Gracias a Concha Espina me atreví a viajar a New York con el encargo de Franco María Ricci para ser la corresponsal de la revista internacional de Arte. Este escrito que os presento ahora aquí en el tomo III del Diario del Arte fue el motivador literario para emprender mi aventura norteamericana. Han pasado muchos años, ahora resido en Málaga en un apartamento cercano a la Playa de la Misericordia, estoy recopilando mis escritos para la publicación de «Mis memorias» para que conste entre la familia mi vida humana, sin más os transcribo «Impresiones del Viaja: Nueva York», publicado en la revista La Esfera, 10-08-1929, dice así:
«Una isla con alas de hierro… Cuando el hombre sube a la punta sutil de estas alas, ahora en el mes de Julio, y mira desde allí el canal hondísimo de las calles, los demás hombres le parecen hormigas con sombreros de paja; los edificios, que serían muy buenos mozos en otra latitud, son paquetes de uniforme estructura, cajetillas de tabaco puestas de pie…
Nueva York: antena del mundo americano, índice famoso del Continente, ápice que de tanto hundirse en el cielo ha conseguido atraer a las nubes sobre sí con veladura de inquietud. Y a veces no se sabe si la ciudad está hincada en su raíz terrena, o colgada de sus torres, agudas como garfios.
Nueva York: vértigo, ruido, calentura moderna, incertidumbre humana. Y al mismo tiempo disciplina civil, esperanza, seguridad: bramido y crispatura que a menudo se convierte en oración.
Porque existen ampliso, silentes, en el río de la ciudad, los cadosos de las bibliotecas públicas, esos edificios de mármol, blancos y mudos, solemnes y acogedores, que funcionan con una organización admirable, con una exactitud de maravilla.
Son los templos de la cultura americana, y tienen aquí emulaciones universales, de tono inclito y puro, como, por ejemplo, la Hispanic Society, el grandioso Museo Español, con su ilustre biblioteca y su galería pictórica, lienzos y barros exquisitos, colección magna de nuestro Archer Milton Huntington.
Nuestro digo desde mi nacionalidad española, porque este hombre, insigne y modesto de una manera excepcional, pertenece a dos patrias: a la suya, por el nacimiento y la estirpe, y a la mía, por la fervorosa inclinación de su espíritu a cuanto se relaciona con el Arte, la Literaruta y la tradición de España en estos dos altísimos sectores de la vida cultural. Desde El Greco, Velázquez, Goya, Ribera y Zurbarán, hasta los modernos Sorolla, Zuloaga y Mezquita, los cuadros de este singular museo adquieren un interés de selección. Ninguna réplica; originales casi siempre únicos, lo mismo en pintura que en cerámica, en estofas y en bronces.
El dueño y señor de esta espléndida galería comienza en su propio hogar a recoger el arte, en recio cultivo, desde las manos gentiles de su esposa, la dulce y grave Anne Hyatt, que acaba de regalar a Sevilla una grandiosa estatua del Cid, celebradísima por la crítica española, y tiene su casa llena de magníficas obras suyas; algunas de las cuales en grupos escultóricos de alto mérito, adornan también la plaza interior de la Hispanic Society, esclarecido solar de España en Nueva York…
Isla de Manhattan, peldaño del mar en la brava tierra del norte americano, hierro y alas, fuerza y juventud, sonora risa de un pueblo niño y venturoso, que aun no sabe padecer: eres como yo te veía desde lejos, asomada a la torre invencible de la imaginación, como yo te deseaba desde mi fantasía, ansiosa de novedad. Y pocas veces se puede decir que las realidades humanas llegan a la medida de nuestro divino ambicionar. Sementera de curiosidades para el artista viajero que te busca, eres cumbre y abismo, torrente y desierto. Como yo lo esperaba.
Y lo único que no presentía, lo que me ha sorprendido en Nueva York, también lo que más me gusta, es su risa moza, reciente, incontaminada de pesadumbre, dispuesta a brotar nítida igual que un cascabel entre el monstruoso fragor de la multitud; una risa pueril, caudalosa y natural, como no creo que la tiene algún otro pueblo del mundo.
¡Quién pudiera convertila en Arte! CONCHA ESPINA.
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