03 Abr Nunca tendremos un Zurbarán en la Colección.
En la colección familiar han pasado obras de Zurbarán con destino a Iglesias y Palacios, nunca tendremos esta joya
A lo largo de la historia se han vendido cuadros del pintor Francisco Zurbarán, como el ocurrido el 14 de agosto de 1837 en Cádiz, en la revista El Constitucional se hace eco de esta forma: «Acaba de acontecer uno de aquellos sucesos que del mismo modo que la venta clandestina de los cuadros de Zurbaran, acreditan hasta que punto llega la anarquía administrativa, a que está nuestro país entregado. El gobierno había espedido una real orden concediendo a las procedencias de Gibraltar el beneficio de bandera; pero esta disposición tan anti-nacional como absurda, que sacrificaba a las exijencias extranjeras los intereses de nuestra navegación y de nuestro moribundo comercio, halló en algunos diputados de la nación censores tan enérjicos como oportunos, que hicieron conocer al Congreso los gravísimos inconvenientes que pudieran resultar si se llevase a cabo. Acojieron las Cortes la propisición de estos celosos representantes y mandaron que pasase a una comisión, dando así una solemne prueba de que la nación sabrán siempre ahcer respetar sus intereses y sus derechos, cuando hayan sido olvidados o atropellados por el gobierno. Pero el Sr. Mendizabal, contra lo que dictan los buenos principios constitucionales y de administración, y contra lo que prescriben la razón y la justicia, ha mandado que se lleve inmediatamente a efecto tan descertada medida, y a estas horas ya ha sufrido nuestro comercio alguna parte de sus desastrosas consecuencias. » En el periódico El Porvenir se detalla en estos términos el suceso: «En virtud de una real orden otorgada a instancia de don José Mosa, comisario que fue nombrado por el ex-gefe político de esta provincia don Pedro Urquinaona, para recoger los cuadros que existían en la misma pertenecientes a los suprimidos conventos: que conforme a ella, los cuales fueron casi arrancados, la espresión no es aventurada, de las paredes de la academia de Nobles Artes, cuyo recinto ennoblecían: y que inmediatamente fueron entregados a otros marineros franceses, que sacaron en triunfo por las puertas de la ciudad las víctimas del precio de un mezquino y sólido interés, y de la ineptitud o ignorancia de un ministro». Mientras en La Gaceta de Madrid, año 1933 aparece citado: «Grabados a puntos. La Pastorcita llamada de Zurbarán, que representa una alma virtuosa caminando sin turbarse entre las asechanzas del vicio: pintado con empaste, fuerza de pincel y buen colorido por Zurbarán, y grabado por Vázquez (Bartolomé).» Que pertenecen al Catálogo de las mejores estampas, grabadas a buril de cuadros pertenecientes al Rey Nuestro Señor, que se hallan de venta en la Calcografía de la Imprenta Real. Aunque en 1823 he encontrado en la revista titulada El Universal, este AVISO: » Se halla de venta un célebre cuadro original de Francisco Zurbarán, firmado por el mismo, que representa a S. Francisco de Asís, del tamaño natural, depositado por su dueño en casa de D. Vicente López, primer pintor de cámara de S.M., que vive en la que llaman de Rebeque, pretil de palacio. Tanto el voto de este profesor como el de cuantos han visto este cuadro convienen en que es de lo más célebre de aquel grande artista y de su mejor tiempo». Ahora nos vamos a acercar a un artículo publicado en Correo Nacional, año 1839, donde el investigador realiza una semblanza artística de la Catedral de Sevilla, presentando a los artistas creadores de la misma, destacando Francisco Zurbarán, a el lo llama el Caravaggio español, pero transcribo lo siguiente, mucho mejor con sus palabras:»Me queda que hablar todavía de uno de los mas grandes pintores que la España ha producido: es Zurbarán, genio sombrío y austero como la piedad española, y para el que las tierras efusiones del alma de Murillo fueron siempre desconocidas. Zurbarán, cuyo viril pincel no sabe pintar sino rostros de frailes largos y macilentos, medio escondidos en sus capuchas y cuyas facciones enjutas se ven apenas al través de una dudosa luz. Sacad a Zurbarán de la oscuridad del claustro, ponedlo frente a frente con la vida real, con cabezas iluminadas de lleno por la luz, y su pincel tan hábil para envolver en la sombra toda una figura para no hacer que resalte mas que un punto luminoso, se vuelve de repente seco y duro. Los colores chocan entre sí en vez de fundirse; el aire falta, los personajes parecen pegados unos a otros; se percibe que el pintor desorientado no está ya en su terreno y que ha perdido el centro en el cual tiene necesidad de vivir. Un solo cuadro no obstante se esceptúa; pero este cuadro es la obra maestra de Zurbarán. Es la apoteosis de Santo Tomás de Aquino, cuadro que en tiempo del imperio fue a París (robado) con algunas otras obras maestras de la escuela española, y que en 1814 volvieron (a la trágala) al museo de Madrid o a la catedral de Sevilla, como la Transfiguración volvió a Roma. Y a propósito de la Transfiguración, un dicho popular de los ciceroni de Sevilla, es que el santo Tomás de Zurbarán se puso en París en parangon con aquella pintura y que los jueces han quedado indecisos. Someto humildemente la cuestión a aquellos que se acuerdan todavía de estas dos obras maestras que se oponían una a otra; pero en cuanto a mi que he visto las dos, aunque me acosen de blasfemo hacia el dios de la pintura, comprendo que se haya titubeado: no porque haya alguna relación entre ambos asuntos, ni en el estilo de ambos maestros; la semejanza no está mas que en la hermosura de las dos obras y en la división de los dos cuadros en dos partes muy distintas; debajo, Carlos V de rodillas, con cortesanos y frailes; encima, en el cielo santo Tomás transfigurado como Jesucristo, y cuatro obispos o doctores de la ley sentados a su lado. He aquí, se dirá un asunto muy frío, bastante ingrato;¿pero qué importa eso al genio? ¡Qué partido no ha sabido sacar Rafael, en sus loggie de un asunto mas ingrato aun, de la disputa sobre el santo Sacramento!
La obra mística de Zurbarán no es menos poderosa ni menos atrevida; Carlos V vestido con la dalmática imperial está arrodillado delante de una mesa en la que ha dejado su cetro y su corona, sin duda para acordarse que el cielo se le ha dado, es decir el clero. A su derecha algunas hermosas y pálidas cabezas de cortesanos con sus gorgueras blancas, con sus ropillas de terciopelo negro y con sus frentes arrugadas por las angustias de la ambición. A su izquierda obispos, dominicos con sus hábitos blancos y negros, con sus cabezas un poco vulgares pero llenas de inculta energía. El mejor elogio que puedo hacer de la figura de Carlos V, es que iguala el admirable retrato que Ticiano ha dejado de él en el museo de Madrid; es siempre esta cabeza pálida y pensativa, dueña de sí como del mundo, y la cual la conciencia de su fuerza ha ennoblecido hasta la astucia, primitiva espresión de ella. El pesado mando de oro que lo cubre con sus pliegues inflexibles y contrapuestos es maravilloso por sus luces y su brillo. Nunca el sombrío Zurbarán ha gastado tanta luz en un cuadro. Nunca su colorido siempre negruzco, había llegado a esta trasparencia; se diría que es la revelación de un nuevo talento, que él mismo ignoraba.
La parte superior del cuadro es por lo menos igual a la otra y esta vez se titubea entre el cielo y la tierra. Tal vez no es el santo el mas ideal de los cinco personages transfigurados; pero nada iguala en hemosura a los cuatro doctores ocupados en ojear con una grave e inteligente atención los libros de la ley. El aire y la luz circulan de lleno entre los anchos pliegues de sus mantos; ninguna huella de los defectos habituales de Zurbarán, y de su gusto por los contrastes chocantes entre la sombra y la luz se nota en estas cuatro figuras, así como tampoco se percibe en la de Carlos V igualmente irreprensible. Un poco de sequedad y de dureza en las otras figuras, algunos paños negros recortados con demasiado vigor sobre los hábitos blancos de los frailes, tal cual sombra demasiado fuerte; tales son los únicos defectos de este admirable cuadro, el mas hermoso de la catedral de Sevilla, y el peor alumbrado. Ciertamente es una desgracia para el arte que tantos tesoros estén escondidos bajo las bóvedas oscuras de una catedral, donde el ojo mas esperto mas bien adivina que puede juzgarlos. Solo ayudado de un fuerte anteojo y a ciertas horas que es preciso aprender como las horas de audiencia de un rey, he podido arrancar a estas avaras bóvedas el secreto de la gloria y el genio de Murillo. Solo así, he podido apreciar sobre la puerta principal y a una inmensa altura, la belleza de una virgen colosal de la que no pudiera formarse juicio a la simple vista y que me ha parecido llena de un carácter de fuerza y de grandiosidad, estrañas enteramente a la costumbre de su pincel. Por Mariano Valero en 1839.
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