Documentación histórica en la Carpeta XII Orionis Biblioteca privada de Eustaquio Cassas i Murillo.
Recopilación de textos alusivos al Eclipse Solar Total.
Con fecha de 23 marzo de 1885 aparece publicado en Ilustración artística un grabado titulado El Eclipse, de J. G. Brown, con la siguiente referencia: «No hemos de describir qué cosa sea un eclipse: este fenómeno que no es fenómeno, como decía cierto alcalde a sus administrados en víspera de tener lugar uno de aquellos, ha llegado a anunciarse de antemano con una precisión tal, que el público se previene convenientemente para contemplarlo a su sabor el día, la hora, el momento preciso en que ha de efectuarse. Los sabios que se pasan la vida en los tejados y al cabo de cincuenta años de observación participan al mundo atónito la existencia de una estrella desconocida que sin duda hacia gran falta para que la miseria y el vicio desaparecieran de la tierra, los sabios de campanario, como si dijéramos, se proveen de instrumentos poderosos para darnos cuenta más tarde de si cuando Venus fue a interponerse entre el astro sol y el planeta tierra, iba vestida al natural o llevaba miriñaque. El vulgo, y entre el vulgo los muchachos callejeros, emplean un sistema menos perfeccionado, pero al alcance de todos, o sea un pedazo de vidrio ahumado que, en casos tales, causa la envidia de cuantos compinches aguardaron el acontecimiento poco más o menos como la cigarra aguarda el invierno.
Tal es la escena que Brown ha pintado con una verdad digna del mayor elogio: examínense las expresiones fisionómicas de esos rapaces, y aún tendiendo todas ellas a la manifestación de una misma idea, se echará de ver la distinta situación en que se encuentra la curiosidad de cada uno, desde la del grandullón que se halla en posesión del cristal, hasta la del bebé que, sin entender de eclipses, se abalanza para coger el sencillísimo instrumento. El grupo está perfectamente compuesto; el dibujo es correcto y la factura general revela hasta qué punto el autor domina el arte.
Eclipses y Ocultaciones de los Astros I
Uno de los espectáculos más grandiosos que el hombre puede contemplar, es sin duda alguna el de un eclipse total de Sol, observado desde una empinada montaña,o en la majestuosa soledad del Océano. Difícilmente pueden las palabras servir para que los que no han tenido la dicha de observar por sí mismos el fenómeno, comprendan toda la grandeza y magnificiencia de esta indescriptible escena de la naturaleza. Todo indica a nuestro alrededor, a medida que el eclipse avanza, que algo desusado ocurre; las aves buscan sus nidos, cambian de color las plantas y los ganados dejan de pacer; desciende con rapidez la temperatura, vénse correr por la superficie de la Tierra ráfagas luminosas y sombras voladoras, y en el momento de la totalidad, llegan a ser tan intensas las tinieblas, que se distinguen fácilmente las estrellas de 1ª y 2ª magnitud a la simple vista, y los planetas más lucientes como Venus y Júpiter; la naturaleza entera parece como desmayada y cadavérica, al faltarle por breves instantes la luz del gran luminar.
Durante los primeros períodos de la historia humana, un eclipse total de Sol era causa de grandes terrores y de angustias indescriptibles, pues en él se veía la cólera de la divinidad ofendida, o el presagio de alguna calamidad inminente. En un mayor estado de progreso, y cuando la ciencia hubo extendido su benéfico influjo en el espíritu de los hombres, dieron lugar estas vanas quimeras a concepciones más nobles y grandiosas de las leyes de la naturaleza, llegándose a considerar los eclipses como las consecuencias necesarias de un proceso uniforme y regular, que sólo diferia de los fenómenos ordinarios, en todo tiempo valiosos en alto grado, como pruebas de gran delicadeza que les permiten comprobar la exactitud de sus cálculos respecto de la situación de la Luna, deduciendo de aquí nuevos dtaos para perfeccionar las tablas y la teoría de los intrincados movimientos de nuestro satélite.
En los tiempos modernos, en que tanto interés despierta el conocimiento de la constitución física de los cuerpos celestes, han servido los eclipses para resolver muchos problemas relativos a la composición y estructura del Sol y de la Luna.
Es sabido que los eclipses en general resultan de la interposición de algún cuerpo celeste, entre la Tierra y otro astro. A causa del movimiento de que se encuentran animados todos los cuerpos del cielo, la dirección de las líneas que pueden imaginarse trazadas de unos a otros varia de tiempo en tiempo, y a veces ha de ocurrir que tres de ellos se encuentren en línea recta.
Cuando uno de los cuerpos extremos de esta serie, es el Sol, el cuerpo intermedio priva al que se encuentra en el otro extremo, ya total, ora parcialmente, de la luz que de ordinario recibe. Cuando uno de los cuerpos extremos es la Tierra, el cuerpo intermedio intercepta, total o parcialmente, al otro cuerpo extremo, de la vista de los observadores situados en diversos puntos de nuestro globo, que se encuentren en la línea común de dirección, y el cuerpo intermedio se ve pasar sobre el otro extremo, cuando entra o se separa de la línea común de dirección. Los fenómenos producidos por estas contingencias de posición y dirección se llaman Eclipses, Pasos y Ocultaciones, segun las magnitudes relativas y aparentes de los cuerpos interpuestos y oscurecidos, y según las circunstancias en que se verifican.
Vamos ahora a describir brevemente los principales fenómenos que por lo común se observan durante los eclipses totales de sol.
Uno de los más notables y constantes, es el cambio de color que sufre el cielo. Dice Halley en su relación del eclipse de 1715: «Cuando la fase era próximamente de diez dígitos, comenzó el cielo a perder su color, pasando de un hermoso y transparente azul, a un tono lívido y pulverulento, con algún ligero velo púrpura, oscureciéndose cada vez más hasta la completa inmersión del Sol».
También se ha notado que al mismo tiempo que cambia de color el cielo, sufren una modificación análoga los objetos terrestres según los progresos del eclipse; esta observación se remonta al año 840 antes de J.C.. Keplero refiere que durante el eclipse solar que ocurrió en el otoño de 1590, se vieron los cuerpos teñidos de amarillo. Estos fenómenos se han observado en épocas recientes.
La oscuridad que se produce durante un eclipse total de Sol no es tan considerable como muchos pudieran llegar a creer. Sin embargo, se encuentra sujeta a grandes variaciones. Dice Ferrer al hablar del eclipse de 1806, que en el momento de la totalidad, era indudable que había mñas luz que la que nos envía la Luna llena. Por lo general se ha notado que la oscuridad es bastante intensa para que no puedan leerse caracteres de imprenta, si bien esta regla presenta muchas excepciones. La débil iluminación que subsiste durante la totalidad, se debe a que la luz reflejada por las regiones de la atmósfera que se encuentran aún expuestas a los rayos directos del Sol, y a la corona, de que pronto hablaremos.
Según un observador inglés, el mayor descenso de la temperatura tiene lugar media hora después del instante de la conjunción del Sol y la Luna.
Durante el eclipse de 1842, notaron Piola y Struve, que si bien la oscuridad fue tanta que hubieran debido columbrarse las estrellas de 2ª y 3ª magnitud, sólo se distinguieron las de 1ª; este hecho lo explica Belli acudiendo a causas fisiológicas. Llama la atención sobre el hecho de que durante el corto intervalo de la oscuridad total, no tiene tiempo la vista para reponerse del efecto deslumbrador de los rayos solares, y por lo tanto, se encuentra su sensibilidad como embotada.
Es también notable la rapidez con que reaparece la luz del sol, en cuanto pasa el momento de la totalidad; de este fenómeno dío Halley dos explicaciones, pero como quiera que una de ellas supone la existencia de una atmófera lunar, que sabemos no tiene nuestro satélite, no nos ocuparemos de ella. Según la otra, antes de la oscuridad total, se encuentra la pupila muy contraida a causa del resplandor de los rayos solares, sin que pueda, por tanto, el órgano de la visión percibir inmediatamente la disminución de la luz, pero descansando la vista durante la oscuridad, se dilata de nuevo la pupila y percibe instantáneamente la luz del Sol al concluir la fase de la totalidad.
Cuando el disco lunar al avanzar sobre el del Sol reduce este último a una estrecha falce, se suele notar que, inmediatamente antes del principio, y despues del fin de la totalidad, aparece el borde de nuestro satélite como una hilera de puntos brillantes, separados por los espacios oscuros que se llaman las sierras de Baily. No se ha dado hasta ahora ninguna explicación satisfactoria de este fenómeno, aunque la hipótesis más probable parece ser la que atribuye su origen a un efecto de irradiación. También se ha dicho que pudieran deberse las sierras a la proyección de algunas de las montañas de la Luna sobre el disco solar; pero esta explicación no ha sido admitida por los sabios.
Aunque se llaman las sierras de Baily, no fue este el primer astrónomo que las observó, pues Halley, en una Memoria sobre el referido eclipse de 1715 dice: «Como unos dos minutos antes de la inmersión total, la parte restante del Sol se había reducido a un cuerno muy fino, cuyos extremos parecían perder su aguzamiento y se presentaban redondos como estrellas; en un espacio de un cuarto de minuto próximamente, una parte pequeña del cuerno meridional del eclipse parecía separada del resto, por un buen intervalo y se asemejaba a una estrella oblonga redondeada por ambos extremos.» El primer eclipse anular observado en el que se vieran las sierras, es el que describió Maclaurin, del 18 de febrero de 1736-37.
Uno de los fenómenos más interesantes que se perciben durante los eclipses, es el de la corona, o halo luminoso que rodea a la Luna. Por lo común aparecer 3 ó 4 segundos antes de la completa extinción de la luz solar y permanece visible casi al mismo intervalo despues de su reaparición; puede compararse, por lo general, al disco brillante que pintan los artistas alrededor de la cabeza de los santos.
Son varias las explicaciones que se dieron, según los tiempos, de este fenómeno; ninguna de ellas tiene hoy más valor que el histórico, pues los modernos métodos de análisis nos han revelado, en parte al menos, la verdadera constitución y naturaleza de la corona.
Según Keplero se debía a la presencia de una atmósfera alrededor de la Luna; para La Hire la causa productora era la reflexión de la luz solar en las desigualdades de la superficie de la Luna, contiguas al canto del disco, combinada con su paso posterior en la atmósfera de la Tierra.
Dice Grant, que su forma circular y su estructura nebulosa, cuya densidad disminuye gradualmente hacia la parte interna, hacen suponer que se debe a un fluido elástico que rodea al globo solar, y que por todas partes gravita hacia su centro; es verdad que los mismos resultados se obtendráin de la existencia de una atmósfera en torno de la Luna, pero por otra parte no hay razón que nos haga suponer que nuestro satélite esté dotado de una envoltura semejante, capaz de producir un efecto apreciable. De otro lado, la hipótesis de una atmósfera solar se encuentra confirmada por la analogía que presentan otros cuerpos del sistema planetario, y por pruebas de naturaleza positiva que se deducen de la constitución física del Sol. Los cambios que presenta este cuerpo cuando se observa con el telescopio sólo se pueden explicar suponiéndolo dotado de dos envolturas distintas de materia, suspendidas en una atmósfera trasparente, a diversas alturas de su superficie.
Delisle opinaba que el anillo luminoso podía deberse a la difracción de los rayos solares que pasaban tangentes al borde de la Luna; Brewster demostró que esta teoría, aunque ingeniosa, era insostenible; sin embargo, Marquez la defendió calurosamente en su Memoria del eclipse de Sol de 1860 observado en España. Según Baxendell, la corona es un anillo nebuloso que rodea al Sol y que refleja su luz.
Las fotografías demuestran que la luz de la corona es mucho más débil que la de la Luna, puesto que sus partes externas han necesitado un tiempo de exposición de 5 segundos para impresionar el cristal, mientras que nuestro satélite se retrata perfectamente en 1 ó 2 décimos de segundo. La existencia de la corona se conoce de muy antiguo y Filostrato menciona que la muerte del emperador Domiciano se anunció por un eclipse total de Sol. «Entonces apareció en el cielo un prodigio de esta naturaleza. Una especie de corona, parecida al Iris, rodeaba el orbe del Sol y oscurecía su luz». Plutarco es aún más explicito en su alusión, pues al hablar de un eclipse solar que acababa de efectuarse, trata de probar por qué la oscuridad producida por este fenómeno, no es tan profunda como la de la noche. Empieza por sentar, como base de su raciocinio, que la Tierra es mucho mayor que la Luna, y despues de citar varios autores, agrega: «Lo que ocurre es que la Tierra a causa de su magnitud oculta por completo al Sol… pero aunque la Luna puede algunas veces tapar todo el Sol, es, sin embargo, el eclipse de duración insuficiente y tambien de corta amplitud, porque se ve un reflejo particular alrededor de la circunferencia que no permite que la oscuridad sea muy intensa o completa».
También parece que el anillo fue observado por Clávio durante el eclipse del 9 de abril de 1567, quien lo atribuyó a la parte del márgen solar que quedó descubierta, mas Keplero demostró que esto era imposible. Algunos observadores han visto la corona en los eclipses parciales, apareciendo el anillo en el punto del disco solar que primero ocultó a la Luna.
Otros de los accidentes ó fenómenos solares son las llamas o protuberancias rojas, cuyo origen y naturaleza ha revelado por fin el análisis espectral.
La observación más antigua que se conserva acerca de este fenómeno, es la de Julio Fírmico del 17 de julio de 334, en cuya descripción, no obstante, hay algunas oscuridades; sigue luego el relato del capitán Stannyan, que observó en Berna el eclipse total de 1706, dirigido a Flamsteed; en él se lee «Que el Sol estuvo totalmente oscurecido durante cuatro minutos y medio; que una estrella fija y un planeta aparecieron muy brillantes; y que antes de terminar el eclipse se mostraron unas radiaciones de color sangre por el limbo izquierdo, que sólo duraron seis o siete segundos de tiempo».
Posteriormente observaron las protuberancias rojas Halley, Louvelle, Hayes, Vassenio y otros muchos, hasta llegar a los contemporáneos. También se han visto las protuberancias en los eclipses anulares y parciales.
El aspecto que presenta la Luna durante los eclipses de Sol, es muy variable y singular. Keplero dice que la superficie lunar se distingue a veces de un color rojizo. Baily en su relación del eclipse anular de 1836, refiere que antes de la formación del anillo, era la faz de la Luna perfectamente negra, pero que especulándola con un anteojo, mientras duraba el anillo, se teñía la circunferencia de un color rojizo de púrpura, que se extendía por todo el disco, y que crecía en intensidad a medida que se aproximaba al centro, de tal modo, que en este punto su color era negro o poco menos.
Vassenio en 1733 y Ferrer en 1806, son los únicos astrónomos que hablen de sus observaciones respecto de las irregularidades de la superficie lunar durante un eclipse central. Arago y otros trataron de verificar esta observación en 1842, pero sin resultado. En la misma fecha vió este ilustre astrónomo el contorno oscuro de la Luna proyectado sobre el cielo brillante, 40 minutos despues del principio del eclipse; atribuyó el fenómeno a la proyección del satélite sobre la atmósfera solar, cuyo brillo, por un efecto de contraste, hizo visible el borde lunar; este fenómeno es muy raro, si bien se ha observado posteriormente por otros tres individuos.
En varias ocasiones se ha tratado de percibir la sombra de la Luna en su paso por la superficie de la Tierra; Airy lo consiguió en 1851 y Forbes y Plana en 1842; la dificultad consiste en la inmensa velocidad de la sombra que es de más de 12 leguas por minuto: la observación más antigua que se registra de este fenómeno es la efectuada por Duillier, en el año de 1706.
También se ven durante los eclipses totales de Sol, unos penachos y radiaciones luminosas, de color blanco plateado que la generalidad de los astrónomos atribuyen a un fenómeno de difracción.
Veamos ahora qué dicen las crónicas e historias, de algunos eclipses notables.
El más remoto de que se tenga noticia, y que refieren los anales chinos, es el ocurrido el 13 de octubre de 2128 años antes de J.C.
Uno de los más famosos que registra la historia es el que tuvo lugar en el año 585 antes de nuestra era; es notable, no sólo porque Tales lo predijo, siendo el primer astrónomo de la antigüedad que dió la verdadera teoría de estos fenómenos, sí que también porque ha servido para fijar la fecha exacta de un suceso importante de la historia antigua. Herodoto habla de una guerra entre lidios y medos, que permanecía indecisa sin que la victoria se declarase ni por unos ni por otros. El año sexto de la guerra tuvo lugar otro combate, durante el cual, en lo más recio de la pelea, súbitamente sucedieron al día las tinieblas. Este suceso lo había anunciado Tales de Mileto a los jonios, avisando el año preciso en que había de ocurrir. Cuando los lidios y medos notaron el cambio, cesaron de batallar y con gran empeño concertaron la paz, que para hacerla duradera se afirmó con matrimonios.
La fecha exacta de este interesante acontecimiento se ha discutido por largo tiempo, pero gracias a los trabajos de Airy, se sabe hoy día con toda certeza, que tuvo lugar el 28 de mayo de 585 antes de J.C.
Otro eclipse importante es el que menciona Jenofonte en el Anabasis, que fue causa de la toma de Larisa, ciudad de la Media, por los persas. En la retirada de los griegos a la margen oriental del Tigris, poco despúes de la prisión de sus jefes, cruzaon el río Zabato, luego un barranco y por fin llegaron al Tigris, en donde, según Jenofonte, se detuvieron: «Y con esta pérdida se partieron los enemigos. Y así los griegos, caminando seguramente lo que quedaba del día, llegaron al río Tigre, donde habia una ciudad grande y despoblada que se llama Larisa, que otro tiempo fue habitada de los medos… Esta ciudad tuvo cercada el rey de Persia, cuando los persas ganaron el reino a los medos; y nunca la pudo tomar hasta que la oscureció el Sol cubierto de nieblas, y los ciudadanos desmayados de miedo se la dieron, y así fue tomada».
La detallada descripción de Jenofonte ha permitido a Layard, Jones y otros, identificar la ciudad de Larisa, que es la moderna Nimrod, y a Mespita que es Mossul. Claro está que el fenómeno a que se refier el autor griego, y que permitió la captura de la ciudad indicada, no fue sino un eclipse total de Sol. Airy ha calculado que tuvo lugar el 19 de mayo de 557 antes de J.C.
Cuando la expedición contra los lacedemonios ocurrió un eclipse solar, total, cuya fecha se supone en 3 de agosto de 431 antes de J.C., que por poco malogra la empresa, a no habersele ocurrido un ingenioso artificio a Pericles, jefe del ejército. «Dispuesta la flota y a bordo Pericles de su galera, ocurrió un eclipse de Sol; se consideró como mal presagio la repentina oscuridad, desmayando el ánimo de los marineros. Observando Pericles el asombro y la confusión del piloto, quitóse la clámide y cubriéndole con ella los ojos, le preguntó si veía en esto algo terrible y de pavoroso agüero. A su respuesta negativa, agregó Pericles: ¿Y qué diferencia hay entre esto y lo otro, si no es que algo más grande que mi clámide produce el eclipse?
Un antiguo eclipse, conocido por el de Agatocles, ha sido objeto también de las investigaciones de Baily y de Airy; tuvo lugar el 14 de agosto de 310 antes de J.C.; y según los historiadores marca la irrupción de Agatocles en África, donde taló los territorios cartagineses.
En el siguiente artículo nos ocuparemos de los fenómenos que acompañan a los eclipses de Luna y de otros. A. A.
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