulgando a sus discípulos, ¡obra admirable! que trajó a España y la regaló a S.M.; y hubiera permanecido más tiempo en aquella patria de tantos grandes pintores, a no habérselo impedido la inquietud que le causaban las guerras en que ardía entonces la República veneciana. Era tanta la inseguridad con que se vivía en aquella ciudad, que tenía el embajador de España, en cuyo palacio estaba alojado Velázquez, que enviar con él algunos de sus criados siempre que salía para que escoltasen su persona.
En las dos temporadas que pasó Velázquez en Roma, estuvo alojado y servido en el Vaticano con todo regalo; pero deseoso de hallarse con más libertad y en sitio más a propósito para trabajar durante el verano, logró (aunque fue necesario para ello que negociase el embajador de España D. Manuel de Zúñiga y Fonseca, conde de Monterey, con el gran duque de Toscana), por el alto aprecio que éste hacía de nuestro pintor, que se le aposentase en el palacio o villa de los Médicis, que está en la Trinitá ai Monti, en la parte más alta y más airosa de Roma. Allí pasó algunos meses, hasta que, habiendo sufrido un fuerte ataque de tercianas, se lo llevó el embajador a su casa, para que estuvies mejor atendido y cuidado, como correspondía a un hombre tan eminente. Dos cuadros originales pintó Velázquez en su primer viaje a Roma, y ambos trajo a España para regalárselos al Rey, quien los mando colocar en el Buen Retiro. El uno representa a los hijos de Jacob presentando la túnica ensangrentada de José, y el otro a Vulcano en su fragua rodeado de sus cíclopes, ambos de extraordinario mérito y dignos de su autor; hállase el segundo actualmente en el Museo de Madrid, y el primero en el Escorial, en la sala de Capítulo.
Volvío Velázquez a España despues de tres años de ausencia; y aunque hubiera deseado pasar por París, para lo cual obtuvo pasaporte del embajador de Francia, no se resolvió a hacerlo por la inquietud de las guerras; y así, habiéndose embarcado en Genova, llegó a Barcelona a mediados de junio de 1651. Vaciaron poco despues las estatuas y bajos-relieves que habían traido los escultores Jerónimo Ferrer, que vino de Roma para el efecto, y Domingo de la Rioja, excelente estatuario madrileño.
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