Bolívar anda en limosneo por España.
Referencias: «En el día mismo de 1930 se estremecerá América entera; vibrará, voceará, perorará, cantará himnos, proclamará la tiranía de sus hijos y recordará, desde Francisco Miranda a José Martí, la muchedumbre de los gloriosos caudillos que la libertaron, no de España, sino de los virreyes de unos reyes absolutos, de los escribanos, curiales y rábulas de una Administración ciega y sorda, sin corazón y sin entendimiento.
Afortunadamente, creíamos que la españolización de Bolívar y sus lugartenientes, y sus precursores y seguidores, era cosa lograda desde hace algunos años. Con razón, un periódico hispano que se publica en Nueva York, La Prensa, recuerda que España dió el ser a Simón Bolívar, y le forjó el carácter y le educó el espíritu, para permitirle cumplir su inmensa misión histórica… En lo que ya no anda tan acertado aquel leal intérprete de los sentimientos hispanoamericanos es en suponer que España rivalizará con las más apasionadas Repúblicas americanas exaltando la memoria de Bolívar y perpetuándola en el monumento que se inaugurará aquel día en Madrid…
Ciertamente, hace años ya, en 1922, cuando yo recogí en ABC una iniciativa de los españoles residentes en Caracas, se pensó en alzar un monumento en Madrid que simbolizará la reincorporación de Bolívar a nuestro amor y a nuestras glorias históricas. Se constituyó – ¿cómo no? – la correspondiente Comisión de improvisados bolivarianos, se prorrateó el gasto posible y se celebró un concurso, al que acudieron numerosos escultores y arquitectos. Un Jurado dió su fallo y encargó de la obra al artista señor Marín, cuyo proyecto pareció grandioso, lleno de espíritu y digno de la representación del Libertador, que, extendiendo el brazo con una clara expresión de paz, cabalgaba en la cima truncada de una pirámide. En la base aparecían, en símbolos de grata novedad, España y las Repúblicas que deben su existencia a Bolívar: Colombia y su desmembración, Panamá; Perú y Bolivia, Venezuela y El Ecuador.
Se puso la primera piedra, con solemne ceremonia, a la que asistieron representaciones del Estado español y de las Repúblicas americanas, en un lugar apacible de la urbe madrileña, en una plaza toda serenidad y reposo, que llaman de Salamanca, y cruzan dos hermosas vías: las calles de Lista y Príncipe de Vergara. Puesta la primera piedra, el escultor comenzó a esculpir los bloques de mármol italiano. Quedó concluída la figura de España; quedó concluída la hermosa imagen de la República de El Ecuador; se preparaba ya el bronce para el Libertador y en caballo; pero los días pasaban, los meses se sucedían, y a manos del escultor no llegaba el dinero prometido. Fue preciso suspender la compra de monolitos y dejar en escayola las representaciones de las demás Repúblicas; fue necesario abandonar el amplio estudio alquilado y recluir las figuras en más modestos locales, y ya llegó el momento en que fue imposible seguir adelante. Y he aquí que Bolívar, el Libertador, apenas reespañolizado, anda de limosneo por España, mientras Francia rinde apasionados homenajes a los generales San Martín y Miranda, y mientras la oficina de la Unión Panamericana de Washington prepara para el 17 de Diciembre, en honor del español Simón Bolívar, la más grande, ruidosa y apasionada apoteosis que se haya hecho a hombre alguno en la Tierra.
¿De quién el abandono? ¿De quién el olvido? Se organizó aquel concurso posiblemente, casi seguramente, con carácter oficial en un acuerdo admirable de España con Venezuela, la nación más adinerada del orbe, que ahora acaba de recoger toda su Deuda y aún le queda una enorme suma de oro en sus cajas; adhiriéronse a este acuerdo las demás Repúblicas bolivarianas. Bien ve el lector que esta acción conjunta significaba, encarnaba una política; esa misma política que practico con mayor éxito y más grande tesón y más fervorosa y exaltada fe la Unión Panamericana de Washington, que está desespañolizando a América.
Ese día 17 de Diciembre de 1930 parecía como una cita familiar en que había de reconstituirse la familia hispánica, disgregada en contiendas civiles y unida ahora para enaltacer todos los descendientes con igual orgullo, al abuelo glorioso que dió la fórmula definitiva de la hispanidad.
Así, creyendo La Prensa, de Nueva York, que España no había olvidado la hora de la cita y que preparaba la inauguración de su monumento, ha escrito estas palabras ejemplares: «Nuestras conmemoraciones, por esto, adquieren ya un tono, una ley, una pátina que les da – cada vez más – el carácter de celebraciones comunes. Y al reverenciar la memoria sagrada de Bolívar, de San Martín, de Hidalgo, de Martí… es el alma vibrante de la raza entera – única e indivisible ya – la que se arrodilla en el altar de sus tradiciones sin rival, para recordar a nuestros grandes héroes – ¿todos, a todos… – en sus triunfos y sus derrotas, en sus aciertos y sus desaciertos, en la sangre que derramaron y en la que hicieron derramar – sangre de hermanos -;prodigiosos obreros todos, con sus dolores, con sus alegrías, con sus vidas, de la gran fusión espiritual a que llegó ya la estirpe inmortal que les hizo – a todos, a todos … – grandes, heroicos, inolvidables… «.
Los españoles que allá, en Nueva York, han escrito estas cálidas palabras, ¿sentirán desfallecer su españolismo cuando, en rendimiento a la verdad, se vean obligados a borrarlas? Dionisio Pérez.
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