Ahora recuerdo una conferencia impartida por Sr. Don Emilio Lafuente y Alcántara el 25 de Enero de 1863 como individuo de número de la Real Academia de la Historia. sobre la época que le tocó vivir a Ibn – Rushd «Averroes», en estos términos:» En 15 de Safer de 609 alcanzó la renombrada victoria de las Navas de Tolosa, que los musulmanes llamaron de la desventura. Los historiadores mahometanos, que procuran ocultar los reveses de su nación, no disimulan todo lo tremendo de aquella horrible catástrofe. Un poeta decía en aquel tiempo – el desastre de la batalla del Icab preocupa mi ánimo, no hay lugar en el Andálus que la aflición no haya invadido de todo punto-. Y en efecto, desde la conquista de Toledo por Alfonso VI no había sufrido el islamismo un revés de tan grave importancia como el de las Navas. Comarcas enteras del África quedaron despobladas, la Andalucía desguarnecida y llena de espanto, a mercede de los vencedores; y aquel rey orgulloso, que se envanecía al verse rodeado de una multitud de combatienes, volvió al África con mil guerreros, y murió al año siguiente en Marruecos, dejando por sucesor a un joven afeminado, que encomendó los asuntos del gobierno a sus parientes y a los faquíes. Vivió pocos años, y el que después levantaron por rey fue destituido y asesinado. Al-Adel, hijo de Yacub Almansur, ayudado por sus hermanos, se declaró independiente en España; aspirando al trono de Marruecos, pasó a aquel país, que se encontraba en el mayor desorden, y allí murió ahogado por unos rebeldes, mientras se apoderaban los cristianos sin resistencia de los pueblos y castillos situados en la falda meridional de Sierra – Morena. El poder colosal de los almohades se desmoronaba rápidamente. Parece que en medio de tantos horrores, igualmente funestos para africanos y árabes, la común desgracia y el interés recíproco debieron haber unido algun tanto en España a las dos razas rivales, o haber templado al menos la violencia de sus antiguos odios. Lejos de eso, en el punto en que el poder africano dió muestras de su decadencia comenzaron a fermentar en la parte oriental de Andalucía los gérmenes de la revolución; y no bien partió Al-Adel para Marruecos, Mohammad ben Yusuf ben Hud, descendiente de los reyes de Zaragoza, levantó en Murcia la bandera de independencia. Al-Mamun, hermano de Al-Adel, que gobernaba a la sazón la Andalucía, príncipe vengativo y cruel, pero animado de una singular inclinación a los cristianos, fue vencido por el rebelde; y en vista del aspecto que presentaban los sucesos al otro lado del Estrecho, pidió ayuda al rey San Fernando, le cedió varias fortalezas, y con un ejército castellano pasó a Marruecos aspirando a la soberanía, que llegó a alcanzar, obligándose a mantener en aquellas regiones los intereses del cristianismo, y dejando a los árabes españoles abandonados a su suerte. En este punto concluye la dominación de los almohades en España; mas si hasta ahora los hemos considerado meramente como conquistarodes y guerreros, debemos apuntar algunas observaciones sobre esta raza en un sentido hasta ahora poco estudiado, y que merece sin duda fijar la atención de los historiadores por mas de un concepto. Es lo relativo a su civilización y creencias.
Los almohades en sus doctrinas primitivas eran una especie de protestantes del mahometismo. Admitiendo los dogmas esenciales de la religión, quizás por razón política, mas que por convencimiento, reconocían al mismo tiempo los fueros de la razón, y desechaban las interpretaciones mas o menos gratuitas de los doctores, sin aceptar mas que el texto puro del Korán y las tradiciones auténticas, y aun el libro santo lo interpretaban ellos de una manera alegórica y poco conforme con las opiniones generalmente adoptadas. Mas desde luego comprendieron la imposibilidad de exponer claramente su sistema, que necesitaba, para ser aceptado por el pueblo, el hábito de ciertos estudios y un grado de instrucción de que se hallaban muy lejanas las tribus en que se apoyaban para sus proyectos políticos. Así es que Ebn Tumart solo manifestó sus ideas a los discípulos predilectos y de mayor capacidad. Abd-el-Múmen y Abu Yusuf tampoco revelaron el secreto: mas Yacub Almansur, aunque al principio hizo grandes alardes de religiosidad, luego que se aseguró en el trono y creció su poder comenzó a variar de conducta de una manera notable. Se rodeó de poetas y eruditos, llamó a su lado a Averroes, a quien al principio había encarcelado, y se dedicó a leer libros de filosofía, manifestando en esta materia mayores conocimientos de los que pudieran experarse de un devoto musulman. Lamentábase frecuentemente de no poseer una traducción exacta y completa de las obras de Aristóteles, con un comentario claro, pues le parecía que los existentes, mas que explicar, confundían y embrollaban el texto de aquel sabio. En su juventud residió largo tiempo en Sevilla, donde aun se conservaban las antiguas tradiciones literarias, y gustaba sobremanera de la poesía. Así vemos que, habiéndole mandado el sultan Saladino un emisario pidiéndole su ayuda para la guerra contra los cruzados, recibió con marcado disgusto la carta de aquel soberano, que no le daba el título de Amir de los creyentes; pero hizo expléndidos regalos al embajador, que le recitó una agradable poesía. En lo que cifraba su principal orgullo era en la protección al arte monumental. En Sevilla dejó un recuerdo de su grandeza en la magnífica torre de la Giralda, y otra igual hizo levantar en Marruecos, así como gran número de puentes, mezquitas, hospitales y fortalezas. Abu Yacub fue un monarca digno émulo de los Abderramanes.
An-Nasir siguió el ejemplo de su padre en cuanto a su gusto por el único arte ejercido por los mahometanos, y embelleció a Fez con grandes construcciones en que gastó cuantiosas sumas. En punto a religión, aunque pasaba ante sus súbditos por buen creyente, hay datos para sospechar que en el fondo de su corazón no tenía gran fe ni convicción en la doctrina de Mahoma. Solía leer las epistolas de San Pablo, y en cierta ocasión manifestó a unos embajadores, que le había enviado Juan Sin Tierra, que gustaba mucho de aquella lectura, y les hizo un elogio del cristianismo, rechazando la proposición de hacer la guerra al papa. Imposible era en verdad que estos soberanos ilustrados, representantes de una reforma que había tenido por base un sistema filosófico, tuviesen grandes convicciones ni aceptasen sinceramente el mahometismo. Mas por una fatalidad inevitable su poder estaba fundado en la fuerza material de muchedumbres ignorantes, las mas fanáticas que han existido, y movidas por faquíes rutinarios e intolerantes.
Esto no obstante, en tiempo de Al-Mamun se verificó uno de los mas peregrinos sucesos que registra la historia de los reyes musulmanes. Propúsose destruir el poder de los santones, desacreditarlos y promover en África una nueva revolución. Para ello declaró que el mehdi había sido un impostor, suprimió su nombre en las monedas y en la oración del viernes, prohibió que se le llamase el impecable, alteró las fórmulas de la plegaria, y finalmente, ante el público reunido en la mezquita dijo que no había mas mehdi que Jesucristo. Por aquel tiempo se crearon los obispados de Fez y de Marruecos, permitió que se tocasen las campanas, y murió cuando el papa Gregorio IX le escribía dándole las gracias por la protección que dispensaba a los cristianos, al obispo de Fez y a los misioneros franciscanos. Acontecimientos todos dignos de detenido estudio y de prolija investigación. Sus sucesores continuaron tratando amistosamente a los cristianos, y de ellos estaba compuesto en su mayor parte del ejército; mas estas tendencias fueron ahogadas al nacer, porque el imperio se hallaba en la agonía. Los almohades no eran ya aquellos dóciles turbas sumisas a la voz de los descendientes de Abd-el-Mumen; eran unas hordas feroces, reclutadas sin cesar en las montañas, y dócil instrumento de santones hipócritas o de capitanes audaces, que a su antojo nombraban reyes, juguetes de sus intrigas, para destituirlos despues y asesinarlos inhumanamente. La corrupción imperaba en la corte, el desorden cundía por todas las provincias, y la raza varonil de los Beni-Merines no necesitaba de grandes esfuerzos para derribar un trono escarnecido y ensangrentado a cada momento por sus propios defensores. Así desapareció rápidamente aquel imperio, que parecía augurar largos siglos de prosperidad y grandeza.
La historia de los almoravides y de los almohades, así como la de todas o la mayor parte de las grandes dinastías africanas, puede compendiarse en breves páginas, porque todas nos presentan una serie alternativa de sucesos idénticos. Una tribu ignorada y pobre, exaltada por un fanático o un ambicioso bajo la máscara de santidad, se levanta poderosa, y combate con ardor perseverante en nombre de la religión y de la fe. Las mayores revoluciones que han agitado el África septentrional han sido producidas de esta suerte, y los innumerables guerreros que brotaron de los confines del desierto y de las montañas del Altas, y fundaron uno de los mayores imperios que nos presentan los anales del mundo, insensibles acaso a lo mas vivos estímuslo de la ambición o de la gloria, no hubieran empuñado las armas a no sentir el sincero deseo de extender las doctrinas del Korán, o de morir como mártires en el campo de batalla. Apenas pasado el momento de la expansión y la conquista, al impulso de nuevos sentimientos y de nuevas ideas, olvidan en breve tiempo su móvil primitivo; síguese un breve período de engrandecimiento y de mayor ilustración; pero la ambición nace, el poder militar, base de su grandeza, se sobrepone a todos los poderes; los odios, las rivalidades, la sed del mando, de riquezas y de goces relajan todos los vínculso sociales, y aquella colosal y mal ordenada máquina se desploma, falta de equilibrio y de sólido cimiento. En aquel instante, otra raza fanática, movida por iguales sentimientos, viene a sustituir a la ya caduca para seguir su mismo camino y terminar de idéntica manera. Los almoravides comenzaron sus conquistas en nombre del Korán; en nombre del mismo fueron destronados por los almohades, que a su vez se vieron perseguidos por los Beni-Merines como herejes.
Muy distintos carácteres nos ofrece la historia de los árabes españoles, los cuales combatieron frecuentemente por su independencia, por miras ambiciosas o por intereses de tribu; jamás por determinadas doctrinas religiosas. Libres del yugo almohade, constituyeron en Granada un reino compuesto de elementos heterogéneos, y en el cual conservaron los africanos por algún timpo no pequeña preponderancia, por lo cual aun no estaba libre nuestro país de nuevas invasiones. Parecía, en verdad, que había llegado el útimo momento para los mahometanos. El famoso historiador y poeta Ebn Alabbar, enviado por el rey de Valencia a pedir socorro al de Túnez, recitó en aquella corte una larga elegía en que pintaba el estado tristísimo de la Península, el abandono de sus fértiles campos, la ruina de las ciudades, la pérdida de sus monumentos.
¡Desdichado país! decía, cada mañana acontece una nueva desventura, que es duelo para tí y júbilo para el enemigo.
¿Qué ha sido de sus mezquitas? El enemigo las ha convertido en monasterios. ¿Qué de sus aljamas? En ellas se oye el son de las campañas.
Cuando el autor de esta poesía regresó de su embajada, ya Valencia estaba en poder de D. Jaime; San Fernando entraba en Córdoba; Úbeda, Baeza, Martos pertenecían a los cristianos; Jaén fue conquistada poco después, y Mohammad Al-Ahmar solo podía mantenerse declarándose vasallo del rey cristiano, y ayudándole a la conquista de Sevilla, que se había declarado por los Beni-Merines. Mohammad II, combatido por facciones poderosas en su reino, y por Alfonso X en las fronteras, se vió pronto en situación idéntica a la de los reyes de Thaifas cuando pidieron amparo del almoravide, y acudió al merinida Abu Yusuf Yacub, que le exigió la entrega de Tarifa, y disimulando malamente sus proyectos de conquista, desembarcó en España, venció a D. Nuño de Lara junto a Écija y mandó su cabeza al granadino, quizá por horrible sarcasmo. D. Nuño había sido su protector y amigo. Los walies de Algeciras, Málaga, Ronda y Guadix, hostiles a Abn- Al-Ahmar, entregaron sus ciudades al africano, y tuvo Mohammad que contraer alianza con el rey de Tremecen a fin de que amenazase por aquel lado a los Beni-Merines y los apartase de su propósitos de engrandecimiento en la Península. Por una singular coincidencia tres reyes se disputaban en aquella época el dominio de Andalucía, y encontrábanse los tres en idéntica situación. El rey de Granada tenía en sus propios estados enemigos pertinaces que, de acuerdo ya con el rey cristiano, ya con el Beni-Merin, hacían cruda guerra a la dinastía. El califa se encontraba constantemente amenazado por el de Tremecen, adversario no despreciable, que acechaba la ocasión de extender sus dominios y trastornar el imperio marroquí. Finalmente, D. Alfonso el Sabio veía desconocida su autoridad por una facción que capitaneaba su propio hijo D. Sancho, y para combatirla tenía que pedir amparo al Beni-Merin. Tales trabas fueron causa de que se mantuviese por algún tiempo el equilibrio sin gran ventaja de una ni otra parte. Alternativamente aliados o enemigos, mas bien que en guerras exteriores, hallábanse ocupados en mantener la paz en sus propios estados; y Abu Yusuf, a pesar de sus muchas correrías por los campos de Sevilla y Córdoba, no alcanzó otra ventaja que la conservación de las fortalezas que aquí poseía. Su hijo Abu Yacub cedió algunas de ellas al rey de Granada; y muerto aquel y perdida Tarifa en 1292, los africanos no tuvieron en España durante muchos años sino el dominio puramente nominal de Ronda y Algeciras. Llegó al cabo un tiempo en que, mas desembarazados y libres de turbulencias, volvieron la vista hacia nuestro país con intento de recuperar sus antiguas posesiones, o quizá meditando una formal conquista. Reinaba entonces en Granada Yusuf I, en Castilla D. Alfonso XI, y Albu Hassan Aly en Marruecos. El primer propósito de este fue la toma de Tarifa, que ya había sido combatida sin resultado en tiempo de Don Sancho, y defendida por Guzman el Bueno. Esta ciudad y la de Algeciras habían sido siempre la base de operaciones de los africanos; les aseguraban el paso del Estrecho, y ofrecían seguro asilo y pronta comunicación con el opuesto continente en caso de un revés.
Desde la muerte de San Fernando estas costas habían sido el palenque constante, procurando los cristianos enseñorearse de ellas a fin de dejar reducidos a los granadinos a sus propios recursos, y esforzándose los Beni-Merines por conservarlas. Vino, pues, Abul Hassan con todo su ejército, y sentó sus reales en torno de Tarifa uniéndose a poco el rey de Granada, en tanto que D. Alfonso y el rey de Portugal acudían al socorro de la plaza. Conocidos son los pormenores de la gran batalla que se trabó en la orilla del Salado, y en la cual fueron completamente deshechos los ejércitos africano y granadino, y Abul Hassan obligado a emprender tan precipitada fuga, que los soldados cristianos penetraron hasta su propia tienda, y mataron algunas de sus mujeres; su prima Aixa entre ellas, y Fátima, hermana del rey de Túnez, a la cual estimaba sobre todas. Desgraciado accidente, por el cual, dice Ebn Jaldun, recibió el rey Alfonso muy gran pesar.
La batalla del Salado fue para los Beni-Merines lo que para los almohades había sido la de las Navas. Perdido el prestigio moral y la confianza en sus propias fuerzas, abandonaron para siempre nuestro suelo. Las escasas posesiones que aquí conservaron en breve tiempo vinieron a formar parte del reino granadino, que en adelante fue libre e independiente; mas tuvo que luchar con enemigos muy superiores, y solo pudo sustentarse a fuerza de heroismo, y aprovechando las discordias promovidas en Castilla por la turbulenta nobleza, reprimidas con fuerte mano por el gran monarca vencedor en el Salado, y posteriormente por otro rey enemigo y una reina inmortal, que meditaron y dieron fin a las dos obras mas grandes que la civilización española exigía: la extinción de los últimos resabios del feudalismo y la conquista del reino de Granada.
Fragmentos del Discurso del Sr. Don Emilio Lafuente y Alcántara el 25 de Enero de 1863 como individuo de número de la Real Academia de la Historia. En la Revista Científica del Ministerio de Fomento.
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