04 Dic Benavente, Julio Romero de Torres y Eduardo Zamacois.
Tres libres pensadores en sus disciplinas artísticas donde plasman sus Universos para nuestro presente
«Analizándolas es frecuente encontrar remitentes compartidos que demuestran la existencia de amigos comunes. Aunque el literato era 20 años mayor que Romero, uno y otro formaban parte de los círculos intelectuales de la capital donde en las tertulias encabezadas por los escritores, tenían cabida y nutrida presencia los pintores. Rusiñol, Anselmo Miguel Nieto, Sorolla… y tantos otros compartieron cafés, puntos de vista y perspectivas artísticas que unos plasmaron en sus escritos y otros en sus lienzos.
Romero de Torres llegó a Madrid siendo un joven que buscaba hacerse hueco en el panorama pictórico presentando sus obras a las exposiciones nacionales de Bellas Artes con desigual fortuna hasta que los éxitos vinieron precedidos del escándalo, por lo que su talento y su persona saltaron a la fama por igual. En aquellos años finales del siglo XIX e iniciales del XX, Galdós reinaba en el escenario literario español. La presencia cada vez más continuada en la capital, afianzó la amistad de Romero con Pérez de Ayala, Benavente, Cristóbal De Castro, José Nogales, Aureliano de Beruete… nombres que se repiten en la correspondencia de ambos. Las cartas de Carmen de Burgos testimonian su relación con Galdós tanto como el retrato que le realizó Romero.
Los dos participaron en el proyecto del escritor Eduardo Zamacois, que en 1916 y para ilustrar una serie de conferencias sobre escritores y artistas españoles, contactó con muchos de ellos para rodar escenas de su vida cotidiana. La novedosa idea era proyectar el documental con sus imágenes mientras realizaba la disertación. Ante las reticencias iniciales acudió a don Benito, quien al aceptar la invitación promovió la participación de muchos otros. Así nos lo relata el propio Zamacois en sus memorias: En el aparecían Pérez Galdós en el jardín de su casa, Ramón y Cajal en su laboratorio, … Valle Inclán metido en la cama escribiendo… Romero de Torres en su museo de Córdoba…»
Pero hay otra imagen que une a los dos personajes y que tiene un trasfondo singular. El torero Rafael González Madrid, Machaquito, cordobés por más señas, era buen amigo del pintor y fue protagonista de uno de sus más emblemáticos cuadros, La Consagración de la Copla, y de un retrato que podemos calificar de monumental. El diestro también gozaba de una estrecha amistad con don Benito y con frecuencia pasaba temporadas en su residencia veraniega de San Quintín en Santander. Rafael tuvo una hija natural que se llamó Rafaela, nacida en 1902. La niña fue ahijada por el sobrino del escritor José Hurtado de Mendoza, agrónomo, soltero, y ya que su padre contrajo nupcias, se la llevó a vivir a la casa familiar donde se crió con las hermanas de Galdós y el escritor mismo. Todos la llamaban Rafaelita y don Benito la consideraba la alegría de la casa. Solía llevar a la pequeña a los ensayos de sus obras de teatro, la dejaba estar en su despacho para escribir y dibujar, y viajaba como una más a Santander para pasar el verano. La niña, una morenita de gran parecido con su padre, mostró desde pequeña, interés por las Bellas Artes y su padrino la matriculó en el Conservatorio de Madrid donde se graduó con premio extraordinario.
Cuando contaba alrededor de 15 años, fue pintada por Julio Romero de Torres con dos trenzas y un ramito de jazmines entre las manos. Mira al espectador con gesto resuelto y una media sonrisa, y a pesar de su vestimenta oscura se aprecia su juventud. No sabemos si se trató de un encargo o de un obsequio pues con frecuencia el pintor regalaba cuadros por amistad o agradecimiento. Tal vez la hermosa fotografía dedicada fuera una muestra de gratitud. Dicen que Don Benito puso el retrato en su despacho frente al suyo realizado por Sorolla.
Retrato de Rafaelita conocido como La niña de los jazmines. Colección particular
En el año 2020 se cumplió el Centenario del fallecimiento de Galdós y 90 años del de Julio Romero, dos genios de la literatura y la pintura que plasmaron cada uno a su manera la realidad de su tiempo. Ambos gozaron de éxito y fama en vida y sus entierros fueron multitudinarios congregando a miles de personas de todos los estatus, pero sobre todo del pueblo llano que despedía a dos personajes instalados en su imaginario colectivo. En el Parque del Retiro hay un paseo dedicado al cordobés donde se exhibe una placa que lució en la madrileña Plaza de los Carros cuando en 1932 fue bautizada con el nombre del pintor. Muy cerca de allí, el paseo desemboca en el monumento a Galdós. No deja de resultar curioso que uno abriera los ojos a la vida un 10 de mayo y el otro los cerrara para siempre el mismo día. Los dos pertenecieron a un clan, una familia que les arropó toda su existencia. Su amor por la música, por los perros que a menudo les acompañaron, los amigos comunes, las vivencias compartidas, y estas dos imágenes, son los hilos que entrelazan sus vidas, …. que se entrelazan para siempre como las trenzas de Rafaelita.
La hija natural de Machaquito que posó para Julio Romero de Torres.
La entrada se refiere a la publicación de las memorias del escritor cubano
Eduardo Zamacois, titulada «Un hombre que se va», en la editorial Santiago Rueda en Buenos Aires en 1969. Se trata de la segunda edición de estas memorias, que recopilan sus vivencias en torno a muchos acontecimientos significativos del siglo que le tocó vivir.
“Mi viaje más largo duró cuatro años; empezó en Nueva York y terminó en Buenos Aires. Daba conferencias sobre Galdós, Benavente, Ramón y Cajal y todo el mundo a quien yo conocía; las conferencias eran ilustradas con películas donde aparecían todos ellos. Es de imaginar la propaganda que esto suponía para los editores de estos autores, que, dicho sea de paso, bien pudieron pagarme el viaje. Pero igual gané mucho dinero y me divertí mucho y me pasó de todo; hasta me casé en Nicaragua.”
Es lógico que Eduardo Zamacois dedique las dos terceras partes de sus Memorias a sus años de infancia,
juventud y madurez: 1873-1925. Porque durante ellos su existencia coleccionó un número mayor y mejor de
hechos fecundos y significativos y entrañables: sus estudios, sus primeros y más apasionados amores y
amoríos, sus luchas en Madrid para alcanzar la fama literaria (…), las fundaciones de las revistas que tanto
influyeron en la vida literaria española (…); sus largos y divertidos viajes por los países hispanoamericanos (…).
Posiblemente Eduardo Zamacois ha puesto toda su voluntad en acordarse mas de aquellos años durante los
cuales los gozos superaron a las penas, y de acordarse menos de aquellos otros durante los cuales las tristezas
excedieron a las alegrías (…) Posiblemente aun quedan en la boca de Zamacois amarguras y acideces de estos
últimos aciagos años, y en las entretelas de su corazón angustias de desengaños e ingratitudes” (Sainz de
Robles, Prólogo a Eduardo Zamacois, Memorias…, pp. 13-14.)
En esta ocasión se trataba de lo que él llamó «Charlas Familiares», conferencias sobre los escritores, científicos y pintores españoles contemporáneos más importantes, ilustradas con proyecciones cinematográficas rodadas por él mismo, en las que aparecían los personajes objeto de sus conferencias. La selección hecha por Zamacois fue la siguiente: Pérez Galdós, Azorín, Baroja, Blasco Ibáñez, los hermanos Alvarez Quintero, Fernández Flores, Villaespesa, Hoyos y Vinent, Linares Rivas, Mariano Benlliure, Ramón y Cajal, Emilio Carrere, Romero de Torres, Santiago Rusiñol, Jacinto Benavente, Valle Inclán y Felipe Trigo. La Editorial Renacimiento, que tenía en su catálogo a todos los autores incluidos en las «Charlas», financió esta aventura que Zamacois quiso correr en América. Tras mejorar su dicción, y con un pasaporte que le declaraba viudo, lo cual le hacía sentirse más libre y propenso a la aventura, embarcó en Valencia con rumbo a Puerto Rico el 11 de diciembre de 1916, esta vez el barco se llamaba «Montevideo». Zamacois hizo lo que hoy llamaríamos una «gira triunfal» por América; sus conferencias, según cuenta él, interesaron en alto grado al público americano, lo cual repercutió positivamente en la venta de libros españoles por aquellas tierras; éste fue un favor que nuestro autor hizo a la literatura española y que ésta aún no le ha devuelto.
Tiene una vida convulsa, entre viajes por Europa y América, amantes, esposas, familia y amistades por todo el mundo. Vuelve a España desde su exilio en Cuba, en la primavera de 1969. En el prólogo a su novela El otro Zamacois escribe: «Hermanos míos, en las rutas de la infinita curiosidad: ¿ El «más allá» no os atormenta? ¿No meditáis nunca en que todos los días pasamos por la hora y todos los años pasamos por el día en que hemos de morir? Y, en un pasaje de sus memorias, se lee lo siguiente: «No odio la gente, pero procuro no acercarme a ella demasiado. Su empeño en hallarse siempre de acuerdo, su miedo al «que dirán, su hipocresía, su egoísmo, me aburren. Sus fiestas son intolerables. Particularmente la del 31 de diciembre. En esa fecha, la mesa dispone de mí, me acapara, me anula y la detestó. Nadie ha podido explicarme por qué en la hora veinticuatro de ese día tanto los ricos como «los sin pan» se muestran felices. ¿Será porque temen no escapar vivos del año que concluye?
Eduardo Zamacois falleció el 31 de diciembre de 1971 en Buenos Aires, el último día del último mes del año, como queriendo apurar hasta el último segundo de esa vida que había vivido de forma tan intensa.
La portada de la novelta titulada «La enferma» (1907) fue realizada por Julio Romero de Torres, en la época que estaba empezando a pintar, costándole un duro a Zamacois.
Garlo buscao el Film Zamacois sobre Julio Romero de Torres.
La Guia de cortesanas en Madrid y provincias,(Madrid, Biblioteca Hispana 1921) escrito por Ana Díaz, antigua modelo de Julio Romero de Torres, quien, con una cultura nada desdeñable, pone su experiencia como prostituta al servicio de aquellas que se dediquen a lo que ella considera un oficio tan digno como cualquier otro. Zamacois fue director y redactor de la revista La Vida Galante, teniendo un trato frecuente.
Con Julio y Enrique Romero de Torres, Zamacois visita la Mezquita. Fascinado, lanza un nuevo apóstrofe lírico a la ciudad: «¡Córdoba, Sultana!. Todavía a pesar de los siglos, y sin que tú lo sepas, en los altares de tus iglesias, aún a la hora solemne de la misa, sigue abierto el Corán» pág. 24
Sevilla, Granada, Algeciras y Gibraltar son los siguientes puntos del viaje. Visitas a los monumentos más importantes: la Girala, la Alambra… Semblanzas de andaluces ilustres, Julio Romero de Torres, Bécquer, el padre Marchena – un curioso antecedente de la teología de la liberación-; descripciones de fiestas flamencas, una tienta taurina, una visita a la cárcel de Sevilla – la casa del dolor – otra visita nostálgica al antiguo instituto del escritor… Acompañado por tres cicerones, José María López, redactor de El Mercantil, Enrique Romero de Torres y Francisco Bravo «Bravito», un músico, y con el cámara «operador de films» Francisco Oliver, Zamacois va descubriendo el alma andaluza, cuyas penas se transforman en canciones.
Pérez Dionisio escribe en 1930 un libro Figuras de España donde aparece Zamacois y Julio Romero de Torres, Madrid, CIAP.
La portada de la novela se titula Consuelo, por un duro Julio Romero de Torres en 1896.
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