El secreto de la vida por Unamuno en 1906.

Cuando en una revista de 1906 descubres este artículo escrito por Miguel de Unamuno, entonces todo cobra sentido…
Y hoy siento necesidad de ti, de tu presencia; hoy siento necesidad de hablarte, de dirigir hacia ti los pensamientos que me están pugnando por brotar, y como estás lejos, tan lejos, te los escribo.
Y esto es porque hoy, como nunca, me duele el misterio.
Tú sabes que llevamos todo el misterio en el alma y que le llevamos como un terrible y precioso tumor, de donde brota nuestra vida y del cual brotará también nuestra muerte. Por él vivimos y sin él nos moriríamos espiritualmente, pero también moriremos por él y sin él nunca habríamos vivido. Es nuestra pena y nuestro consuelo.
Tú te acuerdas de aquel nuestro buen amigo Alfredo, escritor de penetrante melancolía, que parece cae de cada una de las páginas de sus escritos como una lluvia lenta y pertinaz. Una vez me decía que no podía resignarse a la derrota de la metafísica, en que creyó en sus mocedades, y al contártelo yo añadía por mi cuenta: es que le duele el misterio.
Autorretrato de Leonardo da Vinci – ProyectoGarlo Córdoba
Julio Romero de Torres jpg – ProyectoGarlo Córdoba
El misterio parece estar en nosotros a las veces como dormido o entumecido; no lo sentimos, pero de pronto, y sin que siempre podamos determinar por qué, se nos despierta, parece que se irrita, y nos duele y hasta nos enfebrece y espolea al galope a nuestro pobre corazón. Así como la exarcebación de ciertos tumores parece depende del estado atmosférico, así parece que del estado del ambiente espiritual de la sociedad que nos rodea depende la exarcebación del misterio dentro del misterio de nuestra alma.
El misterio es para cada uno de nosotros un secreto. Dios planta un secreto en el alma de cada uno de los hombres, y tanto más hondamente cuanto más quiera a cada hombre, es decir, cuanto más hombre le haga. Y para plantarlo nos labra el alma con la afilada laya de la tribulación. Los poco atribulados tienen el secreto de su vida muy a flor de tierra, y corre riesgo de no prender bien en ella y no echar raíces, y por no haber echado raíces no dar ni flores ni frutos.
Sé que al llegar a esto se te vendrá a las mientes como a las mías se viene la primera parábola del Evangelio, según Mateo, la del capítulo XIII, la del sembrador. Que salió a sembrar, y parte de la semilla cayó junto al camino, y vinieron las aves y se la comieron; parte cayó en pedregales, donde había poca tierra, y nació; mas como tenía poca tierra, al salir el sol la quemó, y secó, por faltarle raíces; parte cayó en espinas que crecieron y la ahogaron, y parte cayó en buena tierra y dio fruto, ya a ciento, ya a sesenta, ya a treinta por uno. Y así sucede con el secreto de la vida a cada cual.
Hay hombre a quien el secreto de su vida le cae por fuera, el camino de ella, y se lo devoran las aves; a otro le cae en corazón pedregoso y no tribulado ni arado por el dolor, y le brota, pero el sol se lo quema; a otro a muy pocos se les adentra y echa raíces, y las raíces talla, y el tallo hojas, flores y por fin fruto.
Y ten en cuenta que esa semilla, ese secreto de la vida, enterrado en el alma, no lo ve nadie, ni llega el Sol a él. Nosotros vemos la planta, nos restregamos y refrescamos la vista con la verdura de su follaje, nos regalamos el olfato con el aroma de sus flores, y gustamos el paladar con la fragancia de sus frutos a la vez que con ellos nos alimentamos; pero ni vemos, ni olemos, ni gustamos la semilla de esa planta, que fue enterrada bajo tierra.
Cuando hemos hablado del deber de la sinceridad me has replicado siempre que hay en nosotros pensamientos y sentimientos que no debemos revelar, sino guardar con cuidado y celo. Y yo te lo rebatía, y con cierta agresiva vehemencia oponía a tus reservas lo de la necesidad de andar con el alma desnuda y de la confesión pública. Pero he meditado después en ello y he venido a la conclusión de que, en efecto, estabas en lo firme, y de que es precisamente el deber de la sinceridad el que nos manda velar las entrañas de nuestra alma.
Y es el deber de la sinceridad el que nos manda velar y recatar las entrañas de nuestra alma, porque si las pusiésemos al descubierto las verían los demás como no son ellas, y así mentiríamos. El que dice sí sabiendo que le han de entender no, miente, aunque el si sea la verdad.
Hay que llevar, sí, el alma desnuda, pero el llevarla desnuda no es llevarla desgarrada y abierta en canal. Cuanto más sincera es un alma, tanto más celosamente resguarda y abriga los misterios de su vida.
Si en los momentos de ahogo y congoja cordiales, cuando nos falta aire espiritual que respirar, nos desgarramos el corazón para que el aire penetre en sus senso, pero a la vez que el aire, llega el sol a esas profundidas, su lumbre seca y mata a las semillas en él depositadas, y no echan ya raíces, y se mueren sin dar ni flores ni frutos.
Las raíces de nuestros sentimientos y pensamientos no necesitan luz, sino agua, agua subterránea, agua oscura y silenciosa, agua que cala y empapa y no correo, agua de quietud. Lo que necesita aire y luz es el follaje de nuestros sentimientos y pensamientos, es lo que de ellos arrojamos al mundo, y al darlo al mundo del mundo es.
Para expresar un sentimiento o un pensamiento que nos brota desde las raíces del alma, tenemos que expresarlo con el lenguaje del mundo, revistiéndolo del follaje del mundo, tomando del mundo, de la sociedad que nos rodea, los elementos que dan consistencia, cuerpo y verdura a ese follaje, lo mismo que la planta toma del aire los elementos con que reviste su follaje. Pero la fuente interna, la sustancia íntima e invisible, le viene de las raíces.
El lenguaje de que me sirvo para vestir mis sentimientos y mis ideas es el lenguaje de la sociedad en que vivo, es el lenguaje de aquellos a quienes me dirijo; las imágenes mismas, los conceptos en que vierto su savia son las imágenes y los conceptos de los que me oyen; pero la savia, esa savía vivificante que desde las raíces sube a mis frutos, esa savia que no se ve, esa es mía. Y es la que da a mis frutos, la que da a tus frutos, la que da a los frutos de todo hombre el sabor que tengan.
Hay frutos desabridos que a nada saben, que no dejan dejo de los que repiten, que parecen sosos productos de estufa; y es que esos frutos no provienen de semilla, sino de gajo, de injerto tal vez. Son frutos espirituales que no proceden de secreto alguno de vida, de misterio alguno de tribulación.
Hay almas que tienen las raíces al aire: ¡desdichadas! Las hay que no tienen raíces: ¡más que desdichadas!.
Hay por debajo del mundo visible y ruidoso en que nos agitamos, por debajo del mundo de que se habla, otro mundo invisible y silencioso en que reposamos, otro mundo de que no se habla. Y si fuera posible dar la vuelta al mundo y volverlo de arriba abajo y sacar a luz lo tenebroso metiendo en tinieblas lo que luce, y sacar a sonido lo silencioso metiendo en silencio lo que calla, habríamos todos de comprender y sentir entonces cuán pobre y miserable cosa es esto que llamamos ley y dónde está la libertad y cuán lejos de donde la buscamos.
La libertad está en el misterio; la libertad está enterrada y crece hacia dentro, y no hacia fuera.
Se dice, y acaso se cree, que la libertad consiste en dejar crecer libre a la planta, en no ponerla rodrigones ni guías ni obstáculos, en no podarla obligándola a que tome esta o la otra forma, en dejarla que arroje por sí y sin coacción alguna sus brotes y sus hojas y sus flores. Y la libertad no está en el follaje, sino en las raíces, y de nada sirve dejarle al árbol libre la copa y abiertos de par en par los caminos del cielo, si sus raíces se encuentran, al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida, o con tierra de muerte. Aunque si las raíces son poderosas y vivaces, si tienen hambre de vida, si proceden de semilla vigorosa, quebrantarán y penetrarán las rocas más duras y soberán agua del más compacto granito.
Árbol espiritual de muchas y hondas raíces dará regalado fruto por áspero y hostil que el ambiente le sea. Y las raíces son el secreto del alma.
A lo mejor se asombran los hombres de la singular fuerza que se revela en una obra al parecer de pura inteligencia, de la plenitud pensamiento que estalla por todas partes en un tratado de Álgebra o de Fisiología o de Gramática comparada o de otra cosa así. Hay libros de ciencia que aun conteniendo principios nuevos, nuevas verdades, leyes que descubrió su autor, decimos todos que envejecerán en cuanto esas verdades, leyes y principios se incorporen a la ciencia y entren en su caudal y aparezcan expuestos en los manuales didácticos en que es expuesta. Un libro de ciencia puede aportar mucho caudal nuevo a ella y ser, sin embargo, perfectamente impersonal. Pero hay otras obras también de exposición científica, y no más que de exposición científica, en las que, hay en su trama, en su tono, en el espíritu oculto que las anima, un quid mirificum, un algo misterioso que las hace duraderas y fuente de enseñanzas hasta cuando los principios en ellas expuestos son del común dominio o han sido acaso rectificados o rechazados tal vez. Y estas obras de ciencia inmortales, inmortales porque su vida no depende de la vida de la ciencia a que sirvieron, son obras que proceden de secreto de vida, tienen su raíz en algún misterio de tribulación.
Los grandes pensamientos vienen del corazón, se ha dicho, y esto es sin duda verdadero hasta para aquellos pensamientos que nos parecen más ajenos y más lejanos de las necesidades y los anhelos del corazón. ¿Quién sabe las raíces cordiales que en el alma generosa y grande, en el alma henchida de piedad de Isaac Newton tuvo el descubrimiento del binomio a que damos su nombre?
La ciencia ha sido para muchos espíritus ardientes el refugio en que han ido a abrigarse en grandes tormentas interiores, y muchos de los más grandes y más fecundos descubrimientos se lo debemos a misterios del corazón. Y estos elevados y nobles espíritus nos dieron los frutos de su secreto sin revelarnos éste, y nos fueron absolutamente sinceros y nos enseñaron la verdad.
A un árbol se le conoce por sus frutos, pero sus frutos no son sus raíces, aunque de ellas procedan.
Muchas luminosas teorías, muchas sugestivas hipótesis, muchos felices descubrimientos son hijos de profundas tribulaciones, de entrañados dolores.
Nada une a los hombres más que el secreto. El que te adivine tu secreto no tiene más que mirarte y habrás de hacerte amigo de él. Y en él buscarás refugio. Y será a quien más cuidadosamente le celes tu secreto. ¿Para qué revelárselo si te lo ha adivinado? Y al que no te lo adivine es inútil que se lo reveles, porque no te lo entenderá a derechas, y, sobre todo, no te lo creerá tal cual es.
Y hay gentes que parece que todo lo dicen y cuentan, y son los que más callan; y no hablan y se confiesan sino para ocultar más su secreto, pues temen el silencio, que es lo más terriblemente revelador que hay. La sinceridad se ahoga en palabras. El secreto, el verdadero secreto es inefable, y en cuanto lo revestimos de lenguaje, no es que dej de ser secreto, sino que lo es más aún que antes.
Miguel de Unamuno Julio 1906.
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