28 Oct Unos ojos de mujer Carmen Casena.
Unos ojos de mujer pueden ser toda la obra de un hombre, escribe Federica Montseny en 1930.
Todo hay que decirlo, le dije a Gema, al encontrarla en su estudio escribiendo en el diario del arte, tanto sobre su pasión: La Escultura. Espere una hora hasta que terminó su disertación necesaria también en la novela, y yo antes de subir a mi habitación para ordenar el cuaderno de viaje al Japón, me aferre a leer otro artículo escrito por mi estimada amiga Federica Montseny, titulado «Unos ojos de mujer: Carmen Casena». Tras una meditación profunda decidí transcribir para ti, querido Lector/a. La portada de la publicación es reflexión del ayudante Juan, pero el texto siguiente al igual que el anterior sobre la muerte de Julio Romero de Torres, es destacado, del pasado al presente con suma actualidad.
En casa estamos todos muy nerviosos con el viaje tan lejos, pero estamos tranquilos por la casa palacio que estará cuidada por Rebecca y Narciso que se trasladan estas semanas aquí para atender a nuestros ilustres huéspedes alemanes, cuidar a mis gatitos y custodiar todas las obras artísticas en depósito para el nuevo museo. Antes de rezar el rosario, anoto el escrito, que me gusta enrollarme mucho, será porque al ser editora y escritora siempre estoy apasionada. Le he prometido a Eustaquio escribir nuestras desventuras en el país asiático muy pronto.
Sin más, aquí está el artículo: » Unos ojos de mujer pueden ser toda la obra de un hombre. Unos ojos de mujer pueden haber encarnado una de las más bellas epopeyas artísticas de España.
¡Unos humildes, unos tristes, unos bellos ojos de mujer, que por siempre más se han cerrado, siguiendo en la muerte al artista que los inmortalizara!
Cuando murió Julio Romero de Torres, dediqué en estas mismas páginas unas cuartillas a su figura y a su obra, a través de la cual el pintor llevó al arte un tipo inconfundible de mujer, la obsesión de una belleza sombría, misteriosa, ardiente y trágica, como el alma del pueblo del que fue el poeta.
A lo largo de toda la producción de Romero de Torres, plasmado y reproducido de mil maneras, un solo rostro de mujer, y, sobre todo , unos ojos únicos, inmensos, «los más grandes ojos que he visto en mi vida», se reencuentra y se reconoce, como a través de toda la obra de Rafael de Urbino, la belleza sensual y morena de la Fornarina revive lo mismo en las Bacantes que en las Vírgenes, es por igual María y Salomé.
Pero si la Fornarina compartió en vida la gloria de Rafael, le sorbió la existenca y sobrevivióle, vampiresa enigmática, esta musa cordobesa de Romero de Torres, esta humilde mujer de enormes y luminosos ojos, sólo ha vivido para el mundo profano, para el mundo que admiró su belleza, ignorándola a ella, en el instante mismo de reunirse en la tumba con el artista.
Simple y escuetamente, los periódicos de España y de América trajeron la noticia: «Ha muerto Carmen Casena Heredia, la modelo de Romero de Torres, que no ha podido sobrevivir a la muerte del famoso pintor cordobés». Y en una revista uruguaya he visto su imagen reproducida en unos de los cuadros más bellos del artista extinto: «La Malagueña», que, con «La Samaritana», plasma en arte toda la profundidad, todo el misterio, toda la oculta y callada tragedia de unos ojos y un alma de mujer.
Fototeca Julio Romero de Torres.
«La sibila de Córdoba». 1912
Signatura del Archivo JRT/A 0007-0025
Título alternativo: «Sibila de Córdoba, retrato de Carmen Escacena o Casena».
Retrato de una vieja gitana que sostiene una baraja de cartas en su mano, símbolo de lo esotérico y del juego adivinatorio. La mujer viste un traje bordado en su caja y se cubre con un manto. La expresión de su cara y el gesto de la mano parecen anunciar alguna predicción o advertencia, que quizás esté relacionada con el cementerio que puede verse al fondo, a través de una ventana. En el tercio inferior derecho aparece grabado J. Lacoste, Madrid.
Referencia documental Archivo Digital Municipal Julio Romero de Torres. Ayuntamiento de Córdoba.
Es ella, Carmen Casena, «La niña de la naranja» y la del Espejo, es ella el grupo de mujeres de «El poema de Córdoba», es ella la «Virgen de los Faroles», hierática, con una expresión sobrehumana en el rostro, con ojos que hablan al alma de lo más divino y de lo más humano, ojos reproducidos como un símbolo a sus pies en la religiosa y en la mujer mundana que completan el cuadro.
Y toda la obra de Romero de Torres es un desfile febril, doloroso, obsesionante, magnífico de esos ojos que alumbran mil rostros de mujer, que son siempre los mismos, con mil expresiones diversas y con una expresión única, recóndita, secreta, dolorosa, ardiente, sombría, resignada, profunda, indefinible.
Ojos de abismo, a cuya sima luminosa quizá nadie llegó, ni el pintor que sintió su hechizo y creó bajo su embrujamiento, al delirante conjunto de su expresión y de su brillo. Ojos unas veces mansos; otras airados; unas veces altaneros; otras dulces; unas veces tristes, como empañados; otras ardientes, casi feroces. Pero nunca alegres, jamás serenos; siempre viviendo en ellos la Pasión y la Muerte, hermanas las dos, hijas las dos del Amor y la Vida, que las engendran en eternas noches nupciales.
Fototeca Julio Romero de Torres
«La sibila de la Alpujarra». 1912
Signatura del Archivo JRT/A 0006-0026
Título alternativo: «Sibila de la Alpujarra».
Retrato de una mujer morena, de facciones duras y mirada aguda y penetrante. Viste un hermoso vestido bordado y en sus manos sostiene una bajara de cartas, dejando ver el cuatro de oros, símbolo de la decepción amorosa que quizás aguarde a la muchacha que aparece al fondo apoyada en el quicio de una puerta. La modelo fue Carmen Casena. Este cuadro fue presentado en la Exposición Nacional de 1912, junto con «Las dos sendas», «La consagración de la copla», y los retratos de «Pastora Imperio» y «Adela Carbone», sin obtener premio. Ante este fallo, los intelectuales concedieron a Julio Romero de Torres una medalla esculpida por Julio Antonio.
Referencia documental Archivo Digital Municipal Julio Romero de Torres. Ayuntamiento de Córdoba.
Un día contó Romero de Torres cómo conoció a Carmen Casena Heredia.
Paseábase por una calle de Córdoba, y, sentada, cosiendo detrás de una ventana, vio a una muchacha de rostro tan singular y de ojos tan enormes, «los más grandes que he visto en mi vida», decía Romero, que se detuvo delante de ella e instantáneamente un cuadro de los que forman «El poema de Córdoba» se generó en su mente.
Aproximose a la reja y a la moza y le preguntó si se dejaría pintar de la misma manera que estaba. La joven abrió los ojos, confusa y asustada, agrandándolos aún más dentro de sus órbitas. Balbuciendo y excusándose, temblando ante aquella mirada audaz y acariciadora de artista y de hombre, la muchacha no supo qué decir y accedió al fin.
Al día siguiente Romero de Torres empezó su obra. Dentro de la casa, sombreado el rostro bello y triste, los ojos inmensos y negrísimos por la reja, «aún más grandes por la emoción y el miedo». Carmen Casena le ofreció el regalo de la hermosura dolorosa de su cuerpo, y había de mostrarle el drama humilde de su existencia, el fondo trágico y pasional de su alma.
A medida que llevaba a su lienzo la nota rosada y ardiente de su carne, le iba penetrando el dolor y la resignación indecibles de su vida. Vivía en la casa, sola con un padre brutal que la maltrataba. Tenía un novio salvaje, uno de esos odiosos tipos de guapos andaluces que se imponen por el terror en la existencia de una mujer. No le amaba, pero su padre lo quería y vivía ella aterrorizada entre los dos bárbaros, lujuriosos y borrachos.
Tras la reja escondida y bajo la sombra de los grandes párpados, halló Romero de Torres todos los elementos vitales y artísticos que necesitaba su obra, que precisaba su pincel para producir, una vez perdido aquel impulso interior de sus años juveniles. Fue el redentor de aquella vida de sufrimiento ignorado, el poeta y el hombre hasta el fondo de cuya alma caló el fuego y la llamada delirante de aquellos ojos únicos. Y toda la obra de Romero de Torres corrió tras el anhelo de hallar el secreto de aquella expresión, de descifrar el enigma de aquella mirada, de captarla íntegra, múltiple, extraordinaria, indefinible e inexpresable.
Que fue ella en la vida del artista, mundano y mujeriego, sensual y gran señor de sus pasiones como en su arte, nadie podrá saberlo. Qué fue él en la vida obscura de ella, hasta ahora ignorada, desenvuelta en el misterio de la casita cordobesa donde vivía, conocida sólo su existencia vital por algunos íntimos, ahora su muerte nos lo ha dicho, descubriendo postreramente el secreto luminoso de sus pupilas, diciéndonos de qué raza y de qué mundo era ella, la Samaritana y la Malagueña, la única y la eterna.
Fototeca Julio Romero de Torres.
«Samaritana de pie». 1910
Signatura del Archivo JRT/A 0006-0012
La imagen es una recreación de la historia de la Samaritana (mujer que dio agua a Jesús del pozo de Jacob y a la que convirtió al cristianismo). La joven aparece de pie, apoyada en el dintel de una puerta. Al fondo dos mujeres extraen agua de un pozo. Este cuadro fue un regalo del pintor a Julio Burell Cuéllar, periodista cordobés afincado en Madrid, diputado por Córdoba y posteriormente Ministro de Instrucción Pública en 1910, e ilustró el libro de poemas de Francisco Villaespesa «Andalucía».
Referencia documental Archivo Digital Municipal Julio Romero de Torres. Ayuntamiento de Córdoba.
Los telegramas que nos anunciaron la muerte de Carmen Casena nos dicen que la familia de Romero de Torres, la madre, los hermanos, y el hijo del artista, cuidaron de pagar los gastos del entierro de la modelo. Nada más nos dicen de ese fin patético, de esa mujer muerta de desesperación y de tristeza. Que era pobre, que vivió y que murió pobre, conservando la dignidad de su origen plebeyo, de su alma y de su belleza, nos lo dice ese detalle de su sepelio. Y ante nuestra alma, su vida y su muerte, su pasión y su misterio, la envuelven en una aureola poética, en un nimbo de conmovedor sobrehumano.
Durante cuatro siglos, los ojos y la sonrisa indefinibles de la Gioconda han sido motivo lírico de cien poetas, el enigma psicológico de otros tantos novelistas. La Fornarina, con su belleza y su fuego sensual de hembra, jamás produjo en el alma humana esa suspensión interrogante, esa inquietud especulativa, que levantan en nosotros el misterio y la obscuridad de las esfinges. La obsesión de la carne de Elvira Froment, que persiguió a Rubens a través de su madurez espléndida, tampoco produce en nosotros sensación alguna de curiosidad ni desata ningún vuelo caprichoso de la fantasía. Esa blanca «Dama del Armiño» del Greco, ese «Retrato de mujer», grave y sombrío, del Españoleto. ¡ de que manera, en cambio, en su expresión reconcentrada, en su enigma y su secreto vitales, nos atraen y detienen nuestras pupilas y nuestras mentes!
Fototeca Julio Romero de Torres.
«Las dos sendas». 1912
Signatura del Archivo JRT/A 0002-0002
En primer plano, el desnudo de una joven (cuya modelo fue Adela Moyano) recostada sobre un diván, que cubre su cabeza con una mantilla. Esta mujer, de mirada ambigua, debe escoger su destino, representado en un segundo plano por una monja (Rafaela Ruiz) que sostiene en sus manos un libro de oraciones y una mujer madura (Carmen Casena) que ofrece diversas joyas; el jarrón de azucenas que separa a ambas nos habla de la inocencia de esta muchacha que aún no ha decidido su camino. Al fondo dos arcos dejan ver el claustro de un convento y una escena galante, de hombres y mujeres en la ciudad de Córdoba. Es la oposición entre los deseos de la carne y los del espíritu.
Este cuadro no fue premiado en la Exposición Nacional de 1912 lo que promovió una protesta entre los intelectuales, abanderada por Jacinto Benavente y Valle-Inclán, que concedieron a Julio Romero de Torres una medalla esculpida por Julio Antonio. Más tarde obtendría primera medalla de la Exposición Internacional de Munich de 1913.
Referencia documental Archivo Digital Municipal Julio Romero de Torres. Ayuntamiento de Córdoba.
Pero es necesario que la vida no nos traicione, que la realidad no mate a esa ilusión imperecedera o inveterada de las almas. A aquellas o aquellos que la poesía y el arte eligen como encarnaciones sublimizadas de la raza y del destino humano, los dioses deben eximirlos de algunas tristes fatalidades humanas: rememoro una narración de Anatole France, un recuerdo de su infancia, evocando una modelo famosa en su juventud, cuya belleza inmortalizaron multitud de pintores franceses y de la que él, en su adolescencia, se enamoró, viéndola en un cuadro de Renoir. Más tarde, el destino quiso que la hallara, vieja, andrajosa, alcohólica, muriendo de hambre y de piojos en un camastro de los sótanos de su misma casa. Es algo de lo más patético, de los más impregnado de gravedad y de suprema angustia que de France he leído.
Es preciso que los tipos poéticos no sobrevivan a su gloria, que paguen con el sacrificio de su vida el don divino qué el arte y la humanidad les otorgan. ¡Qué espantosa sensación de desgarramiento, de tristeza indecible, de desesperada humildad, de igualdad arrasadora y trágica, produce contemplar dos épocas de una belleza, la plenitud y la decrepitud! Pienso ahora en Eugenia de Montijo, la más bella mujer de Europa en el siglo pasado, que muriño a los 90 años convertida en una momia temblorosa y arrugada. ¡ Quién no comprende la angustia sobrehumana que llevó quizá a la muerte a Isadora Duncan, que retira en el sagrado pudor del aislamiento, de la muerte civil y social del campo o del convento a las grandes bellezas rebeladas contra lo implacable e inexorablemente justo del destino humano!
Pero la vida, artífice supremo, la Naturaleza, creadora de toda arte, cuida sutilmente de seleccionar, junto con los cuerpos, las almas predestinadas a la inmortalidad. Eligen bien, llevándose vivientes en su belleza los seres que son dignos de sobrevivir. Para la orgullosa Eugenia de Montijo la lección de la vejez, asesina de la hermosura y de la soberbia, era necesaria. Para esta dulce, para esta humilde, para esta silenciosa apasionada muerta de amor cuando en ella vívian los ojos, el rostro y el cuerpo inmortalizados, la lección no era necesaria: era ya, por sí misma, en su alma y en su instinto, en su drama y en su obscuridad, digna del don de la muerte florida y temprana, poética y eternizadora en la Eternidad.
Como nadie, tenía Carmen Casena derecho a la muerte, derecho al reposo infinito, a la enorme noche que esperan, rendidos, los que vivieron días demasiado ardientes; los que, consumidos en el fuego interno que devora el alma y las entrañas, sueñan recónditamente con el frío inmortal. Y esta mujer, para la cual un hombre fue toda la vida, el sueño y la realidad, el arte y el amor, el pasado y el mañana, lo primordial y lo supremo, lo definitivo y lo perenne, el don de la muerte era la generosa, la merecida, la inapreciable merced. Es el procedimiento que tienen los dioses para llamar a su lado a sus elegidas, a aquellas que nacen bajo el signo de Afrodita y sobre cuya cuna se inclina Melpómene, destinándolas para la gran tragedia vital. Dos mujeres triunfaban simultáneamente en la escena francesa el siglo pasado: Rachel y Sara Bernhardt. Rachel, otra gran apasionada, ardiente y tormentosa Dore del teatro francés, murió joven, en plena belleza y en plena dignidad. Sara arrastró su gloria por el cieno lamentable del fracaso y de la decrepitud. Rachel era una gran alma, generosa y arrebatada; Sara un alma mezquina, a la que sólo el talento podía insultar sublimidad. Rachel como Adriana Lecouvreur, había nacido también bajo el signo de Afrodita, y como a Adriana, como a este pobre Carmen de ahora, la diosa las llamó bellas y jóvenes a su seno, dignas aun del mirto y de la lira.
Los ojos, los grandes ojos sombríos y apasionados, las hermosas pupilas de azabache y de fuego, los ojos que alumbran toda la obra de Romero de Torres, que han creado ellos solos un arte y un tipo de mujer, están ya cerrados por siempre más. Viven en el Poema de Córdoba, miran al mundo, intensos y profundos, luminosos y enigmáticos, iluminando el rostro de La Samaritana. Pero ellos, vivientes, ellos, llorando y acariciando, no riendo jamás, ellos, ojos de pasionaria y de visionaria, ojos de mujer con alma y sangre, ojos de abismo y de tragedia, ojos de amor y de misterio, se han cerrado ya por siempre más, siguiendo en la muerte a aquel que de ellos hizo su estilo y su obsesión artística.
Al entierro de Romero de Torres afluyó todo Còrdoba, todo el arte y la intelectualidad de España, la aristocracia de los pergaminos y del dinero, que le redujo por el hambre y no le dejó más luz ni más puro refugio estético que la belleza y el alma de esta mujer, redentora artísticamente del que redimió su vida, salvadora de la conciencia y de la dignidad del que la salvó del infortunio y de la ignominia. La humilde modelo no estaba entre este mundo que rendía honores al muerto. Destinabale ella el más grande, el más supremo honor que puede rendirse a un hombre, que sólo los que aman suprema y desesperadamente rinden a los seres amados, que sólo rinden los que llevan en si mismos la Pasión y la Muerte.
Al entierro de la modelo, a ese modesto sepelio por humanidad costeado por la familia del artista, ¿quién habrá ido? ¡Qué importa! Alrededor de ella, muerta e inmortal; de ella, descubierta y reconocida, de ella, doblemente única y eterna, está ahora lo mejor, lo más puro, lo más excelso, lo sobrehumano o lo divino de todas las almas.
FEDERICA MONTSENY.
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