13 Oct Si el proyecto de mi amigo…a Córdoba La Vieja.
La llegada del Dr. Izquierdo Reyes y del laureado pintor Julio Romero, a quien acaba de dar notoriedad saliente su cuadro «Las vividoras del amor»
(…)
Si el proyecto de mi amigo llegaba a realizarse, ¡cuántas de estas cosas desaparecerían, y cuántos de estos recuerdos más bien muchos de ellos soñados que basados sobre certidumbres, se evaporarían por completo! Podría entonces, acaso, aunque es bien difícil, distinguirse desde las ventanillas de los coches del ferrocarril la Puerta del Perdón de la Mezquita-Catedral; podría sin pérdida de tiempo el viajero satisfacer su curiosidad visitando la Aljama con sólo seguir el grandioso boulevard proyectado; pero no le acompañarían de cierto aquellas fantasías que, como gnomos bullidores y parlantes, se despiertan hoy en el ánimo del propio viajero, le salen palpitantes al paso, y con él penetran bajo las paralelas naves del templo que simboliza el imperio de los Omeyas en España!
Ganaría el comercio, ganarían los propietarios; pero perderían incuestionablemente la tradición y la leyenda, y acaso también el arte.
La llegada del Dr. Izquierdo Reyes y del laureado pintor Julio Romero, a quien acaba de dar notoriedad saliente su cuadro «Las vividoras del amor», y con quienes había de hacer la expedición proyectada, puso término a mis reflexiones y a la exposición acalorada que de sus proyecto mi viejo amigo hacía. Cambiados los saludos de ordenanza, montamos todos en el coche del doctor, y al galope de los caballos pasamos por delante de la Plaza de Toros, y, tomando el Camino de San Jerónimo, cruzamos diagonalmente la vía férrea, para seguir al NO., por terreno abierto, árido y ondulado, en dirección a Córdoba la Vieja.
¡A Córdoba la Vieja! A la ciudad fantástica, soñada en los libros que dan noticia de ella, y de cuya grandeza, preconizada y exaltada por los escritores arábigos, no conocía más que pequeños fragmentos arquitectónicos! Tuve siempre vehementísimos deseos de visitar aquellos lugares ennoblecidos por la magnificencia y por el fausto de que supo rodear su persona el tercero de los Abd-er-Rahmanes, a quien por haber favorecido más que a otro alguno de sus antecesores la fortuna, y por haber hecho grabar su nombre en las monedas, generalmente, aunque no con rigurosa exactitud, conceptúan los expositores de Historia como fundador del Califato. Pero jamás había podido conseguirlo.
¡Cuando en 1875, es decir, hacía treinta años, me fue confiada por el Gobierno la comisión de reconocer y estudiar en la Península las inscripciones arábigas,- después de recoger todas aquellas de que había noticia en Córdoba, ya en lápidas sepulcrales, ya en lápidas conmemorativas, lo mismo en capiteles que en basas, y sobre todo, las del exterior y el interior de la que fue Mezquita – Aljama, no olvidadas las de la yesería de los edificios mudéjares,- quise llevar mis investigaciones a Córdoba la Vieja, como las llevé, aunque sin fruto, por desgracia, a otras localidades de la provincia.
Era en ella entonces gobernador persona tan culta como D. Enrique de Leguina, barón de la Vega de Hoz, quien ha ilustrado la historia de su patria, Santander, con muy excelentes trabajos biográficos. Púsome a la sazón con él en relaciones mi excelente amigo el director de la escuela de Bellas Artes, tan entendido como entusiasta por las cosas de Córdoba, D. Rafael Romero Barros, ya difunto, a cuyo celo son debidos, con otros muchos beneficios inolvidables dados por él a conocer en varios trabajos, el descubrimiento y conservación de una Sinagoga, edificio que fue motivo de muy doctas disquisiciones por parte del académico P. Fita.
Signifiqué al Sr. Leguina mis deseos y mis esperanzas; y luego de exponer unos y otras, y de haber hablado largo y tendido de lo que yo sabía, y suponía fue aquella ciudad en los pasados tiempos, – cuando puso el galante gobernador tomar la palabra, preguntóme sonriendo:
– ¿Es usted torero?
– ¿Yo…? – exclamé con sorpresa-. No, señor. ¿Por qué la pregunta?- interrogué a mi vez, riendo.
– Porque Córdoba la Vieja está en la dehesa del marqués de Guadalcázar, y en la dehesa del marqués, los toros bravos de Saltillo.
Creo me perdonarán mis medio paisanos los cordobeses mi absoluta ignorancia del arte de Romero y Pepe-Hillo, de Lagartijo y del Guerrita, y con ella, y desde luego a causa de ella, mi escasa afición a la fiesta pomposamente de nacional tildada; y supongo también que, como consecuencia de lo dicho por el gobernador y de lo que añadió respecto de los peligros y contingencias subsiguientes a la presencia de la torada tan famosa del marqués del Saltillo en aquellos lugares, me perdonarán asimismo se resfriase algún tanto mi entusiasmo arqueológico, y desistiera por completo por entonces de la expedición soñada.
Pasó la oportunidad, pasaron los años, a Córdoba me llevaron después otros asuntos, y ocupado con ellos ya no pensé en intentar de nuevo la visita a sitios tales, hasta que en la ocasión a que especialmente me refiero amigos cariñosos y, en particular, el simpático Dr. Izquierdo, que es entusiasta por todo lo muslime, con asegurarme unos y otros no corría a su lado riesgo alguno, y tranquilizarme en parte, – de igual manera que el barón de la popular zarzuela de Frontaura «En las astas del toro», bajo la salvaguardia de los profesionales se resolvía a salir a la plaza, así me determiné yo a realizar por fin aquel mi deseo al cabo de tantos años.
Por mediación de Julio Romero, hijo del antiguo director de la Escuela de Bellas Artes, ya citado, y aventajado discípulo suyo, premiado en varias Exposiciones nacionales, tuve pocos días antes la satisfacción de conocer en su domicilio al Dr. Izquierdo. Es hombre joven, muy acreditado en la ciencia médica, de reputación bien cimentada y de escogida clientela; y tan apasionado, en su tipo africano, de las cosas arábigas, como para haber invertido algunas cantidades en labrar por semejante estilo, dentro de su hermosa y antigua casa señorial de la calle del Císter, un lindo despacho para consultas.
En aquella estancia, pavimentada de blanco mármol, cuyos muros, sobre policromado zócalo de azulejos, están cubiertos de vistosa yesería, reproducción de la del palacio de la Alhambra; cuya ventana se ha convertido en poético aximéz marmóreo de arquillos angrelados, mientras el techo es copia del que tuvieron las naves de la Mezquita-Aljama cordobesa, y en el arrabad de la guarnición de yesería de la pequeña puerta de ingreso se declara en signos nesjí, un tanto deformes, el nombre del doctor y la fecha en que fue la obra terminada; en aquella estancia, repito, donde aún no había instalado el mueblaje que a propósito tenía mandado construir, y donde desentonaban las sillas de rejilla y de madera curvada, – recibióme afectuoso el doctor; charlamos de arqueología y de historia hispano-musulmana, en la que se mostró por extremo versado, y luego de haber tomado a la usanza del país unas copitas de Jerez – para cimentar así nuestra amistad y nuestras simpatías,- como por acaso hablase yo de Córdoba la Vieja, quedó acordada la expedición, llevando al doctor por guía, pues ya la había él hecho y repetido varias veces, era conocedor de aquellos sitios y amigo además de los sobrinos de Lagartijo, a quienes pertenecía la dehesa, donde cría el marqués de los Castellones las reses, en su mayor parte al circo destinadas.
En mi impaciencia, antojábaseme largo el trayecto. Los caballos corrían bajo un sol arderoso, que caldeaba el interior del carruaje, y la conversación no podía versar sino acerca del objeto que nos había reunido. Recordábamos las vicisitudes dolorosas de aquella fantástica creación de Abd-er-Rahmán III, que llevó el nombre mágico y sin duda merecido de Medina Az-Zahrá, y cuya memoria, como la de una quimera, se desvanece totalmente después de la Reconquista cristiana. Porque, como decía el insigne D. Pedro de Madrazo, «de Córdoba la Vieja se hace mención en algunos documentos de la Edad Media;¡de Medina Az Zahrá, nunca!. Con el apelativo que les ha conservado el vulgo, adjudicábase San Fernando en el repartimiento de Córdoba aquellos lugares, y Gómez Bravo, en su Catálogo de los Obispos de Córdoba, cita una donación hecha por el propio monarca a 20 de Febrero del año 1241, referente a una propiedad que estaba contra Cordubam la Vieja.
Estos dos documentos acreditan cómo ya entre los musulmanes mismos – pues sabido es fueron muchos los que en la población permanecieron cual mudejares – se había borrado el nombre propio de la ciudad del grande An-Nassir, y justifican por modo cierto el olvido o el desconocimiento que de él tuvieron los cristianos reconquistadores. De la suerte que al asolado campo hubo de corresponder mientras permaneció figurando en el patrimonio de los sucesores de Fernando III, nada se sabe. Nadie habla de él, y se ignora en qué tiempos y por cuáles causas pasó a ser propiedad del Municipio cordobés; quizás en los días de Sancho IV, y para premio acaso de servicios prestados en la execrable lucha entablada por aquel contra su padre don Alfonso el Sabio; por aventura en los del bastardo Enrique de Trastamara, y en pago de cuanto hicieron a la sazón los cordobeses contra su rey legítimo, el calumniado Pedro de Castilla.
Lo cierto es que cuando, a los comienzos del siglo XV, el venerable P. Fr. Vasco, de la Orden de San Jerónimo, excitaba en Córdoba los sentimientos piadosos de los potentados con objeto de fundar en la Sierra un convento, -mientras la viuda del Alcaide de los Donceles, don Diego Fernández de Córdoba, le cedía una huerta de su pertenencía, contigua a Córdoba la Vieja, la ciudad le haría para el mismo fin graciosa donación en 1408 de las ruinas del Castillo de Córdoba la Vieja. Por esta donación viénese en conocimiento de que todavía entonces quedaban en pie restos de las construcciones con las cuales se había engrandecido y honrado Medina Az-Zahrá, y de que aquellos restos estaban reputados, o lo eran realmente de la fortaleza que defendió un día la espléndida fundación del gran Califa.
Con la galanura propia de su atildado estilo, Madrazo refiere cómo «el arruinado castillo viene entonces al suelo; los sillares de sus muros son acarreados al cerro inmediato, donde los padres jerónimos edifican su convento; los tableros esculpidos, de barro y piedra, que los revestían, caen despedazados entre la hierba, donde permanecerán – dice – acompañando al sueño secular de las otras ruinas anteriores, ya sepultadas en aquel campo de soledad, que iba a nuestra vista descubriéndose conforme el carruaje adelantaba.
«El artículo es bastante extenso en detalles, quiénes estén interesados se enviará previa petición». (Juanjo García López «Garlo»)
Artículo publicado en el año 1906 mes de julio en la Revista La España Moderna, aunque el relato está contextualizado en el mes de Octubre del año 1905, donde Julio Romero ha conseguido un gran reconocimiento nacional como pintor con su pintura «Vividoras del Amor». Gracias por vuestra lectura.
El Artículo fue escrito por Rodrigo Amador de los Ríos. Titulado «Una excursión a las ruinas de Medina Az-Zahrá» 1906.
Rodrigo Amador de los Ríos y Fernández Villalta (Madrid, 3 de marzo de 1849 – Madrid, 13 de mayo de 1917). Doctor en Filosofía y Letras, obtuvo la licenciatura de Derecho en la Universidad Central de Madrid y estudió en la Escuela Superior de Diplomática, ingresando posteriormente en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Entró al Museo Arqueológico Nacional como ayudante en 1868 y fue nombrado Director del mismo en 1911.
No Comments