Había quedado sin ritmo el rumor monocorde de la fuente del Potro cuando la mano derecha de Rafael Romero de Torres, hijo de nuestro inolvidable Julio, dió calor a la nuestra. Una amistad suave y emocionada nos ha llevado a la espesura íntima de esta casa en la que nació, vivió y murió el gran pintor de las divinas desnudeces. Y fue la idea del reportaje – entre la amistad surgió la vocación periodística – el hablarse, en el seno de la familia, del sesenta aniversario del nacimiento de Julio Romero. Segunda decena de noviembre de 1881 que vibró en el grito de dolor, anuncio de luces y colores florecidos de estrellas.
Modelo y Escuela.
En esta casa de emociones recogidas en el jardín, repartidas por las salas; emociones puras que rodean la fuente, cantora discreta del primer patio, están vivas y ejemplares, el recuerdo y la imagen de don Rafael Romero Barros, padre de Julio, pintor, escritor y arqueólogo, organizador del Museo Provincial. Creó el Arqueológico y fundó la Escuela de Bellas Artes en la que estudiaron y se formaron Mateo Inurria, Cullaut Valera, Muñoz Lucena, los hermanos Romero de Torres y toda una pléyade de artistas y artesanos cordobeses.
Julio Romero de Torres tuvo una educación artística con sólidos fundamentos y una formación moral, en la que la ternura y la obediencia del patriarcado fueron espejo de sus días. Su niñez tuvo semejanza con la serena claridad de los patios y de la luz de esta ciudad embrujada por la soledad y el silencio. Muerto el padre cuando la edad hacía guiños a los hombres y a las cosas, fue atendido y mimado por su madre, mujer de gran carácter, cariñosa y devota. Las paredes del Museo, las salas, los cuadros y las esculturas habían llevado a su espíritu la impresioón indeleble de su futuro artístico. Las obras de Bartolomé Bermejo, Valdes Leal, Castillo, Alejo Fernández, Pedro de la Romana fueron para él como semáforo de señales. ¡Más allá de las fuerzas humanas está situado el Arte! Trabajó y estudió en todo momento con fiebre de gloria y ansias de revelaciones. Como todos los grandes artistas tuvo sus días malos entre los que aleteaba la esperanza como sueños inefables. Triunfó. Fue reconocido su valor en España y en el extranjero. Desde entonces los periodistas y escritores dijeron muchas cosas de Julio Romero de Torres, pero dijeron más de los temas de sus cuadros, interpretaciones casi siempre caprichosas: el desnudo y detrás los remilgos de la falsa moral. A pesar de todo su triunfo tuvo clamores universales.
Intimidad recóndita.
Lo que pocos dijeron en que Julio Romero tenía una doble vida en Córdoba, a la que venía de Madrid frecuentemente para trabajar bien y reposado y estar al lado de la familia, que era para él el centro de gravedad de sus mejores afanes. Sobre todo, su madre. No es perogrullada decir del cariño de este hijo a su madre, porque los hijos no quieren todos de la misma manera, con una devoción, tan consagrada, devoción que irradiaba toda la casa y llegaba a todos los rincones del Museo, porque en ellos había huellas profundamente marcada del padre.
Tenía Julio concepción de un ideal hogareño que manifestaba lejos de su casa. Hablaba, ausente, de su madre, de su familia, del hogar, de Córdoba.
Ahora, al cabo de once años de su muerte, se le tiene presente como si viviera por toda la casa. En las paredes, sobre los muebles, en la sala donde están expuestas sus obras, en el estudio, hasta en el comedor hay huellas de su modo de ser casero, donde lo decorativo tiene relieve de la más pura tradición familiar.
Eres un hombre y un poeta.
Su esposa, doña Francisca Pellicer, nos habla de Julio con una importante veneración. Era su idolo y el recuerdo de su vida y de su muerte le trae las perlas de las lágrimas.
– Julio era un hombre…
Julio Romero de Torres era un hombre que teniendo un alma genial de poeta hizo poesía con el pincel. Poeta y hombre que supo robar el secreto de los amores hondos y de la fatalidad oculta en el cuerpo de la mujer. Era hombre y era poeta, que en esta duplicidad reside la fuerza del genio. Su vida íntima está toda llena de verdad y de claridad. En cualquier rincón de su estudio cordobés se refleja su campachanía. La memoria de «Pacheco», el buen amigo y modelo, perro de limpia estampa, expresa elocuentemente sus correrías. Las viejas calles cordobesas. La ribera, el Brillante, sierra arriba, todo el paisaje serrano se le metía por los ojos hasta calarle el alma. El buscaba frecuentemente para los temas de sus cuadros los crepúsculos otoñales de Córdoba; impresionantes crepúsculos estos que dejan al contemplador con el espíritu como dormido por una caricia reconfortadora.
Los regresos estaban consagrados a la charla jovial entre la familia. ¡Había que escuchar la ocurrencia de Julio! Lo dice ahora su mujer. Lo confirman sus hermanos, sus sobrinas y sus hijos. Era un hombre y un poeta. Pero, al decir de doña Francisca, fue mucho más todavía para ella fue casi tanto como un dios, pero igual que un ángel custodio. Él lo fue de la casa.
El niño mimado de la casa.
Hemos de saltar por encima de un copioso anecdotario íntimo. ¡Cuanta grandeza hay en la vida de Julio Romero de Torres! ¡Y cuanto desprendimiento de su persona! Se comprendía. Sus lecturas eran profundas. Sus libros, los más escogidos. Para la serenida del alma tenía los libros de meditación: los Evangelios, que repasaba todos los días antes de acostarse, la Biblia que le dió motivo para la realización pictórico de muchos de sus lienzos famosos. Para el regodeo de su espíritu tenía libros de autores profundos del extranjero. Dostoieski en primer lugar. De los escritores españoles era Valle Inclán su favorito y muchos de la juventud lírica de la vanguardia.
Tenía sus amores convencionales… Era hombre y poeta, y español por mejor señas. Por sobre todo lo social estaba su amor a la madre y a la familia. Con ella era Julio el niño mimado de la casa y todas las voces chocaban con el mismo llamamiento. Julio por aquí, Julio por allá, que si te gusta esto; que si quieres que te haga aquello; que te vas a resfriar…¡Benditas palabras de amorosa dedicación de una familia unida y cristiana, por cristiana unida!
De la vida y la muerte.
Julio Romero de Torres fue acendradamente querido por los cordobeses. ¡Era su pintor! «El mejor pintor del mundo», dice todavía cualquiera muchacha, cualquier hombre del pueblo, porque su fama cuajó en triunfo popular. Una vez que vino de Madrid le hicieron un recibimiento de desagravio por no habersele otorgado el primer premio, ¡qué manifestación fue aquella!
También fue una manifestación de dolor el día de su muerte. Fue en mayo florido. Los patios se le brindaron en su última hora y las rosas, los claveles, los geranios se entregaron sobre el borde de piedra de la tumba. Con las flores fueron las lágrimas de Córdoba.
Hay manos amantes que todos los días depositan sencillos ramos de flores; labios que musitan una sencilla oración y miradas que se proyectan en las excepcionales obras del maestro.
En este día de noviembre, sesenta aniversario de su muerte, Julio Romero de Torres se hace presencia en el recuerdo emocionado de su familia. En este mes en que el cementerio de Córdoba se ha convertido en espléndido jardín, la tumba de Julio queda desbordada por las ofrendas floridas del pueblo, que testimonia la serena majestad del obelisco funerario y de los cipreses, que exaltan la blancura de las cruces de mármol.
Córdoba, 21 noviembre de 1941. Manuel Medina González.
Otro texto de su estimado amigo Antonio Jaén Morente, catedrático, político, gobernador civil, diplomático en el Perú y leal amigo desde su juventud, ha sido obsequiado por mi ayudante Juan, en relación al discurso acontecido en el Teatro Duque de Rivas, actualmente desaparecido en Córdoba.
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