01 Nov Centenario de Julio Romero de Torres 1974.
Rescatamos una publicación en Diario de Burgos en 1974 en relación al pintor de Córdoba.
Se ha cumplido el primer centenario del nacimiento de uno de los pintores más populares y – sin duda – más cantado en coplas de España: Julio Romero de Torres, el pintor de romance; el más admirador – quizás – de Leonardo da Vinci. Su retrato va de bolsillo en bolsillo de las gentes, porque su efigie está impresa en una de las emisiones de billetes de Banco españolas, por valor de cien pesetas. El recuerdo, pues, del genial artista está latente.
Caballero andaluz, cordobés íntegro, sus 54 años y 182 días de vida intensa estuvieron jalonados de inquietudes, alegrías y – cómo no – de penas, también. Fue un hombre con poco tiempo para el ocio, pues trabajaba continuamente desde muy temprano del día hasta bien entrada la noche. Eso sí, frecuentaba después de la cena el café donde hacía tertulia con amigos pintores, escritores, escultores… y toreros.
SU PADRE FUE SU MAESTRO
Muchas son las biografías, en torno al pintor de «la mujer morena», salidas de finas y ágiles plumas. Ardua labor sería encontrar algo que no se haya dicho de Julio Romero de Torres. Sin embargo, el acontecimiento que ahora se conmemora obliga a recordar, aunque sea muy brevemente, un poco de la vida de aquel hombre sencillo, enemigo siempre de las adulaciones hacía su persona y de las críticas contra cualquiera que no estuviera presente.
Romero de Torres vino al mundo el 9 de Noviembre de 1874, fruto del matrimonio Rafael Romero y Rosario Torres. Un día luminoso en la reluciente Córdoba. Fueron ocho hermanos. Hoy viven tres hijos: Rafael, Amalia y María. Su infancia transcurrió normalmente dentro del natural ambiente bullicioso familiar, aunque siempre con tendencia a la pintura. Era difícil verle sin un lápiz en sus manos, aunque apenas sabía tenerlo entre sus dedos. Se pasaba el tiempo llenando papeles con lo que el chiquitín llamaba «figuras» de «hombres y mujeres», especialmente. Y andando los días, llegó «Mira qué bonita eres», su primer cuadro, realizado todavía siendo un niño. Después, fueron saliendo de sus pinceles – el lápiz ya tiempo que quedó atrás – verdaderas maravillas, bajo la supervisión y vigilancia de su padre. «Todo lo aprendió de su padre,- en nuestra misma casa – que fue su verdadero maestro…». ha dicho don Rafael Romero, hijo de Julio. «Su padre – agregó – fue arquitecto, pintor, historiador y hombre muy amante de la cultura, y de las personas humildes. El quería que todo el mundo fuese culto, era su mayor ilusión», apostilla don Rafael a una de las preguntas que le formuló un periodista madrileño que le entrevistó recientemente.
UNA CHIQUITA «GÜENA».
A cada paso, en cada sitio, en cada rincón de Córdoba, está el espíritu de Julio Romero de Torres, el pintor de las mujeres bellas y famosas quienes, después, se enamoraban de él con facilidad…
«Tenía el artista el alma pura, recatada y profunda de Séneca; era una representación característica de la raza», confesó en una ocasión un destacado intelectual. Romero de Torres era, también, un psicólogo del pueblo cordobés, no de la Andalucía del repiqueteo de las castañuelas y las cañitas de manzanilla. De la Andalucía grave, lacónica y concisa del propio Séneca y del torero Lagartijo. De este laconismo buscamos un ejemplo: Cuando Julio Romero de Torres se cruzaba con una mujer guapa, se detenía unos segundos y contemplando su garbo, su gracioso caminar, decía para sí por todo comentario: «Una chiquita güena».
Y para decir verdad, casi la misma expresión indolente hay en sus pinturas. Hay en sus cuadros un algo de pagano misticismo, de ritmo religioso, de evocación litúrgica. Y como dijo un estupendo escritor y periodista sevillano, ya fallecido: «… Pero en donde Romero de Torres supo como nadie prender el encanto misterioso de su tierra fue en los ojos. Esos ojos negros, intensamente negros, de sus mujeres, encierran un fondo de pena y de fuego, tan genuino en las mujeres cordobesas. Ojos abismales, estáticos, silenciosos, cargados de tristeza y de pesares; ojos que encarnan el poema de celos y dolores del cante «jondo».
SUS MUSAS
Tuvo varias musas el pintor cordobés. Todas bonitas. Pero, especialmente, dos de ellas, fueron las predilectas de Julio para plasmar en sus cuadros los ojos negros, profundos, inmensos que le cautivaron y le trastornaron las gitanas Amalia Fernández Heredia y su prima Natalia Castro. Las dos posaron varias veces para el «pintor de la color cobriza… (así, dice de Julio, Amalia Fernández). Las dos, cuentan y no acaban de su «retratista»; «Don Julio – explica Amalia – era corto de espíritu y poquita cosa al principio, pero después, con la confianza, era un señor de verdad de los pies a la cabeza. A mi me gustaba estar cerca de él. Tenía un no sé qué… que tiraba de mí…».
Por su parte, Natalia Castro, la mujer que parecía tener carne de pincel, – la que aparece, junto a Julio Romero, en los billetes de Banco de color marrón, de cien pesetas – recuerda que «a Julio le parecía mucho que yo le cobrase un duro – cinco pesetas – por hora de «pose» … cuando a mí se me dormían los brazos y los ojos me picaban de tanto tenerlos abiertos… (Pero, qué digo Julio… era don
Julio). Yo siempre he sido modelo de pintores. Pero no hubo ninguno que me pintara como don Julio… El me esperaba todas las tardes en la plaza del Potro… y yo me acostumbré a él…a estar frente al lienzo con los ojos muy abiertos, hartos de brillo, y la imaginación llena de ensueños. ¡Y, luego, me veía tan guapa en el cuadro!
CÓRDOBA RECIBIÓ SU OBRA
Diez de Mayo de 1930. La ciudad de los Califas lloró. Se vistió como en las grandes solemnidades para llorar a su más representativo hijo. Este día iba a ser enterrado el cuerpo sin vida del más auténtico – quizás – cordobés. Córdoba se paralizó totalmente. El comercio no abrió y ¡hasta las tabernas cerraron sus puertas! – que ya es decir -. Los transportes públicos no dieron servicio; se dedicaron, especialmente los taxistas, a transportar coronas de flores hasta el cementerio. Sin dura, fue la más grande manifestación de sentimiento y pena celebrada en la ciudad. Asistió al sepelio el ministro de Justicia, en representación del Rey Alfonso XIII. Cientos y miles de mujeres iban tras el cortejo derramando lágrimas, sin consuelo… ¡Un entierro sin precedentes en «Cordobita, la llana»!
Y ahora, en justa correspondencia, la ciudad ha querido, con mayor solemnidad que nunca, conmemorar el centenario de su nacimiento con una serie de actos en honor de su genial pintor, empezando por descubrir una lápida en el museo provincial de Bellas Artes, donde se guarda el tesoro artístico de Julio Romero de Torres, tesoro que pasará a ser propiedad del Ayuntamiento cordobés: 93 cuadros, todos maravillosos, cuyo valor aproximado está calculado en unos siete millones de dólares. Y el Ayuntamiento – y toda Córdoba – concedió la Medalla de la ciudad a doña Francisca Pellicer, la esposa del pintor, a título póstumo, y a sus hijos Amalia, María y Rafael.
Una noche de Mayo murió el pintor más cantado de España… El cementerio de Córdoba guarda sus restos, en cuya tumba dan guardia unos bien cuidados cipreses…
Por F. NATA (Fiel – Servicios Especiales de Efe).
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