10 Nov Julio Romero de Torres, un cordobés muy madrileño III.
Tras su muerte, su estudio de la calle Pelayo, repleto de cosas varias y pintorescas, de muebles, lienzos y recuerdos, todo ello,
Tercer Episodio:
Tras su muerte, su estudio de la calle Pelayo, repleto de cosas varias y pintorescas, de muebles, lienzos y recuerdos, todo ello, fue enviado a Córdoba para reproducir en una sala de la casona-museo el estudio de Madrid. Una vitrina con el traje verde y plata del Lagartijo, junto a su mascarilla mortuoria, cerámicas, faroles, una gran mesa, sillones, arcones, bargueños, su caballete y la silla de tijera, el gran brasero dorado, el retrato y la pistola de Pacheco, el bandido andaluz, y todos aquellos cuadros de mujeres con ojos de fiebre en rostros morenos y tristes… incluso aquella chapa dorada en que se leía el nombre del pintor y estaba sobre la puerta… todo se mandó a la capital califal, todo excepto la verja, el jardín, y la estrecha y retorcida escalera que tantas veces ascendió el pintor con paso lento y garboso.
El dueño del piso, el doctor Florestán Aguilar, Vizconde de Casa-Aguilar, gran amigo y admirador, no quiso desmantelar el estudio tras la muerte del artista, lo quería de relicario sentimental y estético, y a pesar de que la familia lo trasladó completo, quiso su propietario que no se ocupase y quedase para el hijo del pintor, que tampoco aceptó el regalo. Y dolorosamente, el doctor debió renunciar a las tardes de charla, efusión y cordialidad que reinaban en el ambiente del estudio de Julio Romero de Torres.
Tres años después de su muerte, la Asociación Española de Pintores y Escultores desagravió su memoria en el XIII Salón de Otoño dedicándole una Sala Retrospectiva.
Esto ocurría en el Madrid que fuera testigo de sus andanzas y correrías y solo unos meses después de que el mismísimo Presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, inaugurara una Plaza con el nombre de Julio Romero de Torres, en la que hasta entonces se conocía como Plaza de los Carros, en el Madrid más castizo y jaranero, testigo de sus paseos preferidos.
Una plaza del Madrid viejo, popular y típico, en las cercanías de la iglesia de San Andrés, del Mesón del Segoviano y del Rastro, en el centro de la zona madrileña que el pintor andaba y tanto gustaba de saborear.
A su estudio acudía siempre después de comer y pintaba hasta las siete de la tarde, entre mujeres, Camisita, Rosario, María Ángela, entre amigos, hasta que se encaminaba a la Escuela de San Fernando, a dar su clase de Ropaje.
Después, pateaba despacio Madrid, envuelto en su capa azul, con embozos de terciopelo también azul, sombrero de ala ancha, apareciendo por la calle de Sevilla, en la que se dejaba ver a partir de las nueve de la noche.
La cena la hacía en tabernas de las calles de Arlabán y de la Concha, entre la algarabía de una clientela de aluvión formada por toreros, vendedores de lotería, estudiantes, artistas, mujeres callejeras, juerguistas castizos…
Y tras la cena, por la calle del Príncipe, llegaba hasta el Gato Negro, donde encontraba a pintores, periodistas, novelistas, comediógrafos… contertulios a los que escuchaba con sabiduría y discreción, al más puro estilo andaluz, opiniones y juicios vertidos entre la locuacidad y la imprudencia latinas que a las doce de la noche cesaban.
Entonces Julio invitaba a pasear a los maestros, “para ver al mujerío”, decía, o para contemplar la fachada de tal o cual edificio, o el misterio de esta o aquella encrucijada, en las sombras de la noche o a la luz de la luna.
Encaminaba después sus pasos por la Plaza de Santa Cruz para seguir por la Plaza Mayor, Plaza de la Villa y, zigzagueando, recorrer la calle Mayor y la Fuentecilla, las calles del Sacramento, del Rollo, la Plaza de la Paja…
Decía Santiago Camarasa que “Julio Romero de Torres además de cordobés, era español y sobre español, fue madrileño. Vehemente, apasionado madrileño y enamorado de Madrid. En Madrid vivió los más de sus años, en Madrid pintó muchísimas de sus obras, sus mujeres, las sublimes mujeres de Romero de Torres, fueron también madrileñas, hasta uno de sus últimos cuadros, el titulado Nocturno, de los más suyos, además de por su técnica porque lo guardaba casi para él solo, escondido en su estudio, era típicamente madrileño”…
Su estudio fue centro de tertulia de la intelectualidad de la época, punto de encuentro de la alta sociedad madrileña, visitado por la reina María Cristina incluso, y por el que pasaron algunas de las más de 400 modelos de rasgos raciales, prototipo de mujer morena y artistas como Pastora Imperio o La Argentinita, sin olvidar a una de sus modelos favoritas, María Teresa López.
Romero de Torres amaba a Madrid, aunque más bien lo que hacía Julio era sentir a Madrid, a fuerza de descubrirla y evocarla en las noches serenas de paseos inagotables y golfos.
Sentir a Madrid como un paseante enamorado de los típicos rincones madrileños en los que además de cordobés, Julio se sentía castizo y gato, majo, manolo y chispero… y como tal, en Madrid lo tenían y así lo recordamos.
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