25 Oct El poeta de Córdoba por Federica Montseny en 1930.
Ha muerto Julio Romero de Torres. Ha muerto en esa Córdoba suya, de la que pintó el poema,
Buenas noches, soy Gertrudis, en la noche del sábado 25 de octubre, a cuarenta y ocho horas de nuestro viaje a Tokyo, quiero aportar mi granito de arena con la lectura de esta publicación, escrita en 1930 a raíz del fallecimiento del pintor universal Julio Romero de Torres, el poeta de Córdoba, escrito por mi querida Federica Montseny, amiga del alma, que mantuvimos una amistad desde su regreso del exilio en el año 1977. En la biblioteca de la casa disponemos de la gran mayoría de sus libros, copias de manuscritos, revistas donde colaboró. Eustaquio me está llamando para ir a cenar en el salón comedor junto con la Familia, pero volveré a escribir para vuestra lectura, queridos Lectores, esta magnífica semblanza crítica, audaz y valiente publicada en la Revista Blanca.
He cenado poco y sabroso, he preparado la habitación pero antes os voy a transcribir esta opinión de mi amiga Federica Montseny, dice así: «Ha muerto Julio Romero de Torres. Ha muerto en esa Córdoba suya, de la que pintó el poema, en ese grupo de cuadros donde cada mujer expresa un aspecto del alma ardiente, sombría, mística, sensual y trágica de Andalucía.
Ha muerto siendo ya el pintor consagrado, el artista oficial, al que Cambó contrataba cuadros. Ha muerto ya maduro, esto es, habiendo ya dejado detrás suyo la aurora de sus años mozos, de sus inquietudes de hombre y de artista. Mas, ¿dejará por eso de ser el autor de «Conciencia tranquila»? ¿Tendrá menos su arte su belleza de evocación, la gracia lánguida y apasionada de sus mujeres, esas mujeres de Romero de Torres personales y únicas, de ojos inmensos, de expresión enigmática y soñadora, que detienen la mirada extática y hablan profundamente al alma de quién sabe qué misterios?
El primer cuadro que Julio Romero de Torres presentó a la Exposición Nacional, fue su «Conciencia tranquila»: una obra de ejecución nueva, de audacia y de tendencia social; un registro policíaco en la mansión de un obrero. El conjunto, admirable de detalles, ofrecía un agrupamiento evocador de figuras: los policías registrando, el obrero amanillado, la mujer sollozando en el fondo, un niñito, en camisilla, abrazándose a las rodillas de su padre. Este, con una expresión de serenidad, de placidez sobrehumana, de arrogancia sobrecogedora en el rostro como de iluminado. Un cuadro de hombre que sentía bullir en su mente y en su alma un ideal y una protesta: Romero de Torres a los 25 años. Obtuvo tercera medalla y muchas críticas. La ejecución todo el mundo la consideró impecable; la idea madre, demasiado marcadamente social. Por esto una tercera medalla se juzgó bastante y hasta excesiva.
Recuerdo haber visto, en casa de niña, una reproducción fotográfica de este cuadro, hecha por Romero de Torres y dedicada a mi padre. También he visto en casa «La carga», de Casas, y el «Prometeo moderno» de Aurelio Cabrera; hoy Ramón Casas, pintor de la burguesía catalana, pertenece al somatén y Aurelio Cabrera, escultor revolucionario antaño, murió siendo catedrático oficial de la Universidad de Toledo.
¡Con cuánta tristeza y cuán íntima piedad he escrito estas líneas! Representan estos fines, sacrificios, interiormente quizá desgarradores, de cuanto hubo de viril, de joven, de sano y de libre en estos hombres. Representan la venta de tres talentos sometidos, reducidos en su inquietud inicial por los Poderes que todo quieren poseerlo y sojuzgarlo. Casas, Cabrera, Romero de Torres, dejaron, al despojarse de su rebeldía, y de su personalidad artística, algo de lo mejor, de lo más puro de sí mismos. Su propio arte debió resentirse de la amputación que el mundo realizaba en sus almas. Casas se ha convertido en un pintor amanerado, insípido. Cabrera no produjo nada que pudiera igualarse a aquel Prometeo que encarnaba la lucha eterna de la humanidad por la libertad y contra el buitre de la tiranía que roe sus entrañas. Romero de Torres tras su «Conciencia tranquila» y su «Vividoras del Amor», rechazado en otra Exposición, degeneró en retratista, salvándose sólo su genio porque se refugió en la entraña de la tierra, de su Córdoba que llevaba metida en el alma y de ella sacó los materiales magníficos de su inspiración artística.
Hemos de dejar, pues, al hombre con su fracaso; al hombre que España sometió, cerrándole las puertas de la gloria y de la despensa, cuando, tras un primer cuadro, osó presentar un segundo que describía el interior de un burdel, no con lubricidad, sino con una perspectiva de aquelarre, mostrando una multitud de mujeres míseras y de aspecto desgarrador en un ambiente siniestro. Era un cuadro duro cruel, acusador, sangrante, un cuadro que continuaba y que cerró la trayectoria de Romero de Torres como pintor social. Tras esta obra, Romero de Torres tuvo un período de titubeo, de debilidad artística: se volvió incoloro; pintaba cuadros de muchachitas rodeadas de flores, estampas pueriles que sólo salvaba la ejecución y la luminosidad que imprimía su paleta a los semblantes y a ese algo impalpable, como etéreo, como sublimemente animado por un recóndito hálito que envuelve a sus figuras.
Después volvió a Córdoba. Y pintó «El poema de Córdoba», la canción de Córdoba, el alma y la vida de Córdoba.
Dejado ya el hombre, contemplemos al artista. Al artista grandioso, sutil, lleno de vida interior y que animaba con su propia vida interna la vida, los ojos abismales de sus figuras.
¿Quién no ha caído en éxtasis artístico contemplando esas caras de mujeres, esos semblantes apasionados, de expresión trágica, de pupilas enormes y luminosas, llenas de vida y de misterio, que la paleta de Romero de Torres recogió entre las gitanas de los barrios bajos de Córdoba y en los atardeceres de primavera, entre los claveles y las malvalocas de las ventanillas cordobesas, cada una un altar de amor, que dijo con frase galana el vate?
Para nosotros, catalanes, que miramos el arte y la obra de Romero de Torres desde la extrañeza y la curiosidad de otra raza, étnica y climatológicamente distinta, estos tipos de Romero de Torres tienen una seducción a la vez moderna y arcaica. Hay, en efecto, una mezcla de épocas, una fusión de caracteres históricos, en estos cuadros que han llevado a la pintura un nuevo elemento: la evocación, el poder de revivencia, como Renoir llevó a ella los caprichos y los juegos de la luz manejada como elemento creativo.
Hay dos cuadros de Romero de Torres, aparte los que forman «El poema de Córdoba», que recuerdo especialmente, aunque de ellos no he visto más que reproducciones, que sin duda distan mucho de tener la belleza y la ejecución del original: «La niña de la naranja» y «La niña del espejo». Jamás he visto semblantes, bustos de mujer, que tuvieran vida más potente, que hablasen más al alma y la sumiesen en lo que yo he llamado éxtasis. Hay un no sé qué impalpable, sombrío, trágico, profundo en estas caras de mujer sin sonrisa, rostros de ojos inmensos, de bocas a la vez sensuales y herméticas, de frentes como crispadas y de una belleza ardiente, carnal y espiritual a la vez, de narices palpitantes y de expresión indefinible, que lo mismo habla de amor que de la muerte.
El alma de una raza, el alma de un pueblo borracho de sol, de vino, de amor, místico y apasionado, encarnación del Oriente en tres razas distintas: zíngaros, judíos, árabes; que aun conserva la tradición y el ritmo de su pasado próximo; el alma de un pueblo que lleva en sí mismo una vida desbordante, una sed insaciable, un sentimiento magnífico y trágico de la vida, en el que se unen lo espectacular del Mediodía, del sol que desnuda y del cielo bajo el cual todo adquiere transparencia, y lo hermético, lo insondable del Asia misteriosa y cerrada, como sus harenes, de los que aun es eco la clausura de las mujeres cordobesas; el alma de un pueblo vive y se asoma a estas caras y a estos ojos.
¡Y qué poesía indecible, qué belleza a la vez íntima y ambiente, qué logro insuperable de captación de matices y de expresión recóndita tienen sus cuadros! Su «Angeles y Fuensanta», «Las niñas de la ribera», las dos de la naranja y del espejo que he señalado antes y otras de más figuras y significación aún más honda: «El pecado», «Retablo del Amor». Luego el que se considera como arquetipo de su arte, «La consagración de la copla», cuadro típico, movido, espléndido de vitalidad y de color.
La vida de Romero de Torres, ya dentro de su trayectoria despojada de inquietudes ideales y de rebeldía social, no tuvo conflictos ni ningún batallador arduo. Deslizóse amable, ligera, fastuosa a veces, con esa superficialidad y esa exuberancia de la existencia de los artistas. No nos interesa, no, la vida de Romero de Torres, desde el momento en que su conciencia falló el pleito que se plantea a todo hombre al nacer a la vida consciente: el famoso adaptarse o morir. Romero de Torres, desde el instante que se adaptó, su vida careció de todo dramatismo, resolvióse a sí propia el problema con la cobardía que le imponían el ambiente y su debilidad vital.
Pero ahora, en esta de su muerte, que ha reunido alrededor de su féretro todo el pueblo que él poetizó y expresó, cabe preguntarnos si la culpa de su adaptación, de que Julio Romero de Torres no hubiese seguido la trayectoria iniciada en esas primeras producciones de su juventud, está en mayor grado en él, que cedió, o en el ambiente pobre de España, en la miseria moral de este rincón del mundo, aun dominado por una inquisición sobre las conciencias como no se ve en otra parte de Europa.
Romero de Torres, en su juventud, en sus primeros años en Córdoba, y en Madrid, se relacionaba con los elementos avanzados: sus cuadros primeros no eran manifestaciones esporádicas de un sarampión juvenil, sino explosiones conscientes de anhelos y rebeldías del alma. Julio Romero de Torres, con su arrogancia y su empaque señoril y andaluz, con su gracejo, con su ardiente imaginación y su alma inquieta y turbulenta, en otro país, bajo otro cielo espiritual, en otra vida socialmente más libre, menos inquisitorialmente dominada por la tradición religiosa y la omnipotencia capitalista, hubiera sido en la pintura lo que Rodin en la escultura y en esa gran república del arte que ha sido siempre París.
Romero de Torres, el artista triunfador, el hombre íntimamente fracasado, con un destino torcido por la fatalidad histórica del país en que nació su genio, aparece ante nosotros como una de las grandes víctimas de España: víctima de sus prejuicios, de las mentes cerradas, del concepto jesuítico y brutal que flota por el ambiente, que esclaviza, que somete a las conciencias, que persigue por el fuego y por el hambre, con la cárcel y la miseria, a cuantos osan tener aquí una idea propia, un pensamiento demoledor, un propósito de justicia social, un anhelo de superación colectiva.
Romero de Torres fue una de esas víctimas sometidas, mutiladas espiritualmente, uncidas al carro cansino de la vida española. Se le planteó el problema trágico; o te adaptas, conteniendo tus ímpetus, despojando a tu arte de todo jacobismo, de toda demagogia insensata, reintegrándote al ritmo del arte genuinamente español, religioso y cortesano, del cual es única excepción el sangriento e iracundo Goya, el que pintaba con cara de bruja a María Luisa y cuyos retratos reales forman una galería curiosa de casos patológicos – o te adaptas, cambiando tu musa artística, renunciando a esa peligrosa pintura de cuadros revolucionarios, o debes renunciar a la gloria, a vivir de tu talento y de tu trabajo. Las Exposiciones te rechazarán tus cuadros; ningún burgués conservador ni ningún altanero aristócrata tendrán el capricho de comprarte la visión de un registro en casa de un trabajador anarquista y el cuadro de un burdel lleno de mujeres famélicas, de rostro demacrado y cubiertas de andrajos, imágenes desgarradoras del hambre y del pecado mísero a que él arrastra.
Así, con esta brutalidad, con este cinismo, el dilema se ha planteado y se plantea en España. Y ante él unos ceden, como Romero de Torres, como Cabrera, como Casas, como el propio Sorolla, el pintor de niños escrofulosos, de los hospicianos hijos de la miseria y del vicio, el pintor más tarde de la reina Victoria. Otros no ceden y arrastran vidas lamentables de genios ignorados, o emigran, buscan en París o en Buenos Aires, como Utrillo, como Rojas, patrias más libres y hospitalarias.
En todas las revistas ilustradas de España, el público ha visto estos días el retrato de Romero de Torres, el poeta de Córdoba: un tipo andaluz cerrado; el ancho sombrero cordobés sobre la testa enhiesta; la chaqueta ceñida, una mano en ademán jacarandoso en la cintura; la piernas finas cruzadas. El rostro, de bigote leve, de boca sensual y hermética, como la de sus mujeres; los ojos, grandes, negros y entornados, ojos extrañamente tristes, sin vivo brillo, sin hermandad con la altivez de ademán y porte, ojos a los que se asomo quizá un alma insondable y múltiple, apasionada y contradictoria, ardiente y trágica como la del pueblo de quien fue el poeta.
Ahora, ademán, porte, ojos, vida y arte ya extintos, yacen bajo la tierra y bajo las flores con que le cubrió su pueblo. La mano que supo recoger la belleza en sus más diluídos matices y plasmarla en arte, está inerta y rígida. La boca, que supo de toda la gracia andaluza, se ha callado por siempre más bajo la losa del sepulcro. Y los ojos, el contraste y el enigma de su rostro; los ojos, a los que se asoma el alma y que hablan de sus dramas y de sus alegrías, de los triunfos y de los fracasos más íntimos, quedan por siempre más cerrados, llevándose – ¡ ellos también ! – su secreto a la eternidad de la muerte.»
Esperando vuestros comentarios para avanzar en el conocimiento de este gran intelectual de su tiempo, incluso de la actualidad. Buenas noches, amables lectores, a las doce y media de la madrugada, del 26 Domingo 2025. En Córdoba. Barrio de la Judería. Abrazos literarios de Gertrudis.
No Comments