04 Oct La Leyenda de la calle de La Pierna en Córdoba.
Artículo exclusivo para Proyecto Garlo por Jorge Leónidas Bustamante Luján
“Casi al principio de esta calle encontramos otra sin salida titulada desde muy antiguo calleja de ‘Pan y Conejo’, tal vez apodo de alguno de sus vecinos, pues no de otro modo se explica tan peculiar nombre. Ésta debió comunicarse antiguamente con la de los Santos en la calle de los Moros, por la dirección que ambas tomaban, no advirtiéndose ahora tanto por haber acortado la última».- Don Teodomiro Ramírez de Arellano. No carecía de razón ya que se conoce que a este enclave lleno de leyendas, se le conocía con este nombre, en referencia a un vecino, que se hizo famoso en el barrio, al presumir de su comida favorita.
Tras un rincón del centro, por la «Plaza de las Tendillas’, por la calle Jesús y María, y siguiendo por Ángel de Saavedra, se llega a «La de la Pierna», nombre que se le dio posteriormente debido a un curioso suceso y que mantuvo hasta finales de 1896 en el que el Ayuntamiento de Córdoba decidió dedicársela al ex alcalde de Córdoba Rafael Barroso y Lora, que acababa de fallecer y que había nacido en una de las casas de dicha calle.
El dueño de la casa número 4 de esta misteriosa calle, afirma que abrió un nicho en su fachada para colocar una pierna, que formaba parte de los restos de una antigua estatua romana dedicada a Apolo y que fue hallada mientras se trabajaba en los cimientos de una casa de la calle Ángel de Saavedra, pero para los habitantes y en esa época de tanto duende y misterio, era eso, la pierna de un difunto.
«Una pierna de mármol blanco con ropa que cae por detrás: fragmento de estatua de tamaño natural. Está empotrada en una esquina de la calle de Barroso, que hasta hace poco se llamó de la Pierna por este trozo escultural. Aunque está cubierta de cal de Morón y por lo tanto muy perdidas las líneas, parece de buena época y de buena mano».- «Inventario monumental y artístico de la provincia de Córdoba», de 1904 escrito por Rafael Ramírez de Arellano hijo del gran Don Teodomiro Ramírez de Arellano.
Don Teodomiro Ramírez de Arellano en su libro «Paseos por Córdoba» de 1873, quería ir más allá y nos contaba que en la casa número 4 de la calle de la Pierna, actual calle Barroso, vivía una joven que no solamente pasaba el día en la ventana indagando la vida de sus vecinos, sino que muchas noches hacía lo mismo, acarreándose el odio de todos los que tal conducta conocían. Una noche, puesta en su sitio de costumbre, vio venir de hacia la parroquia dos filas de luces alumbrando un féretro que ocupaba el centro. Asomada a la ventana. «AI Ilegar a su altura, la fila de cofrades que acompañaban al difunto; se acercó uno de los penitentes a la reja y le ofreció el cirio que llevaba encendida para que ella la sostuviese mientras pasaba la procesión» porque se sentía tan enfermo que tenía que abandonar la formación. Accedió a aquella a la petición y después de tomarlo entre sus manos, su curiosidad le hizo preguntar el nombre del que llevaban a enterrar, oyendo con asombro que el desconocido pronunció el de ella, cuya sorpresa le hizo dar un grito y caer desmayada. «Cuando volvió en sí, toda confusa y humillada, vio que el cirio que empuñaba en su mano derecha era la pierna fría y muerta del cadáver que llevaban a enterrar». Añade que no sólo quedó curada de su mala costumbre, sino que se colocó la pierna en el sitio que aún vemos en memoria de este suceso.
Por el contrario otros afirman, que en esta casa vivió una señora en extremo bella llamada Doña Blanca Aguilar, pero tan orgullosa y de mal carácter que nadie podía sufrirla, llegando su desmedido amor propio a creerse la más hermosa del mundo y a despreciar a cuantos no la adulaban. A tal extremo llegó su presunción que teníase por superior a su padre, a quien maltrataba por su extrema pobreza. Un día se acercó este a pedirle un socorro con que atender sus necesidades, y esta, en vez de brindaselo, lo recibió ella con multitud de injurias, a las que el pobre anciano contestó dignamente, no creyendo que su hija cometiese la infame acción de arrojarlo a puntapiés de su casa. Pero así lo hizo, dando lugar a que la maldición paterna cayese sobre ella, hasta tal punto que la pierna con que lo había ofendido se le convirtió en piedra, muriendo entre los más agudos dolores, castigo con que la Providencia le hizo comprender lo mucho que lo había ofendido.
Aunque Ramírez de Arellano, en sus ‘Paseos por Córdoba’, se inclina por la leyenda de la estatua romana en la fachada, solo menciona como hecho trágico lo acaecido al doctor Gonzalo Antonio Serrano, que atendió en secreto a una dama que no podía dar a luz. La operó con éxito, fue muy bien pagado, pero se le amenazó si lo contaba. Debió de hablar, porque fue atacado a cuchilladas por dos hombres y se salvó sin lesiones al invocar a la Virgen de Linares, por lo que consta como ‘milagro’ en el santuario de la Virgen.
Años más tarde la pieza fue donada al Museo Arqueológico Provincial de Córdoba por José Marín Cadenas, que sería el propietario de dicha casa en 1944 que es el año en que Samuel de los Santos Gener, director del Museo, la inscribió en el Catálogo: «N.º 1036. CATÁLOGO SISTEMÁTICO. Objeto. Estatua de Apolo. (fragmento). Dimensiones 0,96 m. de alto y 1,33 m. de perímetro del grueso mayor. Escuela o taller. Hispano romano. Asunto. Apolo Citaredo. Es la pierna derecha, desde la ingle hasta el empeine del pie, de una estatua anatómicamente esbelta y varonil aunque poco musculosa, como corresponde a esta divinidad. Su talla revela la mano hábil de un buen escultor romano aunque su deficiente estado de conservación no lo demuestre con evidencia. Junto a la pierna y sobre un pedestal cubierto con los bordes del manto finamente plegados del dios, está la caja sonora de una lira, símbolo de Apolo Citaredo, a la que faltan los dos brazos que sostenían tensos los cordajes. Al pie derecho le faltan el metatarso y los dedos. Es posible que su actitud figurase en pie, apoyado sobre la pierna derecha, algo inclinado el busto también a la derecha dispuesto a pulsar la lira, cubierto solo con el manto, pues el cuerpo estaría desnudo por completo a diferencia del Apolo Citaredo del Vaticano, que como el Musegeta están desnudos o como el de Belvedere desnudo también pero sin lira.».- Museo Arqueológico Provincial de Córdoba.
DATO GARLO: 1497, diciembre. 28. Córdoba, calleja Pan y Conejo.
«Carta de venta de una casa en la colación de San Juan, en la calleja de Pan y Conejo, otorgada por García Ruiz de Toro en favor de Juana de Morales, hija de Juan Rodríguez de Morales, vecina de Córdoba. En Córdoba 28 diciembre 1497, ante Pedro Ortiz, escribano público. Pergamino. 4 pág. 280 mm. x 210 mm.» (Dañado por la humedad en el margen superior y primeras líneas del texto).»
En el siglo XVII se conoció también como Calleja del Postigo del Marqués del Carpio. Tiene un bonito torreón en esquina y a través de la calleja se llega a una plazuela con las armas de los Sotomayor, Señores y Marqueses de Carpio, por lo que parece que ésta casa señorial tenía por la calleja su puerta falsa, como entrada del personal de servicio y entrada a las caballerizas de la casa, cosa muy común en aquellos tiempos. Don Diego López de Haro y Sotomayor (Córdoba, 1515 – 1578), fue el primer marqués del Carpio. El rey Felipe II le concedió este título el 20 de enero de 1559 y fue el artífice de las Caballerizas Reales de Córdoba.
Fuente de información:
* Qurtuba Fábulas: «LA CALLE DE LA PIERNA Y LA PIERNA QUE LE DIO NOMBRE».
* Francisco Fernández Rizos.
* Diario Córdoba: «La calle de la Pierna, un enclave lleno de leyendas».
* Notas cordobesas: «La calle de la Pierna y alrededores» de Paco Muñoz.
* Sabores de Córdoba: Calleja Pan y Conejo por Chary Serrano.
Artículo exclusivo para Proyecto Garlo por Jorge Leónidas Bustamante Luján, 04 de Octubre, 2025.
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