En una sala de la residencia de Peterhof, pequeño Versalles de la zarina Isabel, que reinó sobre Todas las Rusias desde 1741 a 1762, setecientos treinta y seis ojos de doncellas de todos los pueblos del vasto imperio clavan sus miradas irónicas en el pasmado espectador. Los pintó, como un catálogo ilustrado de etnografía mujeril, el veronés Pietro Rotari en sus seis años de estancia en la Palmira del Norte.
En la lluviosa primavera de 1756, mientras que el Neva, con la cenagosa petulancia de los ríos en crecida le inundaba la capital, la zarina Isabel Petrovna despachó un correo a Dresde, que el elector de Sajonia Augusto II el Fuerte había transformado unos lustros antes en una bombonera rococó del tamaño de una ciudad. La emperatriz de Todas las Rusias, hija de Pedro el Grande y Catalina I, contaba entonces cuarenta y siete años y reinaba desde las dos de la noche del 6 de diciembre de 1741, cuando había guiado a un regimiento fiel a la conquista de un Palacio de Invierno semienterrado en la nieve: de allí salió poco después un trineo que conducía a un gélido exilio boreal a la regente Ana Leopoldovna y a su hijo Iván VI, pequeño zar depuesto cuando apenas contaba trece meses. Su culpa estribaba en ser de estirpe alemana y en favorecer a los alemanes en la corte y el ejército. La rusa Isabel, una auténtica Romanov, que sólo usaba el ruso para los insultos de arrabalera que profería a menudo contra los interlocutores que la irritaban, y prefería expresarse en francés, era una majestuosa mujerona a quien le gustaban los hombres, el vodka y el guardarropa: poseía quince mil vestidos y dos mil pares de zapatos, que destrozaba en gran cantidad utilizándolos como proyectiles durante las discusiones del Consejo de Estado. Fumaba en pipa como su padre y era tan inteligente, culta y enérgica como él. Se carteaba con Voltaire, que incitado por ella escribió la Histoire de lEmpire de Russie sous Pierre le Grand; creó escuelas primarias y secundarias, fundó una universidad, envió a estudiar al extranjero a los jóvenes más prometedores y llamó a San Petersburgo, para que la embellecieran, a artistas de todos los rincones de Europa. Mandó transformar la pequeña residencia de verano paterna, Peterhof, en un grandioso Versalles ruso, confiando la dirección de las obras a Bartolomeo Rastrelli. Allí vivía preferentemente, entre bailes, teatros y cacerías, con el favorito de turno, a quien los cortesanos llamaban con poético sarcasmo el Emperador de la Noche, circundada por profusión de obras de arte que apreciaba y coleccionaba. El mensajero enviado a Dresde tenía justamente por misión traerle a casa a otro artista italiano: el pintor Pietro Rotari, que en aquel momento se encontraba en la capital sajona pintando, como huésped de Augusto III, cuadros religiosos como la Sagrada Familia o el Descanso en la huida a Egipto que hoy se conservan en esa Galería. Hijo del estimado médico Sebastiano Rotari y de Anna Fracassi, Pietro había nacido en Verona el 30 de septiembre de 1707; y de jovencísimo, entre los siete y los ocho años, había manifestado ya una precoz inclinación por las bellas artes. Su buen padre, secundándola, lo había puesto a aprender con el insigne tallador de cobre Robert van Anden Aert, llevado a Verona por el obispo Francesco Barbarigo, un prelado mecenas; en dicha escuela fue coetáneo y condiscípulo de Cignaroli, completando después su educación en el taller de Antonio Balestra, donde permaneció hasta los dieciocho años. A partir de ese momento empezó a viajar y ya nunca lo dejó.
Los 368 lienzos de figuras femeninas de medio busto que recubren las paredes de la Sala de los Retratos de la residencia de Peterhof, junto a San Petersburgo, fueron pintados por el veronés Pietro Rotari durante seis años.
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