Hoy dejame que te cuente Julio en tu onomastica – PROYECTOGARLO

Hoy, déjame que te cuente, Julio, en tu onomástica.

Juan José García López «Garlo» Un recorrido por dos testimonios de la prensa española de 1910 y 1920 sobre Julio Romero de Torres.
ProyectoGarlo | Cultura, Arte y Memoria.
Si hoy, día 9 de noviembre, hace 152 años que naciste en esta casa, en este patio arqueológico, cuna del arte de tu familia Romero de Torres, quizás sea cierto que la vida nos sorprende cada día.
Dicen que ahora existen dos lunas en la bóveda celestial. Mientras tanto, tanta reivindicación cultural, iniciada en noviembre de 2022, está dando sus frutos.
La perseverancia, la comunidad artística, los domingos a las doce del mediodía, las mociones políticas, la unión de almas para mostrar esta joya artística donde me encuentro ahora relatando este desiderátum: tu patio jardín familiar, que tanto esmero pusieron en cuidar tus hijas y tu hermana Angelita.
Aquí, donde tu padre y tu madre llenaron de vida intensa estas paredes hospitalarias de la Caridad, hoy se conservan numerosos testimonios artísticos, preservados por ambos museos: el Museo de Bellas Artes, con su colección de arte, cuya celebración centenaria coincide con estos días, y el museo dedicado a tu obra, Julio, que tu viuda esposa Francisca, tu hijo Rafael e hijas Amalia y María, y tus hermanos custodiaron con cariño, y que ahora el Ayuntamiento de Córdoba mantiene, generando una gran peregrinación de ciudadanos llegados de todo el mundo.
Sin embargo, la incomprensión permanece. Tu museo continúa cerrado desde el 27 de agosto, tras el desprendimiento parcial de un falso techo Quizás en otra ciudad se hubiera acotado la zona afectada y se hubieran mantenido las visitas culturales. 
Me expreso ante ti, Julio, para contarte las noticias de hoy en Córdoba, ciudad Patrimonio de la Humanidad, donde tu familia Romero de Torres tanto atesoró, restauró, descubrió, conservó y defendió, tanto en la Comisión de Monumentos como en la prensa local.
Desde los albores de la prensa madrileña y catalana hasta los diarios de Hispanoamérica, tu nombre apareció en numerosas publicaciones, otorgándote esa fama que a unos ensalza y a otros desacredita.
Sí, Julio, recuerdo una madrugada en la plaza del Potro en la que una señora de edad avanzada me detuvo. Había una alegría en su mirada y unos labios tristes. Tomándome las manos, comenzó a contarme quién fue el pintor Julio en su hogar.
Su nombre es Carmencita.
Fue retratada en varias de tus «Chiquitas buenas», tanto ella como sus hijas, Dolores y Rafaela. Aquella conversación caló profundamente en mi corazón. Quizás, cuando regrese a tu patio este mes de diciembre, te lo cuente junto al ausente ciprés.
Hoy, en esta carta abierta al corazón que nos une, quiero recuperar tus palabras escritas y tus recuerdos. Pero antes deseo relatarte esa valentía de las ideas y de los hechos, de las realidades que florecen en nuestras plazas, calles, callejuelas y tabernas.
Córdoba resuena con la alegría de estar logrando un proyecto cultural para poner definitivamente en valor vuestra casa familiar, donde viste la luz en 1874 y te sobrevino la oscuridad en 1930.

1910. Una visita a tu estudio en Córdoba.

En 1910, Roberto de Galain, en la publicación madrileña Por esos mundos, realizó una visita a tu estudio en esta casa.
Quiero contarte cómo respondiste entonces al periodista. Y a ti, querido lector, deseo invitarte a leer con detenimiento estas palabras, tanto ahora como cuando la Diputación de Córdoba nos permita reabrir este espacio en diciembre, de nuevo en el marco de «Patios de Navidad».
Dice así, querido Julio:
Existe y muy arraigado aún, el prejuicio de que, a no ser en Madrid o Barcelona, apenas si hay quien pueda figurar gallardamente en las cimas de la intelectualidad española. ¡Crasísimo error, hijo del más lamentable y absorbente centralismo, que mantiene la ignorancia y pereza mental de las gentes!
En provincias, en esas pequeñas capitales en que la vida se desliza algo monótona y tranquila, el pensamiento y el estro creador suelen muchas veces cultivarse con sumo acierto, porque esa misma calma que el espíritu disfruta, convídale a laborar fecundo y poderoso hasta producir obras de arte cuya fuerza y serenidad nos recuerdan las de aquellos grandes maestros de los siglos XVI y XVII, llamados de oro en los anales de la Belleza.
Al ilustre pintor, a quien estas líneas se refieren, preguntábaamosle si no obtendría mayor retribución por su trabajo residiendo en esta Corte, y nos respondió:
– Sí; es indudable que viviendo en Madrid me pagarían más por los cuadros; pero…
Y asomando una sonrisa ingenua que revelaba mil confesiones, añadió:
– Pero lo que me sucedería es que apenas pintaría nada.
– ¿Y eso? – le replicamos – provocándoles a la expansión confidencial.
– Pues, la verdad, cierto es que Córdoba resulta una ciudad muerta comparada con Madrid y aún otras capitales provincianas de importancia; pero tiene un ambiente natural en el que flota mucha poesía y un gran ensueño, atmósfera de idealismo que crea espontáneamente arte, algo inexplicable pero sensible y real que el alma dotada de penetración y delicadeza percibe con facilidad en esta Andalucía que unos llaman trágica y otros riente, por lo regular sin conocerla a fondo, pues ambos caracteres tiene sin que el uno excluya por completo al otro.
En Madrid – continuó Julio Romero – hay más intelectualidad, más tráfago de ideas e impresiones artísticas; pero esa vida excesivamente febril que allí se hace, no es tampoco la más a propósito para producir, si el artista no posee una fuerza de voluntad y una ambición extraordinarias.
Y, en efecto, al escuchar estas palabras del eminente pintor que desde su rincón cordobés ha logrado triunfar en Madrid y ser nombrado frecuentemente por críticos y revistas de todos los países, especialmente en Norte-América, venía a nuestra memoria lo dicho por un crítico de arte del siglo XVII, refiriéndose a la excursión que al finalizar aquella centuria hizo Velázquez a Venecia: «Y permaneció retraído del trato de pintores y mercaderes, porque para producir vale más no contemplar lo que otros hacen ni escuchar polémicas y choques de ideas sobre materias artísticas, cuya síntesis está expresada en este hermoso pensamiento de Palacio Valdés: En arte, el aislamiento es una fuerza».
Penetrando por las estrechas calles de los barrios cordobeses próximos al Guadalquivir, que en tiempo de los Abderramanes constituían la Ajarquía de los cristianos, llégase a la plaza del Potro, pintoresco lugar citado por Cervantes como punto de alegre recreación. En ella se un antiguo edificio, vetusto caserón de prócer de familia ya extinguida, que la Diputación de Córdoba destina a la pinacoteca y museo arqueológico, y en el cual, en apartado lugar, tiene su estudio Romero Torres. Es un amplia sala cuadrada, en planta baja, que recibe próvido torrente de luz de un precioso jardín frontero a ella.
Allí vimos bocetos de cuadros, fotografías, manchas de color, objetos de arte antiguo y moderno, todo medio revuelto y mostrando ese bello desorden de que nos habla Goncourt en La casa de un artista.
Reproducido por la fotografía aparece a un lado La musa gitana, el magnífico cuadro que consagró a Julio Romero como artista admirable, y que fue premiado con primera medalla en la Exposición celebrada en Madrid el año 1907. Este lienzo representa una mujer, joven, desnuda, recostada en un sofá, y recuerda a La maja desnuda de Goya; pero ¡qué dos tipos tan diferentes, tan interesantes y tan españoles, cada uno en su estilo! En la gitana de Romero de Torres se vé claramente reflejado el romanticismo de su raza, ardoroso y brutal a veces, rústico y doliente otras. En la hermosa hembra del glorioso maestro aragonés traspira la intensa fuerza femenina que llama a la vida por todos sus poros.
Próximo a dicha reproducción fotográfica se ve un pequeño manuscrito con varios tachones, una cuartilla clavada en la pared con doradas puntas de París. Sin duda – nos dijimos – debe ser algo muy interesante cuando el artista lo conserva así, ostentándolo cual una reliquia. Nos acercamos y pudimos comprobar la importancia del papelito. Era el original, autógrafo, de aquella inmortal becqueriana aprendida de memoria por nuestras mujeres de todas las clases sociales de la generación anterior:
«Hoy la tierra y los cielos me sonríen; hoy llega al fondo de mi alma el sol; hoy la he visto… la he visto y me ha mirado. ¡Hoy creo en Dios!»
¿Cómo ha llegado hasta el estudio del pintor cordobés tal primicia literaria? Lo ignoramos, y a fe que sería curioso saberlo.Romero de Torres es un gran pintor que a fuerza de talento y voluntad, sostiene todavía el prestigio de la clásica escuela cordobesa. Su espiritualidad, nota característica de su estilo, y el tono delicado que siempre arranca a la paleta, hacen de él un artista florentino, sólo que además tiene la fuerza de la inspiración y sentimiento que el ambiente andaluz, jocundamente intenso y luminoso, da a las obras artísticas de sus hijos. Sorolla, el gran Sorolla, fue un día a visitar su estudio Sabido es que el temparemento estético del admirable pintor valenciano es completamente opuesto al de Romero de Torres. El del primero es fuerte, vigoroso, extremadamente colorista, avasallador; y el del segundo es suave, delicado, intenso, marcadamente espiritual. Son algo así como los dos polos del arte pictórico.
Pues bien, al salir del estudio y penetrar en el jardín que lo rodea, Sorolla, que debió experimentar una especie de transición de lo ideal a lo real, se quedó un momento en éxtasis, como si bañase su espíritu en aquel ambiente soleado y luminoso que ofrecían los perfumes de las plantas y la tranquila paz de la naturaleza.
Entonces, abandonándose al encanto que le producía aquello, exclamó:
– ¡Qué hermoso es esto!
Y, volviéndose hacía Romero de Torres, le dijo:
– Hombre, ¿por qué no pinta usted este verjel? Aquí hay plantas, flores, agua y sol… ¿No le inspira a usted nada todo eso?
Romero de Torres hizo un gesto indefinible ante aquella sincera pero inoportuna excitación que, dirigida a él, resultada una herejía artística. Y, allá en sus adentros, es posible que dejara retozar algún fuerte adjetivo, ahogado fiera y amablemente por el respeto que el ilustre maestro valenciano le mereciera.
Romero de Torres pertenece a una dinastía de artistas. Su padre fue, como él lo es ahora, profesor de la Escuela Superior de Artes e Industrias de Córdoba; su hermano también es pintor, notable y cultísimo publicista, investigador de arte retrospectivo y arqueología. En su familia hay allegados que figuran con justo renombre en la República de las letras. Esto trae a nuestra memoria una porción de biografías de artistas eminentes de los siglos pasados, cuyos deudos, en su mayor parte, artífices y cultivadores del arte fueron, y así éste parece que, agradecido a su constante devoción, los recompensara ungiéndolos desde la infancia con el hálito de la inspiración y la belleza.
– Para llegar a ser algo grande – díjonos una vez Romero de Torres – es necesario no solamente tener fe en el propio éxito, sino mirar el cultivo del arte con un respeto y un entusiasmo verdaderamente místicos, dedicándole toda la idealidad que seamos capaces de concebir.
Y así es que, como en un principio decimos Julio Romero, que frecuentemente a Madrid viene, vive, no obstante, establecido en Córdoba, con daño acaso de sus intereses, pero deleitándose en el ensueño que las calles silenciosas y casi siempre desiertas de la vieja ciudad, todo remembranzas, le ofrecen. Su mayor placer consiste en internarse por los barrios más típicos de la ciudad.
En estos paseos, Romero de Torres, observa tipos, admira capiteles, arcos y piedras labradas, que tanto abundan por todos los rincones de Córdoba – reliquias romanas y árabes – no siendo raro encontrarle en el fondo de alguno de aquellos magníficos patios que caracterizan la construcción andaluza, aspirando el perfume de las flores y el oloroso bouquet del montilla.
En estos paseos y excursiones, la imaginación del artista se exalta y sueña, recogiendo la mente aquellos fragmentos de poesía que luego el pincel traduce en los lienzos. Este es el proceso de la inspiración artística que anima sus cuadros, en los cuales refléjase maravillosamente la rica alma andaluza.

1920. Julio Romero de Torres en Madrid: una conversación en su estudio.

¿Te ha parecido bien, Julio, que recordemos esta entrevista? Pues aún tengo otra preparada en la carpeta catorce de mis investigaciones recientes.
Aquí nuestros queridos lectores podrán descubrir tus pensamientos en abierto.
Esta segunda entrevista aparece en el año 1920. El periodista Enrique Estévez Ortega, de La Unión Ilustrada, visita tu estudio en Madrid, la Villa y Corte.
Creo conveniente transcribirla en tu 152.º aniversario para que nuestros contemporáneos puedan acercarse a tus palabras, como ya hizo en su momento tu gran amigo cubano-vasco, tan apreciado por ti, Eduardo Zamacois.
Sin más preámbulos, seguimos en esta tarea continuada y disciplinada de mostrar tu saber.
Os invito a la lectura, acompañada de la música ambiental de Las siete palabras, de Haydn, composición preferida de tu madre Rosario, según contó tu hermana Angelita el día de su nombramiento como Académica de Córdoba.
También, querido Julio, queremos acercar tus pensamientos y tu graciosa forma de ser a tantos cordobeses que aún te desconocen.
La entrevista dice así:
En una silla, cerca del joven maestro, Sarita, la gentil artista, que posee la cadenciosa armonía de su espíritu juvenil, un poco hierática, se «posaba» para un retrato… Sobre el lienzo, casi acabado, iba poniendo el mago pincel de Romero de Torres, sus pinceladas suaves, en aquella bella producción suya, que parecía que tenía un alma vivificadora; una alma lasciva que se reflejaba en el fondo negro y misterioso de los ojos que parecían parpadear.
-¿Qué, le gusta amigo? – me dijo con su peculiar acento andaluz – al propio tiempo que dejaba sobre un pequeño taburete la paleta y los pinceles.
– Mucho, – le dije sinceramente -. Es un cuadro hermoso. Otro acierto, y un triunfo más. No es extraño… todo contribuye a ello, su probado talento; su temperamento artístico, y sobre todo… los modelos.
– Es verdad – contesta jovialmente Romero de Torres-. ¿Usted se ha fijado bien? – dijo señalando a la gentil artista -. Es una chiquita buena… Aún la tengo que pintar más… Esta Sarita tiene muchos aspectos; unas veces pone unos ojos así… de ingenua…otras «veses», de pícara.. aún tenemos que hacer más obras… Vale mucho, ¿eh?
El genial artista, corriendo la silla de tijera donde se sienta para trabajar, se había colocado frente a mí. Vestía esta tarde, un traje azul obscuro y llevaba cuello y puños de seda cruda. Es joven, alto, esbelto y elegante; su rostro, un poco pálido prematuramente ajado, y sonriente siempre, está pulcramente rasurado, menos por el labio superior que lo cubre un negro bigote cortado a la inglesa.
Habla mucho y habla sin cesar; con esa pintoresca amenidad de todos los andaluces; su conversación agradable y fuerte, se exparcía por su estudio, donde estábamos. Anochecía ya. Por los anchos ventanales, que dan a un jardín, veíanse las vividas opalescencias de las estrellas… Su estudio es grande, hermoso; está amueblado con lujo. En las paredes hay colocadas muchas obras suyas. Sobre todo, retratos de mujeres. Esas mujeres de Romero de Torres, inconfundibles, sensuales, morenas, que tan justamente han apasionado y tanto han dado que hacer a la crítica; también damascos, sedas y tapices; cerámica y no pocas esculturas… Pero todo suelto, holgado. Además varios arcones antiguos y muchos sillones. En un caballete tiene un cuadro grande. «Después del pecado»; en otro, uno de asunto religioso y un retrato estupendo de Vidal y Planas…
Mientras me iba hablando de sus obras llegaron dos jóvenes de porte elegante y mundano: Amparo y Gloria Brune, que me presentó. Amparo, que es una buena artista, fuénos enseñando los dibujos que ha hecho por encargo de la Guerrero, de unos trajes de la época de los Roseltas, para vestir con propiedad una obra de Marquina, que se estrenará en breve en la Princesa. Y con este motivo fue nuestro garrular de unos momentos sobre cosas del arte escénico…
– Bueno – le dijimos a Romero de Torres, tras una pausa que se hizo – ahora hablaremos solo de usted y de su vida…
– ¿De mi vida? – dijo prontamente – Pues a nada se reduce. Es muy sencillo…
Hizo una corta pausa, y sonriendo añadió enseguida:
– Bueno, el caso es que ahora, no sé… como está Sarita delante «se va enterá de siertas cosas».
La monísima muchacha terció enseguida:
– Nada, si estorbo me marcho…
Romero de Torres, la sujetó por una mano, haciéndola de nuevo sentar, y en el mismo cariñoso y jovial tono siguió:
– Mi padre era un hombre todo voluntad; pintor también, nos fuimos de Córdoba a Sevilla y allí mi padre fundó el Museo de Pinturas y la Escuela de Bellas Artes. De la escuela de mi padre salieron muchos, que luego han sido y son muy buenos artistas: Inurria, Muñoz Lucena, mi hermano Rafael, que murió, otros varios y yo…
Hizo una pausa. Sacó la pitillera, nos ofreció un cigarrillo y reanudó la conversación seguidamente.
– Pero yo estuve ocho años sin pintar.
– ¿Enfermo, acaso?
– No; fue porque había perdido la fé. Por entonces, había un verdadero furor por el extranjero, por todo lo que no fuera de España… Entonces se decía que lo mejor era lo del extranjero; que aquí no había artistas que valieran, ni Arte, ni nada… Yo estaba acobardado por esa idea, y cuando reuní unas pesetas, pues que me fui a París, a Roma, a Viena … a ver eso que decían… Y me convencí que por ahí fuera hay como aquí, cosas buenas y cosas malas; y artistas buenos y otros que no saben ná… Y me dije entonces: ¡ Hala, a trabajar!… y cuando vine, me puse a pintar y presenté enseguida «Musa Gitana».
Hizo un silencio. Se pasó por la frente una mano Romero de Torres. Se restregó luego los ojos. Y sencillamente, sin dar importancia, como un leve episodio de su vida, sin trascendencia alguna, sonriente un poco desdeñosamente, siguió dicéndome:
– Se me combatió mucho, mucho… Decían que había traido una nueva orientación; se me censuró, por mi manera de pintar, lo que usted no sabe… y aún hoy mismo; que todavía no ha terminado la campaña de crítica…
– Usted tiene Medalla de Oro.
– Sí;..y cuando presenté por segunda vez «Retablo de Amor», no me lo premiaron. Y, entonces, por iniciativa de «La Tribuna», me hicieron una suscripción popular para regalarme una medalla, obra por cierto muy buena, del malogrado escultor Julio Antonio…
Callamos los dos. Al fin hablé yo:
– ¿Cuántos cuadros ha pintado usted?
– Yo que sé; muchísimos…
– Que le habrán producido mucho dinero..
– Sí, amigo. Unos sesenta mil duros he ganado desde que vine de Córdoba. Y para cinco años…
Sarita añadió:
– Todo lo vende. Ahora, en Bilbao, ha vendido muchísimo en la última exposición que ha hecho…
Julio Romero de Torres sonrié, asintiendo con la cabeza.
-¿Y ahora al extranjero?
– De momento, no. Tengo que trabajar. Pintaré unas cuantas obras y me iré a Nueva York…
– ¿A París, no?
– ¡Quiá, no, amigo!…
– Ahora me voy yo – dijo Amparo Brune- dentro de un mes o así… Cuando aquello se arregle un poco, que aún está bastante triste.. A las once de la noche cierran todos los espectáculos y se acaban todas las diversiones. París, todavía, no es el que era antes de la guerra. ¿A usted qué le pareció?
Romero de Torres silabeó:
– ¡Pchs! Bien… Me gustó, sí; pero me gusta más Madrid, aunque les parezca mentira… Esta capital ha mejorado notablemente, de siete años a esta parte.
La reunión que habíamos formado seguía animada. El ilustre artista con su gracejo característico, elogiaba de vez en vez las dotes personales y artísticas de nuestras amables contertulias. Galante y mundano, para todas tenía una frase oportuna y amable. Cuando al cabo de tiempo dijeron las dos hermanas que iban a marcharse, aún las retuvo un momento.
– No; espérense. Que vamos a retratarnos todos. Así hará el fotógrafo un grupo con chiquitas buenas… Amparo es muy mona, ¿verdad? me decía. Nada, nada, que el grupo va a resultar muy bueno. No faltaba más.. ¡Retratarme a mi solo habiendo tantas caras bonitas en el estudio! No puede ser…
El amigo Dávila tiró unas placas. Y tras unos momentos breves, reanudamos la conversación.
– Dígame, le pregunté, qué clase de pintura le gusta a usted más… La decorativa, la de paisaje o el retrato.
– A mí el retrato. Y sobre todo el retrato de mujer.
– Para ello le han servido de modelo muchachas muy conocidas y aristocráticas..
– Sí, es cierto; «Mujeres bíblicas»: «Salomé», «Judith» las hice con la hija de Felipe Trigo y Emérita Esparza.. he pintado a muchas. A todas en las que veo que parecen poseer como algún rasgo de la raza; he retratado a muchachas de la aristocracia y artistas.. ¿Usted conoce el de las hermanas Zamora? ¿Y el de la Carmencita León?… y …
Nosotros íbamos asintiendo con la cabeza. De pronto le pregunté:
– De los maestros clásicos, famosos, antiguos, ¿cuál le gusta a usted más de todos?
Romero de Torres, sin vacilar, repuso seguidamente:
– Leonardo de Vinci.
Insinuamos, temiendo nos dejara sin contestar esta pregunta:
– Y de los de ahora…
– Anselmo Miguel Nieto – replicó vivamente.
Hizose entre los dos un silencio. Meditaba algunas preguntas más. Al fin le hablé:
– Tanto tiempo en Córdoba, dónde pintaba usted tan a gusto, ¿por qué se vino a Madrid?
– Porque me nombraron profesor de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.
– Dígame, ¿usted cree que está España en su apogeo artístico por lo que hace a la pintura?
– Indudablemente, – dijo prestamente – España es hoy la nación que tiene más y mejores artistas. Estamos en pleno florecimiento y triunfo… No hay más que ver los éxitos de nuestros compatriotas en todas las exposiciones del extranjero…
– ¿Qué opina usted de las corrientes modernas que se observan en la pintura?
– Desde luego, no soy francamente favorable; y no es que quiera desdeñar los nuevos géneros; es que estoy convencido que en el arte no pueden existir modernismos… Ahora están de moda los «puntillosos».. pero pasará ese furor; porque constantemente nacen escuelas de distintas tendencias; ahí tiene usted los sineroncistas, de fuertes colores y mezclas de tonantes, a los futuristas… pero todo esto tienen la actualidad de un artículo de periódico.. A mí me parece tan mal el reírse de esas modalidades del Arte como el pensar que estos nuevos géneros han de arraigar y persistir mucho tiempo… cuando han de pasar, dentro de más o menos, sin dejar rastro.
Calla. Pero advierte nuestro gesto de interrogatorio y como pensando en voz alta continuó:
– Por lo demás, tienen interés. Así se sacude la inercia … e indudablemente desde este punto, es beneficioso.
Por unos momentos, hablase puesto serio el admirado maestro. Unas arrugas surcan su rostro y el entrecejo. Hizo una pausa.
– ¿Qué vida hace usted?
– Pues me levanto tarde. Desde las tres estoy aquí en el estudio trabajando. Luego me voy a la Escuela; y a las siete vuelvo y pinto otra hora u hora y media más… Luego al teatro y por ahí… Hago vida de noche…
– Para terminar, cuénteme alguna anécdota suya…
Romero de Torres sonrió. Sarita prorrumpió en una alegre y sonora carcajada… Mariquilla, como la llamaba el ilustre pintor, sonrió también maliciosamente…
– ¡Qué sé yo!
– Una le quiso encerrar; otra echar vitriolo… éste niño marchoso es así…decíame, entre carcajadas, Sarita.
-¿Es cierto que usted cantó flamenco, y que cuando se escapó de casa en la carretera se encontró a un húngaro y al tute le ganó usted el oso?
Sarita alegró más la estancia con su admirable risita. Romero de Torres contestó:
– No haga usted caso. Eso lo contó «Parmeno» en una interviú que me hizo. Pero todo eso es guasa…
Calla. Nosotros reanudamos el diálogo.
-¿Qué aficiones son las suyas? – le dijimos sonriendo.
Me miró maliciosamente y…
– A eso, ¿qué le voy a contestar? No creo que hay que decirlo…
Hizo una pausa. Los retablos de las paredes parecían darme la contestación… eran las mujeres de Romero de Torres, inquietantes todas, armoniosas con su color transparente, moreno y sus ojos vivos, negros, llenos de amor y misterio…eran la más elocuente contestación…
Y ya no hablamos más.
ENRIQUE ESTEVEZ ORTEGA

Una memoria que continúa.

Como todo lo bueno en la vida, tanto permanece el recuerdo de tu nacimiento, hace ciento cincuenta y dos años, querido pintor Julio Romero de Torres, como aquellos paseos por el zaguán de tu casa.
Mientras mis pasos pausados se adentran en la luz tamizada del patio jardín arqueológico, me deslumbro ante los vestigios históricos y aquellas esencias naturales, cuyos olores sabrosos y requiebros flamencos siento en el momento de canalizar las energías del lugar para hablarte en el lienzo.
Una joya artística de Córdoba.
Continuará en el próximo capítulo.
Gracias.
Juan José García López «Garlo»
JuanjoGarloArte.es
ProyectoGarlo.es

Documento gráfico de portada: fotografía publicada en «La Unión Ilustrada», 1920. Reportaje de la visita de Enrique Estévez Ortega al estudio de Julio Romero de Torres en Madrid. En la escena aparecen el pintor y varias personas de su círculo, entre ellas Sarita, Amparo y Gloria Brune, según la identificación facilitada para esta publicación.
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