01 Oct El sombrero mantilla con Tórtola Valencia en 1915.
Tórtola Valencia, en 1915, la mantilla ha conseguido todo su valor,digna de figurar en un Museo de Historia del Tocado. COLOMBINE
Del mundo femenino: El Sombrero Mantilla.
Ha habido recientemente en la moda una iniciativa española que no debe pasar sin comentario. España parece que ha querido aprovecharse de esta época en que todas las grandes modistas, de las tres naciones que compiten por tener el imperio de la moda, estaban en la guerra, y haciendo un esfuerzo, ha dejado sentir su influencia en las creaciones. Pero España es una nación demasiado de leyenda y de clasicismo para los extranjeros, que se negarían a aceptar audacias e innovaciones modernas; nos piden siempre lo típicamente español; dentro de esta exigencia, el sombrero mantilla ha sido un acierto de arte.
La mantilla estaba demasiado guardada en los armarios. Esa prenda admirable, graciosa, que sienta tan bien y que es como una representación de la raza, como lo es para el mahometano el turbante, no podia ser usada todos los días, quedaba demasiado relegada en el fondo de los guardaropas, y por eso la mujer española ha encontrado un medio, en la nueva creación, de darla actualidad y superponerla al sombrero. La mantilla se ha sometido a esta unión, contraria a su naturaleza, pero aunque en su unión ha tomado ella toda la importancia y suya ha sido toda la belleza, no acaba de satisfacer por completo; parece menoscabada; ella necesita coñirse al cabello, envolverlo, destacarse sobre él; mezclar las finas hebras de su tejido a las finas hebras que forman los cabellos; ser casi una redecilla para ellas, parecer que su bionda es el desmelenamiento de la blonda cabellera, con la que se confunda. Porque es indudable que hay en la mantilla algo de connatural con el destrenzarse de la cabellera, a la que no recarga en nada ni la merma nada de su belleza; la una a la otra se hacen valer. La transparencia que pone como luz del cabello, es precisa para la delicadeza de sus dibujos, que, por su parte, no amaneran el tocado.
Es como una nube sutil la mantilla, y por eso, aun cuando unida a los sombreros, ha sido un adorno de momento, original y afortunado, no se ha podido sostener en ellos. Pronto se ha arrancado de los armazones a que ha estado unida, y la peineta y el alto moño serán los que vuelvan a sostener su gracia suntuosa. Fino, distinguido, audaz, ha resultado el adorno en quienes se han atrevido a llevarlo. La mantilla es costosa y ha hecho costoso el sombrero, aunque le dio arteramente aspecto de mayor sencillez.
Supo también dar sus condiciones de gracilidad al sombrero, cayendo gallardamente sobre los hombros y la espalda de las que lo han llevado, dando un encanto volandero a la figura que bajo la vida de las brisas llevaba como un penacho de gasa flotante y airoso. Pero la mantilla en los sombreros fueron en la mayoría de los casos medias mantillas, quedando reducidas a simples volantes de encaje; parecía como si las mujeres tuviesen miedo de un adorno que por su esplendor resultaba demasiado audaz, demasiado llamativo, demasiado embellecedor.
Tórtola Valencia, creadora siempre, ha sabido darnos la sensación más airosa del sombrero mantilla. Ante su novedad, supo llevar la extraña moda con ese arte que hay en ella, con esa valentía con que ella lleva los tocados más excepcionales, y que yo admiré en su cuarto, ante el grupo de sombreros asombrosos, exagerados, ricos, que en realidad no pertenecen a ninguna moda más que a una moda personal suya, caprichosa, una moda que podríamos llamar de Tórtola Valencia. El sombrero mantilla viene a aumentar esa colección de sombreros que ninguna mujer más que ella podría llevar sin peligro.
La mantilla en el sombrero de Tórtola está colocada con un arte que parece que se ciñe al cabello. En este caso, no ha matado al sombrero, ni el sombrero la mató a ella, y es donde verdaderamente se ha conseguido u nuevo modelo artístico y gallardo con una castiza gracia española, venciendo una insubsanable dificultad, porque si díficil es colocarse una mantilla bien sobre los cabellos, es más difícil todavía colocarla sobre el cucurucho rígido de los sombreros, consiguiendo evitar que tenga ese aspecto de superpuesto que toma sobre los sombreros, en los que recuerda un poco al desdichado hennan de la época de Isabel de Baviera con sus velos flotantes.
En el modelo que luce Tórtola la mantilla ha conseguido todo su valor, porque ha dejado plegarse y replegarse con toda su libertad, teniendo la audacia de dejarla tener toda la amplitud que necesita y permitiéndole acabar su larga trenza de encaje en la floja y garbosa cola.
Tórtola, además, ha conseguido este efecto porque ha sabido completar su valor con la elección de traje, buscando también la consonancia castiza, pues es incompatible la nueva moda con el corte extranjero del traje, que difícilmente rima con el españolísmo del sombrero.
Sólo asi esta creación española ha conseguido la perfección que intentaba, pero que no será más que cosa de momento, fantasía improvisada, adorno hecho de prisa para encanto de una tarde, quedando sólo para modelo inimitable y precioso del género esa fotografía que Tórtola Valencia, la mujer que mejor sabe retratarse, se ha hecho, y que es digna de figurar en un Museo de Historia del Tocado. COLOMBINE
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