11 Abr Bajo el manto de fuego Genevieve La Porte.
Tomo V de la novela Diario del Arte, 17 abril se presenta la visión de Orión en Alma de Córdoba, desde hace años el joven Orión observa
Esta historia comienza un día de hace dos años en la pedanía del Toboso, donde Orión y Artemis se encontraron para charlar sobre Arte y Convivencia. Siempre se escondían del «mundanal ruido» para alegrar sus corazones con la lectura de magníficos libros y manuscritos. El principal siempre El Quijote, por lo que representa y significa a lo largo de los siglos en la Cultura Española y Universal. Esta vez Artemis se deleitó con un libro biográfico sobre la historia de amor entre Pablo Ruíz Picasso y Genevieve La Porte, destacando varios párrafos, que hoy 11 de abril del presente año 2026, un servidor (el autor de la novela) voy a discernir para vuestro conocimiento, queridos lectores del pasado, presente y futuro. Comienzo con esta lectura en voz alta: «
El otoño adormilado en lo hondo de los valles ha ido trenzado sus cabellos alrededor de los helechos. Los helechos se estremecen bajo la caricia suave de los abedules. A cada soplo, el bosque esparce soles por los senderos en donde las moras aturdidas se resignan.
Las corzas se vuelven de bronce.
Al igual que un pájaro que entre el polvo construye el nido, el recuerdo de Picasso busca su sitio en las primicias de este octubre que le vio nacer, hace noventa y dos años en Málaga. Ya, para mí, dejó de ser el extraño que ocupó mis sentimientos y al que rechazo. Ahora lleva una vida tan lenta como la misma naturaleza, que es única a cada instante.
El tacto sedoso de los abedules se opone, bajo mis dedos, a ese otro tan rugoso de la piel de toro que cubría su cama. En esa cama me sentaba yo, a esperar tranquilamente que Picasso terminara de preparar el té que me ofrecía durante aquel duro invierno de 1944-1945. El agua la sacaba del grifo de la bañera y luego traía la tetera y las tazas, dejándolas en el suelo al lado de la estufa. Mientras yo bebía, él iba a buscar los dibujos, los grabados que había hecho durante la semana. Los extendía sobre las baldosas rojizas y yo me ponía en cuclillas, expresaba mi sentir que, en general, se resumía a «me gusta» o «me gusta menos». (¡ Me había vuelto más prudente a la hora de opinar!) En el primer caso, Picasso, con una sonrisa que desde luego no estaba falta de ironía, contestaba: «¡Bueno, pues mejor!, La opinión contraria le provocaba un aire huraño que no dejaba de asombrarme. Siempre tuve miedo de que me preguntara los motivos de mi elección. Por suerte para mí, nunca lo hizo. Con respecto a la piel de toro, cada semana le manifestaba mi admiración… y mi envidia, procedente sin duda de muy lejanos cuentos en los que leños chisporroteantes, pieles de animales, princesas y príncipes encantadores se fundían en un sólo sueño.
Hasta el punto que un día, Picasso, con ese acento festivo y cortés que me reservaba, propuso:
– Si te gusta tanto, ¿por qué no te quedas aquí?
Creí que se estaba burlando de mí. Su frase hizo que me sintiese muy desgraciada, pues, salvo algunos instantes de inconsciencia en los que yo olvidaba quién era él, me quedaba perpleja ante el interés que Picasso me demostraba y a menudo, abandonando el monumental aplomo de los adolescentes, me preguntaba qué podía encontrar en mí.
Me quedé efectivamente… seis años más tarde. Entretanto, me habían entrado ganas de ir a Estados Unidos. Picasso me ayudó, lo que me permitió realizar el proyecto al acabarse el invierno. Françoise Gillot, amiga del pintor André Marchand, había sido presentada por éste a Picasso – a menos que no lo fuera por Alain Cuny, pues ambos me han asegurado su responsabilidad en aquel encuentro. Picasso fue a instalarse a Antibes y luego a Vallauris. Nacieron los niños. Por mi parte, recorría los países escandinavos tras haber descubierto los gozos de Saint-Germain-des-Prés, el de la Rose Rouge, de los Fréres Jacques y de Juliette Gréco. Cada vez que pasaba por París, iba a visitar a Sabartés, que velaba por el estudio casi desierto. Durante esa época fue cuando me pidió que trabajara para él en diversas traducciones.
Un día de 1951, telefoneé al estudio. Me contestó Sabartés. El bullicio que me llegaba del otro lado del hilo contrastaba con el casi silencio al que me había acostumbrado. Oí que alguien le preguntaba a Sabartés, que contestó: «Es Geneviéve». Una voz que yo no había olvidado resonó agradablemente en mi oído: era Picasso.
Me pidió que fuera en seguida. Es fácil imaginar con qué júbilo me precipité.
Nada había cambiado en apariencia desde mi primera visita, como no fuera que durante el invierno que había visto nacer nuestro profundo afecto, se había cortado su espléndido mechón blanco. Parecía calvo. Recuerdo que reaccioné consternada y furiosa contra Aragon a quien en mi interior acusé de hipócrita al ver que se extasiaba: ¡Qué bien te cae, te rejuvenece!. Así pues, era el mismo Picasso con su tez moruna de siempre – estábamos en primavera – y su mirada reflejaba la misma luz. Sin embargo, me pareció notarle una tristeza profunda, una dureza que no le conocía de antes. Quizás era que no me había fijado… seis años atrás, yo era muy joven y sin mucha experiencia de las miradas humanas. Me tomó en sus brazos y, por primera vez, me besó. Sus amigos presentes me miraron estupefactos. ¡Yo me sentía tan feliz de volverlo a ver!
Inmediatamente, igual que niños que se encuentran de nuevo después de unas vacaciones muy largas, al tiempo que me atraía hacia su estudio, no cesaba de repetir: ¿Te acuerdas de cuando eras pequeña y yo te preparaba el té? Añadí: ¡Y me llenabas de chocolate americano! Una vez, se te lo habían comido unos amigos, y estabas tan triste que no paraste hasta encontrar algo que darme: me fui con té y con un cepillo de dientes, regalo de los G.I.s.
Picasso seguía: ¿Aún guardas aquel osito?. La alegría me sofocaba, también a mí, bajo aquel alud de cosas felices que – ¡ oh maravilla ! – él no había olvidado. Naturalmente que aún guardaba aquel osito de borra cubierto de lentejuelas que parecían de azúcar. Sostenía una bandera en la patita. Me había dejado extasiada. Picasso había soltado esa fórmula que tantas veces debería oírle: ¿Te gusta? Es tuyo. Aquel día la felicidad me embargaba, cuando volví a casa con ese juguete, el primer regalo de Picasso.
Las mudanzas que se han ido sucediendo en mi vida acabaron con mi osito.
Miré a mi alrededor: había las mismas esculturas de seis años antes. El sol de mayo había expulsado al cielo gris más allá de las altas ventanas. La acogida de Picasso conservaba su calidez pero denotaba un mayor abandono. Una lenta actividad parecía haberse operado en él, y también en mí, nacida del tiempo y de la ausencia. Me retuvo para un almuerzo, que fue el primero de una larguísima serie cuyo ritual era inmutable. Entre sus visitas, Picasso recibía primero a los que no tenía ganas de ver en su mesa. Retenía a los demás. A las dos de la tarde, la bella, tan bella Inés, que antes recogía jazmines hasta que Picasso la descubrió trabajando en los campos de flores con sus dos hermanas y se la llevó a París. Inés, pues, intentaba despejar una parte de la inmensa mesa quitando todos los estorbos. Ponía la mesa al fin y nosotros ocupábamos nuestros sitios. Por lo común éramos seis, a veces menos y excepcionalmente más.
Inés cocinaba la mar de bien y recuerdo encantada un plato cubano en el que plátanos fritos, huevos fritos y embutido constituían, sobre una pirámide de arroza, un bodegón tan bonito como sabroso. Los invitados de Picasso eran de índole muy variada. Una mañana, me cogió aparte ya sólo al entrar y me preguntó entre susurros: ¿Te gusta la cerveza?. Contesté negativamente sin entender. Me señaló a una joven pareja inglesa, rubios y sonrosados, que estaban en la sala. «Ella es la cerveza Guinnes. Sabes, son muy ricos. Nadie lo diría, ¿eh?. La conversación mantenida durante la comida por Guinness is good for you no me produjo ningún impacto digno de mención.
En cambio, las visitas de Kahnweiller, el marchand de cuadros, me causaron una impresión más duradera. Eluard se compadecía, en cierto modo, de la suerte de aquel hombre tan flaco, de rasgos ascéticos – ése es el recuerdo que guardo – que «se había pasado toda su vida corriendo detrás de Picasso para comprar lo que Picasso quisiera venderle».
Pues Picasso, desde que había salido del miserable período de sus comienzos, se sentía lacerado ante la perspectiva de tener que separarse de alguna de sus obras. Cada vez que le ocurría, parecía que lo hiciera a regañadientes. Así me dijo que el Guernica estaba «prestado» al Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Su pintura desempeñaba para él la función de un diario íntimo y de un álbum de fotografías. Cada período iba ligado a una parte de su vida, y le repugnaba tener que desprenderse de él. Era como si se hubiera arrancado sus recuerdos a la plaza pública.
Me quedé por lo tanto muy sorprendida – pues nunca lo hubiera supuesto – cuando descubrí que seguía una especie de diario. En el que me enseñó, había un bucle de Dora Maar. Al mismo tiempo, intentó darme una explicación: «Yo no quería a Dora Maar. La quería como a un hombre y no hacía más que repetirle: «Me gustas pero no te quiero». Imagínate qué llantos y qué crisis. Meditó un instante. Se nota cuando él mismo se plantea un enigma. Aventuré un comentario: «No es extraño que se haya vuelto loca». Su mirada se agudiza. Retorna al presente. «Ha sido horrible. Nos encargamos de cuidarla. Paul Eluard me ha ayudado mucho… ¿Sabes? ahora que ya está curada, no ha vuelto a pintar bien». Lo sé. Me lo ha dicho varias veces.
Arrastrado por su idea, con esa tendencia a frases que puedan parecer paradójicas, se pone a generalizar:
– Soy una mujer. Todo artista es una mujer y ha de ser una zorra. Los artistas pederastas no pueden ser artistas auténticos, pues quieren a los hombres. Si son mujeres, caen otra vez en la normalidad.
Es feliz, se ríe y me vigila de reojo. Con ayuda de los años ya no me pongo colorada. Da igual. Volvamos a Kahnweiller.
Hacía 1950, Picasso tuvo complicaciones con la administración que quería requisar el apartamento sito en la rue La Boétie, desocupado desde su separación de Olga, su mujer. Picasso, fiel a ese modo de preservación de los períodos de su vida, fiel al marco interno en que se habían desarrollado, había dejado el apartamento tal cual para instalarse en otro sitio. «Rue La Boétie», suponía para él un período similar al de «le bateau-lavoir» o de «Céret», y, más tarde, al de «Vallauris», los «Grands-Augustins», etc… Nunca le oí hablar de período azul, rosa, cubista u otro … su localización en el tiempo necesitaba un apoyo concreto que se traducía por el lugar en que vivía.
Así pues, en «Rue La Boétie» se acumulaba cierta cantidad de tesoros que los críticos denominarían cubistas… y que yo, en cambio, llamaba Ma jolie (Bonita).
Una buena mañana, me encuentro a Picasso preocupado, pues, a pesar de la intervención de un ministro (creo que Claudius Petit), que le había acompañado para hacer saltar los sellos puestos en la puerta, la amenaza se iba precisando. Se había dictado una medida, que le expulsaba, en favor de Jacques Chabannes. A pesar de todos los apoyos con que podía contar Picasso, no tuvo más remedio que mudarse con el alma hecha pedazos. Creo que los muebles fueron a parar a un guardamuebles. Sin embargo, los maravillosos collages de esa época, multitud de telas, dibujos, litos… una pequeña maqueta para una obra de teatro, regalo de Marcel Herrand, volvieron a Picasso. Marcel se encargó de trasladarlos poco a poco a la rue des Grands-Augustins, en donde se fueron amontonando. Picasso acechaba por la ventana con impaciencia, atento a la llegada del gran coche blanco. No esperaba a que Marcel, cargado de paquetes, subiera hasta el tercer piso. Se precipitaba y – de nuevo hay que evocar a los niños – descubría con grandes gritos una serie de tesoros olvidados, igual que un crío que regresa a su cuarto y a sus juguetes tras larga ausencia.
Kahnweiller pensó que el momento era oportuno. Y así, una mañana, consiguió encerrarse con Picasso. Evidentemente no asistí a la entrevista, pero observé que el marchand de cuadros, al despedirse, irradiaba satisfacción mientras que Picasso aparecía mohíno. Aquel día comíamos los dos solos. Picasso no había retenido a ninguna de sus visitas. Apenas terminamos de comer, me llevó a la habitación en donde había hablado con Kahnweiller y me enseñó un montón de dibujos y de litos. Desde la partida de su interlocutor, se había puesto cada vez más huraño. Me señaló el montón: «Le he vendido todo esto…» Le pregunté por qué no se los había llevado Kahnweiller. «Para que los firme…». Su rostro aún se ensombreció más y comenzó a examinar los dibujos uno tras otro, estirando el brazo a causa de un principio de presbicia. El lote incluía obras procedentes de la rue La Boétie y también otras, más recientes, entre las que figuraban varios retratos, muy bonitos, de Françoise Gillot dibujaba como mujer-flor.
Picasso comenzó a refunfuñar: «La verdad es que no sé por qué he de venderle todo esto a ese canalla de Kahnweiller». La injuria era totalmente gratuita, teniendo en cuenta además que Picasso sentía afecto, y también respeto, por el trabajo incansable de su provisional enemigo. Empezó a hacer dos montones. El primero crecía a ojos vista. Iba recibiendo, entre otros, casi todos los retratos de Françoise. «Éste para Françoise, es el retrato de Françoise…» murmuraba Picasso. Al fin, quedó a un lado un paquete minúsculo. Picasso lo puso aparte, se enderezó y sonrió satisfecho. «Ya está, todo eso (¡No quedaba ni la cuarta parte!) es para Kahnweiller.» Había recuperado el buen humor. Desapareció a fin de sepultar el paquetazo en uno de sus escondrijos. Amigos y visitantes quedaban pasmados cuando comprobaban que Picasso se sabía al dedillo todo lo que contenía cada uno de esos escondrijos. El propio Cocteau evocaba ese don de Picasso.
– ¿Te has dado cuenta? A veces, en medio de una conversación, va y dice «esperad» y desaparece a toda prisa. Regresa unos minutos después, blandiendo el papel o el objeto al que se había referido y que quizás ya llevaba veinte o treinta años enterrado. Prodigioso – soñaba Cocteau.
Al día siguiente, no asistí al chasco de Kahnweiller.
Unos días despúes, Picasso me pidió que le «ayudase a trabajar». Parpadeé. No acertaba a ver cuál podía ser mi actividad. Me enseñó un centenar de dibujos acumulados sobre una esquina de mesa. «Mira. Tengo que firmarlos. Me los ha traído Kahnweiller… «Mi cara de asombro ante esas cien firmas que había que poner le dio risa. «Al revés de lo que piensan, no me molestaba nada. ¿Sabes por qué? Mi firma es como un dibujo. La invento cada vez. No hay dos veces que se repita. Y además no podría. Mira, un día, un señor había comprado una tela mía no sé dónde y se le había estropeado. Me la trajo para que hiciera algo… Volví a cubrir la tela entera». Se echa a reír. «Si hubieses visto qué cara puso ese señor… ¡No tenía ya nada que ver con su tela! Nunca supe copiar, ni a mí ni a los demás». Me acuerdo de sus visión de Cranach. Sin embargo, me arrastra hacia el montón de dibujos y me dice: «Vamos a trabajar en cadena. Tú me pasarás los dibujos uno tras otro y yo iré firmando. Ya verás, iremos rápido.» Algo escéptica, comienzo. En efecto, tiene una técnica muy perfeccionada y en un santiamén todo queda firmado.
Contempla satisfecho su obra y me dice: «500 multiplicado por 100, ¿cuánto es?» Hago el cálculo sin entender gran cosa. Entonces se pone contentísimo: «Acabamos de ganar 50.000 francos. Le hago pagar a Kahnweiller 500 francos por firma. Ven. Vamos a la calle, que te compraré un helado».
Ya estamos en la rue Dauphine en donde, efectivamente, me compra un helado. Paseamos un rato. Nos cruzamos con el señor Palewski, que ha sacado al perro. Parece sofocarse cuando advierte que Picasso va a pie. La verdad es que no es habitual. Intercambian algunas frases. Después, otra idea pasa por la mente de Picasso: «Vayamos a casa de Lacouriére. Cojamos un taxi.» Nos dirigimos a Montmartre. Subimos la escalera y penetramos en el taller, bastante oscuro. Del interior de un pequeño despacho aparece la señora Lacouriére a recibirnos. Picasso, contento, parece encontrarse a sus anchas. No obstante, se transforma cuando llega a la imprenta en donde saluda con un caluroso apretón de manos al obrero que se encarga de su lito. Se trataba de la impresión del Cranach, una de cuyas pruebas ya estaba y seguiría estando, hasta la última visita que hice diez años después, en un caballete del estudio de Grands-Augustins. Desconozco cuál fue el original de procedencia. Visto por Picasso, se había convertido en un paje que tenía mi silueta y mi larga cabellera. Le dio mucho trabajo y se quejaba de que a su mano, acostumbrada a dibujar el rostro y las formas de Françoise, le daba «a pesar suyo» por alargar mi nariz y redondearme el pecho. Cuando en realidad yo por entonces me parecía a la dedicatoria que me había escrito Eluard en Pouvoir tout dire: «A Geneviéve, como una hoja cosida con hilo rubio».
Picasso pidió una primera impresión. Se había puesto los lentes. La señora Lacouriére se unió a nosotros. El taller se hallaba sumido en silencio y sólo se oía el ruido de la prensa y luego del papel que sacaron para que Picasso apreciara. Se creó un silencio aplastante, sostenido en sordina por el rumor de las máquinas. Picasso miró intensamente. El obrero, al igual que nosotros, esperaba.
– Queda demasiado oscuro – dijo Picasso al fin -. Habría que entintar con algo menos de intensidad.
El obrero volvió a entintar la piedra con sumo cuidado, bajo la dirección de Picasso. Luego, entregaron la piedra a la prensa. La espera rozaba límites de angustia, como si se tratara de un parto. Transcurrían los minutos con una lentitud aplastante. Ruido de papel por fin. Había salido mejor, aunque seguía sin ser satisfactorio. Así se sucedieron varias pruebas antes de que Picasso se declarase plenamente satisfecho.
El ceramista que le ayudaba en Vallauris me había contado que Picasso le describía, «con las manos», las formas que deseaba. Era un milagro ver cómo, ante él, las personas alcanzaban la misma maleabilidad que la materia más dura entre sus dedos.
Cosas muy simples le extrañaban, por ejemplo la suavidad de la piel de sus manos, después de que habían pasado por tantas experiencias rudas: «Con estas manos lo he tocado todo, madera, yeso, peidra, todo». Y yo completaba: «… mujeres».
– ¿Sabes? siempre he tenido más complicaciones con las mujeres que con mi pintura. Un día me dijeron: «Tiene usted alma de sultán. Necesita un harén…» Es verdad. Me hubiese gustado ser moro u oriental… Todo lo que se refiere a Oriente me seduce. Occidente y su civilización no son más que las migajas de ese gigantesco pan que es Oriente.
Eluard manifestaba sus reservas ante declaraciones de este género.
– Quizás tenga alma de sultán, pero ya te habrás fijado que conserva la alianza, que no se ha divorciado de Olga, que sólo el hijo que tuvo con ella lleva su nombre y que lo considera como su único hijo legítimo.
Eso no obsta para que, con relación a sus demás hijos, Maya, Claude y Paloma, o a sus madres respectivas, siempre se mostrara muy generoso y asegurara la existencia material de todos.
– Hace tiempo, me encontré a una puta por casualidad y me pasé la noche caminando y hablando con ella. La puta me dijo al final que en el fondo yo era un hombre «de deber».
Picasso se pone muy serio al contar esto, se siente algo incómodo, y al fin añade sin mirarme: «Es la mujer más inteligente que he conocido» ¡ Suerte que no soy susceptible !
A veces, con más frecuencia de la que parece, le da por interrogarse acerca del valor de su arte y entonces duda de su rigor moral. Siguiendo caminos muy diversos, recae a menudo en esa idea. Le cuesta llegar a tratar las dos inquietudes:
– Estoy lleno de contradicciones… Al tiempo que me gusta lo que me pertenece, siento unas ganas locas de destruirlo… En amor es igual. El deseo que pueda tener de procrear es expresión de mi otro deseo que aspira a librarme de la mujer. Sé que un hijo es el final de mi amor por ella… Me liberará del sentimiento… Pero el niño me creará lazos de obligación moral.
Me toma por testigo y, de repente, una máscara trágica, sin edad, se superpone al rostro serio pero presente que hace un momento se me ofrecía: «¿Sabes que tengo el sentido del deber?. » El amor secreto de Picasso, memorias de Geneviéve La Porte.
En este tomo V de la novela Diario del Arte, hemos comenzado con esta lectura dedicada a la vida de Picasso junto con Geneviéve La Porte. Intentaremos que los personajes de la novela expresen su día a día, como siempre, durante los meses de abril y mayo. Esperamos que nos lo pasemos super bien, con todo lo que está por llegar en el mundo. Entre El Sahel, Ucrania, Oriente Medio y la zona del pacífico asiático, más la llegada de otras fuerzas del espacio, tendremos unos meses muy movidos e inesperados donde nuestras Almas necesitarán más la espiritualidad sin religiones.
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