Las Tabernas de Cordoba por Angel Lopez Obrero – ProyectoGarlo Córdoba

Las Tabernas de Córdoba por Ángel López Obrero.

En El Heraldo Madrid, 1929. este destacado reportaje con texto y dibujos del escritor y pintor cordobés (1910-1992).
Esta publicación nació un día leyendo prensa histórica apareciendo este artículo escrito por Ángel López Obrero. Lo he visto muy interesante rescatarlo y presentarlo en este mes de Octubre en pleno Festival Internacional de las Flores Flora 2025 junto con el Califato Gourmet 2025, desde ProyectoGarlo hacemos este guiño a las Tabernas de Córdoba, con el reportaje escrito y publicado de Ángel López Obrero, en el periódico El Heraldo Madrid, en 1929. 
Hemos integrado en la publicación la exquisita biografía publicada en la sección Biografías de la Real Academia de la Historia Hispánica. 
Presentamos la Transcripción de ambos testimonios escritos en homenaje al pintor Ángel López Obrero (Córdoba, 1910-1992).
Angel Lopez Obrero pintor y escritor cordobes 1910 1992 – ProyectoGarlo Córdoba
Ángel López Obrero, pintor y escritor cordobés 1910 - 1992.
BIOGRAFIA de Ángel López-Obrero Castiñeira (Córdoba, 1910-1992).
Fueron sus padres Miguel López-Obrero y Ángela Castiñeira; al año y medio de su nacimiento sus padres tuvieron que trasladarse a Bujalance, volviendo a su ciudad a los cuatro años. Sus primeros pasos los dio en su ciudad natal, donde a los once años se inició en el dibujo, matriculándose en la Escuela de Artes y Oficios, en la Sección de Dibujo Artístico, en 1921. En 1924, obtuvo una beca como pensionado de la Diputación de Córdoba para estudiar en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabados de Madrid.
Este mismo año conoció a Daniel Vázquez Díaz, que se encontraba en Córdoba para pintar al torero Guerrita; este contacto sería decisivo en la evolución pictórica del maestro. A lo largo de 1925, y antes de marchar a Madrid, López-Obrero dio a conocer su obra en Córdoba presentando sus lienzos en la exposición de Bellas Artes celebrada en el Círculo de la Amistad. En septiembre estaba ya en Madrid, donde preparaba el examen de ingreso en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, examen que aprobó y comenzó las clases en octubre de 1525.
Para obtener el título tuvo que realizar cinco cursos, en los que se impartían las más variadas materias. Durante este tiempo asistía al taller de Vázquez Díaz, donde entró en contacto con otros pintores. El espíritu renovador e inquieto de López-Obrero, así como la asimilación de las teorías neocubistas que había traído Vázquez Díaz de París, se reflejó en su obra, realizando algunos dibujos pseudocubistas en la clase de Dibujo, provocando el asombro y la contrariedad de los profesores.
Su formación en Madrid la compaginó con unas exposiciones que realizó en Córdoba, realizando su primera individual en el Círculo de Labradores cuando tenía dieciséis años, con crítica favorable de la prensa. También participó en las exposiciones de ciclo regional que organizaba el Heraldo de Madrid, junto a Alfonso Grosso, Pedro Bueno, Rafael Botí, Coullaut Valera, etc.
Retrato de Mercedes es un lienzo de Angel Lopez Obrero Castineira – ProyectoGarlo Córdoba
Retrato de Mercedes es un lienzo de Ángel López-Obrero Castiñeira (Córdoba, 1910-1992) realizado en 1945 en Museo Bellas Artes Córdoba.
Joven por Angel Lopez Obrero – ProyectoGarlo Córdoba
En su formación influyeron las teorías artísticas que Franz Roh expuso en su libro El Realismo Mágico, La Estética de Felicien Chaillage, Los conceptos fundamentales de la Historia del Arte de H. Wolfflin y La Estética de Newman. Junto a esta formación teórica hay que añadir la amistad que forjó con los críticos de arte de los periódicos El Sol y El Heraldo de Madrid. Este ambiente de renovación y protesta llevó a un grupo de jóvenes pintores a constituir el grupo de Los Independientes, que se dieron a conocer el 30 de noviembre de 1929, a través de una exposición organizada por el Heraldo de Madrid con el nombre de el Primer Salón de los Independientes.
En 1930 realizó su primera exposición individual en Madrid, presentando una serie de cuadros que tituló Estampas populares de Andalucía, con la que adquirió gran éxito. En ese año terminó sus estudios en la Escuela Especial de Pintura, Escultura y Grabado, dejando Madrid para volver a Córdoba. Poco después abandonó su ciudad natal para irse a vivir a Barcelona, donde trabajó como dibujante publicitario en la agencia Roldos Gispert hasta 1937, año en que se incorporó al ejército republicano. López-Obrero participó durante estos años no sólo en las actividades artísticas sino también en las políticas que vivía la ciudad.
En 1939 abandonó España para ir a Francia, donde iba a conocer las duras experiencias de un refugiado; durante este período su actividad pictórica no se paralizó, participando en dos exposiciones colectivas. Una de ellas, Artistas exiliados españoles, celebrada en París, y la otra en el Palais de la Loge Mairie de Persignan, ambas en 1939. En 1940, antes de volver a España, expuso de manera individual en el casino de Banyulssur- Mer.
En 1942 regresó a España, de nuevo a Barcelona, donde se encontró con el ambiente propio de la posguerra, fue juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a pena de muerte que, más tarde, sería revisada y rebajada a veinte años y un día de reclusión mayor. No obstante, en 1944, realizó su primera exposición individual en la Galería El Jardín de Barcelona, que estaba regentada por Sebastián Gasch. En ella expuso retratos, paisajes y naturalezas muertas. En 1946 salió de la cárcel en libertad condicional comenzando, paralelamente a su labor de pintor, su actividad docente que no acabó hasta 1980, año en que se jubiló en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Córdoba. En 1946 fundó la Escuela de Artes Plásticas, concebida como una escuela libre al estilo de las que funcionaban en París.
En los años de la posguerra el arte en general y la pintura en particular estaban prácticamente paralizados, circunstancia que hizo que surgiera el Salón de Octubre, desde donde se denunció la situación de estancamiento que vivía la pintura española. En total fueron diez Salones celebrándose el primero del 1 al 9 de octubre de 1949.
En 1952 Ángel López-Obrero volvió a Córdoba invitado para exponer en la Sala Municipal de Arte, lo que le permitió ser conocido por sus paisanos. El regreso a Córdoba hizo que el pintor se sintiera atraído por el ambiente y el paisaje cordobés, su preocupación era llegar al mayor número de público. En este mismo año creó, junto con su esposa, un taller artesano de cordobanes y guadamecíes, taller que mantienen actualmente sus hijos.
En 1964 surgió el Salón Córdoba, en donde se pretendía la unión y la solidaridad de todos los artistas cordobeses y el acercamiento del público al arte. También participó en la formación de la Agrupación Nacional Sindical de Bellas Artes y además, compaginó su actividad pictórica con la docencia que desarrolló en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos Mateo Inurria de Córdoba, labor que desempeñó hasta 1980, en que se jubiló.
López-Obrero fue un pintor con una doble formación, académica y de vanguardia moderada. Sus primeras obras estuvieron marcadas por el Cubismo y el Realismo Mágico, que en la década de 1940 derivaron hacia una pintura de tendencia surrealista. Cuando volvió a Córdoba desarrolló una pintura de tipo social en la que reflejaba la realidad andaluza, preocupación que mantuvo a lo largo de toda su vida. En la década de 1970 desarrolló una técnica neoimpresionista con un estilo propio. A lo largo de su trayectoria artística se ha expresado en varios lenguajes, pero manteniendo su personalidad, prestando atención a las formas y al color, creando un estilo muy personal e inconfundible que mantuvo hasta su muerte en 1992.
Catalogo 1 – ProyectoGarlo Córdoba
Biografia Catalago 1 – ProyectoGarlo Córdoba
Biografia 2 catalogo 2 – ProyectoGarlo Córdoba
Rostro Catalogo 1 – ProyectoGarlo Córdoba
Las Tabernas de Cordoba por Angel Lopez Obrero – ProyectoGarlo Córdoba
Sin duda alguna, Córdoba es una de las provincias españolas que encierran en si mayor número de tabernas. Y existe la razón de que en Córdoba se bebe un vino maravilloso. Este vino, que nace en Montilla y Moriles, se cría en las bodegas de Córdoba con temperatura, con sus maderas y demás requisitos ineludibles para su crianza; y con todos los cuidados y mimos que él requiere, al final sale hecho un néctar delicioso. Este es el origen de que el pueblo sea tan buen aficionado.
En Córdoba rara es la calle en donde no hay por lo menos dos tabernas. A veces se da el caso de haber tres tabernas consecutivas en la misma calle, y todas viven. Y es que en Córdoba no existe el problema del dinero, que en todas partes es la pesadilla de la Humanidad. Si un cordobés no tiene qué comer, pero en cambio tiene gracia y salero, abre una taberna y a los dos años es hombre feliz. El fenómeno puede ser curioso en todas partes menos en Córdoba; en Córdoba es naturalísimo.
Pero todavía más notable que el crecido número de tabernas lo es de por si el carácter de ellas en general. Las tabernas de Córdoba son distintas a las de todas partes, incluso a las del resto de Andalucía.
Desde luego, nos referimos a la taberna genuinamente cordobesa, llamada «típica»; queremos darle una «idea» de lo que son sus tipos de bebedores, ofreciéndole algo de lo que ellos tienen de pintoresco, de notable, de curioso, que suele ser casi todo.
Una advertencia: si en el transcurso de la información el lector nota que el reportero deja flaquear un poco su razón o desvaria, no piense mal de él; ni mucho menos crea que se ha descuidado un poco en «degustar» el tema en cuestión. Nada de eso.
El Patio de la Taberna en El Heraldo Madrid 1929 – ProyectoGarlo Córdoba
EL VINO. BREVE MEDITACIÓN SOBRE EL VINO.
El tabernero y el vino de Córdoba forman la «llave» de algunos cordobeses. Un cordobés (Y si no es cordobés, también) en poder del vino es hombre de cartón. Generalmente – salvo el caso del verdadero bebedor, que hace del vino lo que quiere – el vino se apodera de él y obra por su cuenta, tomando de instrumento al cordobés, que, «ya», sonámbulo, se presta sumiso a todos sus caprichos.
Cuando el cordobés está embriagado no es un hombre estrictamente: son cuatro o cinco litros de vino dentro de un hombre, como podrían estar dentro de una bota. Sólo que la bota es inerte e inanimada y el hombre no; el hombre (sobre todo con vino dentro de su vientre) es más que «animado». ¿Quién duda eso? Pero lo que ocurre es que cuando el vino y el bebedor no son cordobeses pasa lo mismo. Es decir, también resultan cuatro o cinco litros de vino dentro de un hombre. Pero esto no hace al caso.
 El vino de Córdoba tiene un valor y un privilegio: el valor de su calidad, esto es, de su gusto, de su sabor, y el privilegio de su efecto, del estado de ánimo en que deja.
Muchas preocupaciones y problemas difíciles de la vida, en Córdoba los resuelve el vino. El vino aparta de la mente los sinsabores terrenos, las perfidias de los hombres y de las mujeres, las obligaciones cotidianas, que por el solo hecho de serlo suelen ser bastante desagradables; aparta de la mente todas las tristezas con todo su aburrimiento, todas las tragedias conyugales, todas las pesadillas, y, por último, aparta de la mente, ¡ay!, que hay que llevar a casa el jornal.
Pero a cambio de esto lleva a la mente un rato de expansión y de tranquilidad, tan necesario en la vida, con lo que tal vez no se pierda mucho en el cambio, ¡qué demonio!. El vino nos produce una indiferencia general contra todo lo que nos es tedioso que, con su cooperación, nos parece, menos desagradable; las penas se convierten y se vuelven risueñas; a todo se le ve fácil solución.
Cuando en la vida surge un obstáculo difícil, un problema serio y algo trascendental se acude al vino como reanimador y fortificador insustituible; él se encarga de apaciguar nuestros nervios y de tranquilizar nuestro ánimo, haciendo que lo que antes nos parecía irrealizable nos parezca cosa poco menos que ya resuelta. Con las primeras copas se comienza a ver el asunto con más benevolencia; a las segundas la imposibilidad es menor; a las diez copas ya no es imposibilidad, sino probabilidad, y a las quince es cosa ya hecha, sin preámbulos.
Aparte de que el vino ponga el ánimo «un poquito alegre», produce una ligera frialdad ante nuestros más serios conflictos, puesto que comienza a desaparecer la pasión personal, cuyo lugar va ocupando el factor vino. Es decir, que de esta forma, a medida que se bebe se va perdiendo poco a poco el interés que nos afecta el asunto por ser nuestro; comenzamos a verlo como si fuese del «compadre».
Estas evoluciones que produce el vino se desarrollan dentro de las cuatro fases que sufre el bebedor hasta el anonadamiento general, en el que ya no es dueño de sí. Según cada fase, el bebedor presenta un nuevo aspecto. Pero, claro está, las cuatro fases sólo las agota el que llega al máximo del fin para que el vino fue creado, esto es, a la borrachera franca y completa. Pero suelen llegar con frecuencia y … ¡con creces!
Las botas del vino en El Heraldo Madrid 1929 – ProyectoGarlo Córdoba
EL MEDIO
No pase siquiera por la imaginación del lector que el medio pueda ser un procedimiento. Un medio en Córdoba es un vaso de vino. Y no hay más que ése, que luego resulta que es el único medio existente en la vida.
Lo que en algunos sitios llaman «chatos» y en otros «vaso» simplemente, en Córdoba se llama «medio». Con la diferencia de que el medio encierra en su cuerpo por lo menos tres veces la cantidad de un chato.
Un medio de vino en Córdoba es algo así como un cigarro. ¿Tiene algo de extraño que apenas se encuentren dos amigos se ofrezcan un pitillo? Pues lo mismo ocurre en Córdoba con el vino.
– Hola, ¿Qué tal?
– Bien, ¿y tú? ¿Vamos a tomar un medio?
– Vamos.
Y luego, como siempre quiere la casualidad que se encuentren los amigos en donde haya enfrente una taberna…
EL TABERNERO
El tabernero en Córdoba tiene que poseer esa sutileza especial de habilidad que es la gracia, la viveza de ingenio que requiere su público, esa simpatía que oportunamente se llama salero. Porque el tabernero es el mejor amigo del consumidor. Como el vino produce esa fuerza que hace al hombre ser confidente hasta consigo mismo, cuando el bebedor está ya «en su punto» recurre a contar sus cuitas al tabernero, sin que haya medio de persuadirlo de que esas intimidades no tienen interés común.
El tabernero, por tanto, es el que tiene que sacar de dudas a los cuatro amigos que discuten, al hombre que «no sabe qué hacer» en un momento dado; tiene que conceder la razón al borracho que se lamenta de su cónyuge, contentar al que ya está «maduro» para que no beba más y se marche a dormir, reír aún a su pesar cuando un flamenco haga «una gracia», aunque ésta consista en romper unas copas; alternar, en suma, y estar en tonos con todos, expresando según lo requiera el caso alegría o disgusto. Pero, eso sí, el vino, «ni olerlo». El tabernero, estando en su taberna, en su negocio, no bebe vino. ¡Que esto podría ocasionarle serias consecuencias!
Luego se desquita el día que va de entierro. Ese día no es que beba solamente, sino que se emborracha. Y, claro, como el tabernero tiene muchos amigos, y todos mortales, resulta que los entierros suelen sucederse con relativa frecuencia.
Pero en su taberna deja que beban hasta que cree llegado el momento de «contener» el ansia del bebedor. Extiende la vista y se dice:
– A éste no le conviene más vino, que luego se emborracha y no me paga.
Y aunque «el tal» pida otra copa, el tabernero se hace el «distraído» con gracia y no se la da.
O por el contrario:
– Este, que beba. «Todavía» le caben unos «mediecitos» más…
Y así va midiendo las fuerzas de cada cual y otorgando según ellas la «cantidad» y la «clase» de vino que han de beber.
– ¿Cree usted que el vino es en Córdoba un buen negocio? – preguntamos a un tabernero.
– Hombre, verá usted: El vino en Córdoba desde luego es un buen negocio; pero tanto como de la bondad del vino depende de la gracia del tabernero. Si el tabernero sabe entender a su clientela y «ponerse a tono» puede sacar mucho más partido. Es preciso que el que venga a tomarse una copita, se tome cuatro medios y el que venga a fomarse cuatro medios salga borracho.
– ¿Qué cantidad de vino trasiega el bebedor cordobés al día aproximadamente?
– Lo más corriente es que se beba todos los días de diez a doce medios diarios. Alrededor de dos litros de vino.
– Hombre, eso está bien. Sobre todo lo de todos los días diario.
Y dejamos ya por esta vez al tabernero.
La reunion del Domino en La Taberna de Cordoba – ProyectoGarlo Córdoba
LAS CUATRO FASES DEL BEBEDOR
La evolución algo paulatina de una borrachera normal presenta cuatro aspectos distintos que por su notabilidad son ya característicos. Siguiendo paso a paso al bebedor se le ve transformarse a medida que el vino se va adueñando de la situación. Esto, en el fondo, seguramente ocurre en Córdoba lo mismo que en Rusia; pero eso ya lo sabíamos.
Como nuestra obligación es presentar el caso tal como ocurre en Córdoba, dado el carácter y el temperamento del cordobés, siquiera por una vez intentemos proceder a cumplirla.
Las cuatro fases a seguir todo borracho son llamadas en Córdoba por la fase del «mono», la del «pavo», la del «león» y la del «cerdo». Esto, claro es, prescindiendo de excepciones, que suele haber bastantes. Porque al hombre que le dura la borrachera cuatro días tiene tiempo suficiente para agotar el más extenso repertorio de fases.
Primera. Fase de la jovialidad y del buen humor. – Esta fase es la más popular, quizá por su carácter y porque es la más escandalosa (en el sentido de las voces). Aquí es cuando el cordobés se siente «flamenco» y con la alegría se acuerda de la «puñalaíta» que le dió. Entre copa y copa se lanzan chistes y risotadas y algún que otro «muerto» o cosa por el estilo. No obstante, el cordobés está contento y por lo menos, él se cree dichoso.
– Rafaé, no seas permazo y olvídala ya. La vida es muy triste y hay que alegrarla un poquito con vino. Bebe, Rafaé, que esto es gloria. Hay que ponerse una mijita alegre pa poder vivir. Si no la vida es un pego. Anda, salero. ¡Ayyy!
¡Aaaayyy!
¡Cuando murió! la «probesita» de mi mare!…
Y el hombre cree de buena fe que se está divirtiendo.
Segunda. Fase de la pesadez y de la explicación.- El bebedor tiene un gran interés en convencer a la gente de que él no está «bebido».
Invadido por un sentimentalismo un tanto molesto, el bebedor cree oportuno comunicar a un compadre cuánto le aprecia y al efecto se lo repite todas las veces que aquél se lo permite.
Después, casi siempre suele recordar alguna ingratitud sufrida, aunque sea ya lejana, para hacer al compadre las consideraciones pertinentes:
– Eso no se hace con un hombre.
– Mire usté, compadre. Que yo me beba una copita de más, bueno; ¿y qué? Pero yo, tan bueno y tan santo, y hacer eso conmigo.
– Oiga usté, compadre. Venga usté aquí. Yo…
– ¡Qué sí, hombre, que sí!…
Esta fase es menos popular, porque no hay quien la aguante diez minutos seguidos.
Sin embargo, suele ser el punto corriente a que llega el bebedor cordobés en su borrachera. A la tercera fase sólo llegan esos tipos desabridos de chulo flamenco que siempre están dispuestos a darse de puñaladas con el primero y que luego, en el momento cumbre, se vuelven atrás y se acabó todo, y que en Córdoba se llaman «esaboríos», «patosos».
La borrachera llana, de buena fe, no suele llegar a esos extremos.
Tercera. Esta es la que llaman del «león», porque en medio de la relativa tranquilidad de los amigos que charlan, que beben, sin motivo, sin saberse por qué, se levanta uno de súbito hecho una fiera:
– ¡Lo malo! ¡Lo malo! ¿A mí? ¡Soltame, que lo hago polvo! ¿Qué se habrá creído «ése»?
Y todos:
– ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
No pasa nada. Que un hombre que se estaba bebiendo un vaso de vino en la otra parte del mostrador, al coger su copa cambió un poco de sitio la del «valiente», y… eso es todo. ¡Pero cualquiera hacía callar al valiente!.
Y de esta fase se pasa con facilidad a la cuarta, que es el abandono absoluto del borracho, que ya no tiene idea de lo que hace. Lo mismo se sienta en la mesa, que se tumba en el suelo, que se vierte el vino en la ropa.
Ya los amigos lo abandonan; el tabernero tiene que echarlo de casa, y «midiendo» la calle, según clásica frase, rueda más que anda hacia su domicilio.
Un medio de vino dibujo por Angel Lopez Obrero – ProyectoGarlo Córdoba
EL VINO HAY QUE SABERLO BEBER
Una taberna. La escena, a la entrada, en la parte del mostrador. Del patio escapa una algarabía de voces y gritos. De una habitación salen algunos quejidos, seguidos de «oles», por debajo de la puerta. Gente que bebe vino, que charla, que discute. Al fondo, una reunión de hombres jugando al dominó. Total, nada.
A la derecha, un «buen hombre» sentado en un banco. En ese momento se bebe un medio de vino con la mayor naturalidad del mundo.
Entra «otro» hombre, pide al del mostrador una copita y en pie y en un minuto se bebe el líquido de un sorbo. Paga y se dispone a marchar.
¿Tiene esto último algo de extraordinario?
Sí que lo tiene, porque el tiempo de salir el «otro», el «buen hombre» puso cara de asombro y gritó:
– ¡Asesino! ¡Asesino! Eso es un crimen. El vino no se bebe así.
Se volvió el «otro» y lo miró con cierto descaro.
– Sí, asesino – continuó el «buen hombre»-. Usté es un asesino. Eso no es beber. Eso es tragar un líquido como el mataor traga saliva cuando las ve «negras». El vino se bebe así.
Y el «buen hombre» dió un pequeño sorbo al vaso y paladeó el vino con verdadera jactancia. Lo contuvo unos segundos en la boca, puso los ojos en blanco, se relamió los labios y dijo:
– Así se bebe, y lo demás son «pegos»… ¡No es eso, Pepe!
Y es lo que decía el «otro», ya en la calla: a un hombre así, ¿quién le dice «na»?
LA PUERTA FALSA
Existe en casi todas las tabernas de Córdoba una puerta clandestina, algo separada de la puerta de entrada, a ser posible en la otra vuelta de la esquina, que nadie podría pensar que de allí salgan los hombres hechos uva.
Se trata de una puerta de casa normal, sin aspecto de establecimiento, ni mucho menos un portal ordinario, sin que por él pueda sospecharse nada. Pero a la derecha o a la izquierda (según los sitios) hay una ventanita con cristales hacia una altura como para poderse apoyar un hombre, con un pequeño saliente de madera colocado al efecto, situada de tal forma que hay que fijarse para verla.
Por aquella ventanita tan chica vimos un día salir una bota de vino, que se la fue bebiendo un hombre pequeñito que estaba en el portal, «distraído», vaso a vaso.
¡Como lo está usted leyendo, querido lector!
La tal ventanita es muy divertida. Desde la calle no se ve más que un hombre que está de pie en un portal, como esperando que la abran la puerta, y desde dentro de la taberna tampoco se ve mas que un vaso con vino y una mano misteriosa que lo coge y lo vuelve a soltar, con menos vino cada vez. Y de cuando en cuando una voz:
– Ponga usté otro medio, Pepe.
Y nada más.
Ahora, de la cantidad de vino que «puedes» salir por arí, de eso no tiene el lector ni la más remota idea.
EL BEBEDOR LEGÍTIMO
A las tabernas de Córdoba concurren dos clases de públicos: el público que se reúne en una habitación y charla o juega al dominó y el público callado, silencioso, que, solo en un rincón, se bebe todos los medios que le parece oportuno, que es el tipo del verdadero bebedor.
El bebedor legítimo suele ser un hombre serio, parco, comedido. Se sitúa de pie ante el mostrador o se sienta en la más recóndita silla, y de allí no se mueve hasta agotar la cantidad de vino acostumbrada.
Es muy característico que despúes de haberse bebido cinco medios diga, dirigiéndose al tabernero:
– Póngame usté un medio, que me voy a ir.
Y repitiendo estas palabras se bebe otros cinco. Por eso ellos nunca dicen el último, sino el penúltimo.
– Traiga usté las penúltimas copitas, Rafaelito.
En Córdoba todo el mundo pretende entender de vinos. Y a veces se dan casos como el siguiente:
– Rafaelito, una copita de 24.
Se la sirven, y al probar el vino hace un mohín inquiridor y exclama:
– Este vino no es de 24, Rafaelito. Usté se ha equivocado y me lo ha traído de 20.
– No, señor. Estoy seguro. Es de 24.
– Pues este vino no es el mismo de todos los días. ¡Si lo sabré yo!… De otra cosa no entenderé; pero lo que es de esto…
Que si tal, que si cual; que si patatín, que si patatán. Pitos, flautas. La discusión.
Pero de repente el tabernero se lleva la copa, entra, vierte su líquido – que, en efecto, era vino de 24 -, la llena otra vez, pero de las escurriduras que en un rinconcillo guarda para estos casos, y sale con cara de compromiso diciendo:
– Perdone usté; pero estaba distraído. Me confundí y le di vino de 20. Usté llevaba razón. No era de 24. A ver cómo está ése.
En efecto. Lo prueba, se sonríe satisfechísimo y dice:
– Esto ya es otra cosa. ¿Lo ve usté, hombre? Esto es vino de 24. Si no hay mas que probarlo. Yo de vinos sé lo mío…
¿Lo ve usted, hombre; lo ve usted?….
Ángel López OBRERO, 1929, en el Heraldo Madrid.
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