14 Oct Vegetación florida y esmaltados de naranjos y de limoneros.
Posted at 21:54h
in CASA ROMERO DE TORRES, DIARIO DEL ARTE, RUTAS CÓRDOBA
by Juanjo Garlo
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Los Patios lleno de Flores, en esta encantadora ciudad de Córdoba, así se siente en el año 1906 y en la actualidad en Flora 2025.
Quizás nadie llegue a esta publicación para su lectura. Es un relato escrito para la revista La España Moderna, en el año 1906, donde Don Rodrigo Amador de los Ríos, visita la ciudad estando acompañado del Dr. Izquierdo, Sr. Diputado Villalba y el pintor Julio Romero. He querido hacer la transcripción en este momento que estamos de celebraciones en el mes de Octubre, pues la Excursión a Medina Azahara ocurre en Octubre del año 1905. Saludos de Juan José García López. Garlo. Nos vemos del 17 al 22 octubre de 11h a 20h en el Patio Jardín Casa Natal Julio Romero de Torres en Córdoba.
Hermosa era sobre todo ponderación la mañana.
Mientras aguardábamos el coche, mi buen amigo Villalba, diputado provincial a la sazón, me explicaba su proyecto.
Estábamos en el anchuroso Paseo del Gran Capitán, que tantos y tan buenos edificios embellecen, y al pie del Hotel de Oriente, donde me hospedaba. Con esa verbosidad pintoresca, propia de los andaluces, mi amigo se esforzaba por hacerme comprender la importancia que para la ciudad de Córdoba tenía la realización de su pensamiento.
– Está acordada, es ya un hecho, la prolongación del Gran Capitán hasta la misma vía férrea, y la Compañía, – decía, señalando las frondosas huertas que sobre el fondo de la Sierra se extendían por el N., a través del Paseo de los Tejares, – construirá ahí la nueva Estación del Ferrocarril, que será magnífica. De tal modo – añadía, – los viajeros que pasan para Cádiz, Sevilla y Huelva, para Málaga y Granada, pueden, sin dificultad ni apremios, visitar con el tiempo necesario la Mezquita, con sólo apresurar un poco el almuerzo. Pero esto, como tú comprendes, no basta; yo he propuesto, y he de insistir en ello sin tregua ni descanso hasta que lo consiga – y ya sabes tú si soy testarudo,- he propuesto, digo, otra reforma de grande interés, la cual ha de reportar muchos beneficios a Córdoba: es el complemento obligado e indispensable de la anterior que te he indicado, y me agradecerán mis paisanos cuando se realice. He propuesto, vuelvo a decir, que el Gran Capitán, con una ligera inclinación hacia Levante, y dejando a un lado la iglesia de San Nicolás de la Villa, se prolongue a través del caserío hasta llegar a la misma Puerta del Perdón en la Mezquita.
– Ya ves tú – agregaba, entusiasmado y convencido, – ya ves tú si esto es importante y de transcendencia para Córdoba. Hay que expropiar mucho, es cierto, y aquí está el argumento. Aquiles que me hacen los que se oponen, diciendo que el Ayuntamiento no tiene fondos; pero también es cierto que, con el trazado de las nuevas calles, la propiedad aumentará considerablemente de valor, y terrenos que hoy no valen sino muy poco, porque están en un barrio de escasa significación, valdrán entonces bastante más del duplo. Al hacer el Municipio estas expropiaciones, para lo cual debe levantar un empréstito, y luego de abierta la Gran Vía, ganará también, porque terrenos adquiridos en un precio los enajenará en más del doble en seguida; y como en el hermoso boulevard que resulte acudirán el comercio a hacer sus instalaciones, y esos barrios, que hoy no tienen vida, la tendrán entonces propia, todos ganarán, se habrá hecho una obra admirable, verá todo el mundo de qué manera sabemos los cordobeses apreciar nuestros monumentos, y desde las ventanillas de los coches del ferrocarril se divisará en línea recta nuestra maravillosa Catedral, que nadie mejor que tú sabe es un prodigio del arte.
Poco enterado yo, pobre viajero, de las necesidades urbanas de la antigua corte de los Califas, había dejado decir a mi buen amigo cuanto antecede, sin osar interrumpirle. Muchos años hacía que faltaba yo de Córdoba, ciudad a la que profeso muy gran cariño, no sólo por sus monumentos, y especialmente la Mezquita-Aljama, cuya historia procuré años hace ilustrar en un libro, sino porque, aun con haber nacido en Madrid, me juzgo hijo de la provincia por mi Padre, de quien se guarda allí la memoria, pues como en Baena, como en Sevilla, como en Madrid, y como en Toledo, se ha dado en Córdoba su nombre a una calle, la antigua del Seminario de San Pelagio, establecimiento a cuyas aulas había en su azarosa juventud aquél asistido.
Interesante, pues, todo lo que a Córdoba se refiere; y en esta excursión advertía muy grandes y provechosas alteraciones en la capital, de cuyo engrandecimiento para la vida moderna me dieron testimonio por todas partes multitud de reformas, que habían cambiado en mucho la fisonomía particular y característica de la población, en ventaja suya. Hube de asentir por esto a las indicaciones de mi entusiasta y antiguo amigo, y no estimé en principio descabellada ni mucho menos la idea, si bien lamentando que con tales obras perdería de cierto la ciudad lo peculiar y privativo de su aspecto histórico y aún legendario.
Porque es indudable que, al penetrar en Córdoba, el ambiente que se respira está saturado del perfume delicado y sutil de los recuerdos, emanaciones del pasado, que en el espacio flotan, que todo lo penetran, que a todo dan colorido y lo embellecen; saudades de tiempos más presentes a la fantasía que al conocimiento, y cuyo prestigio es tal que, con invencible fuerza, se apoderan desde el primer instante del viajero y del artista, le subyugan, le obsesionan, le acompañan a todas partes, le sugieren pensamientos y quimeras, y le hacen sospechar en ocasiones si detrás de las caladas y misteriosas celosías de las poéticas y salientes rejas, detrás de los cruzados hierros que tejen las cancelas de los patios, exuberantes de vegetación florida y esmaltados de naranjos y de limoneros, asomará el rostro delicioso de alguna de aquellas hermosas mujeres de ojos de fuego y de mirar brillante, de trigueña color y labios encendidos, como tesoro inapreciable y trasunto paradisíaco escondidas en el secreto inviolable del harém por los musulmanes, enamorados y celosos.
Porque allí están todavía, aunque macilentas y tristes, agobiadas bajo el paso de los años, y hablando con elocuencia singular al espíritu, aquellas palmeras del Desierto, cuyos flotantes penachos coronan gallardamente los vetustos edificios, levantando los harpados brazos hasta el cielo. Delante de ellas se ha desarrollado por aventura el sangriento panorama de la Edad Media; ellas han visto, sin duda, a Córdoba en sus días de esplendor maravilloso, y han contemplado también sus infortunios y su ruina; quizás se estremecieron al eco de las victorias de Abd er-Rahmán III, de su hijo Al-Hakém y del poderoso Al-Manzor en las postrimerías del Califato; quién sabe si por el lado suyo discurrieron en vistosa cabalgata Sancho el Craso y su abuela doña Toda, la orgullosa reina de Navarra; si al pie de alguna de ellas lloró sus desengaños Ordoño IV, ni si en 1236 contemplaron atónitas la entrada de las huestes de Castilla mandadas por Fernando III el Santo.
Porque a pesar de las reformas llevadas a cabo, y exigidas por las necesidades de la vida moderna, aún en gran parte perduran aquellas calles, estrechas, torcidas, misteriosas, que se revuelven sobre sí mismas como reptiles, frescas y sombrías, perfumadas con el aroma que exhalan de uno y otro lado los patios de los edificios que las forman, y dormidas al eco rumoroso de los surtidores que vierten el agua cristalina en tazas de alabastro. Guardan aquellas calles, quietas y tranquilas, la memoria fiel de los tiempos que fueron; y sus casas, reverberantes de blancura al exterior, parece que, al tocarse con los aleros, tejen sobre la vía una bóveda protectora contra la inclemencia de las estaciones.
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