Una exposición de Alejo Fernández en el Wallraf-Richartz para poner en relieve su carácter gérmano, con idas y venidas entre Córdoba y Colonia, estrecha las dos tramas, cuya prioridad de una sobre la otra el autor deja a criterio del lector.
Si un amigo policía le enfocó en la trama de la corrupción, fue otro amigo, José María Palencia, asesor técnico de conservación e investigación del Museo de Bellas Artes de Córdoba, que dirigió entre 2013 y 2021, el que le dio la opción de vincular a Alejo Fernández en la novela durante una visita en la pinacoteca para documentarse sobre la falsificación de obras de arte.
Moya recuerda que dando un paseo dentro del museo le enseñó el cuadro de Cristo atado la columna con San Pedro y donantes, que es el cuadro del que habla con la novela. Lo mismo que le ha sucedido de «las subhistorias que nacen de la propia novela» como consecuencia de la investigación sobre la corrupción en la Costa del Sol, que «es mucha y llega a todos los ámbitos», que ha llevado a cabo con colaboración policial.
Una realidad que nada tiene que ver con que la Costa del Sol sea «una zona de delincuencia común, la alta delincuencia de la Costa del Sol no nos afecta a los comunes que van allí ir a veranear», ha precisado.
Con anterioridad, Moya ha publicado otras dos novelas, una que califica de «gótica», La Maldición del Cuervo (Editorial Séneca, 2010), y Los perros mudos de Dios-Muti Canes Dei (Ediciones Algorfa, 2018), «que me la catalogan negra, pero no era tan negra, me adentro un poco más en el género policiaco y el género negro». Antes había escrito un «ensayo novelado», Las cicatrices del agua (Editorial Círculo Rojo, 2015).
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