24 Dic Nuestro homenaje a Angelita Romero de Torres.
Desde la Casa Palacio Cassas i Murillo os deseamos una Feliz Nochebuena y Navidad, hace unos meses en Madrid
Desde la Casa Palacio Cassas i Murillo os deseamos una Feliz Nochebuena y Navidad, Hace unos meses con mi ayudante Juan hemos estado visitando la Biblioteca Nacional de España, BNE, en Madrid, a raíz de la visita a mi familia, mi prima segunda, Gaudencia. Estuvimos unas mañanas contemplando el Museo del Prado y revisando una de los periódicos donde se mimó a la familia Romero de Torres, en la que periodistas escritores españoles y extranjeros relataron pasajes artísticos de Enrique, Julio y Angelita Romero de Torres. Hicimos las correspondientes copias digitales, y tras un estudio exhaustivo, vamos a publicar hoy día 24 de diciembre referencias, entiendo desconocidas para muchas personas.
Antes quiero relatar lo vivido ayer en el sorteo de la Lotería Nacional El Gordo. Como todos los años a las seis de la mañana el gallo «imaginario» me despertó, bajando al comedor principal donde las ascuas de la leña seguían resquebrajando el frío polar del comienzo del invierno. Ahí estaba yo, un señor de ochenta y tres años, con espíritu navideño, con la casaca roja y el gorro rojo. En la mesa una gran bandeja de mantecados, polvorones, logroñesas de Montoro, el anís de Rute, los alfajores de Estepa, el turrón de Anastasio, y un largo etcétera de manjares tradicionales. Lucía había preparado todo, la radio de mi abuelo, a pilas, el cuaderno, el lápiz negro, la goma, el vasito especial para el anís «Machaquito», y con toda la ilusión del mundo encendí la radio donde a su hora justa se inició el ritual de El Gordo. Tras la mañana emocionante, el salón comedor se fue llenando de vecinos y vecinas, familiares y amistades, que a los gritos que daba, iban acercándose y ante la chimenea y el anís no se retiraban de mi vera. Emocionante como todos los 22 de diciembre, desde que tengo uso de razón junto con mi abuelo, cofundador de esta lotería mágica que nos llena de ilusión, esperanza, paz y mucho amor. Todo sucede por algo siempre. Todo llega en su justo momento. Solamente la espera nos hace más humanos. Este año fuimos agraciados por Madrid, unos amigos de mi familia le ha tocado el tercer premio; mientras en la familia cordobesa ni un décimo. En este día nos volvimos a reunir en el salón comedor, eso es lo que más valoro también, y nos fuimos a visitar el nuevo museo de arte contemporáneo que Omar y Narciso están planificando a dos plazas de esta casa palacio en plena judería cordobesa, siendo para muchos incautos una «sorpresa» internacional, merecedora de nuestra Córdoba, capital y provincia.
Con esta introducción espacio temporal navideña vamos a lanzar un homenaje a Angelita Romero de Torres con información publicada en la década de 1910-1920 en el periódico LA TRIBUNA. Pero antes quiero esbozar una destacada biografía, diciendo así:
«Angelita Romero de Torres: el alma discreta de una familia de artistas
Cuando se menciona el apellido Romero de Torres, la memoria colectiva se dirige de forma casi automática a la figura de Julio Romero de Torres, uno de los grandes pintores del simbolismo español. Sin embargo, en el corazón de aquella familia profundamente ligada al arte y a la cultura cordobesa, hubo una mujer cuya presencia fue esencial para comprender su legado: Angelita Romero de Torres.
Nacida en Córdoba en 1880, Ángela “Angelita” Romero de Torres fue la menor de los hermanos de una familia marcada por la sensibilidad artística y el compromiso cultural. Aunque no desarrolló una carrera pictórica como la de Julio, su vida estuvo íntimamente vinculada al arte, la música y la defensa del patrimonio cultural de su ciudad.
Una educación artística y humanista
Angelita recibió una formación esmerada, acorde con el ambiente intelectual de su hogar. Estudió música, piano y violín, disciplinas que cultivó con dedicación y que formaban parte de la vida cotidiana de la familia Romero de Torres. Esta educación no solo moldeó su sensibilidad, sino que la convirtió en una figura clave en las tertulias y encuentros culturales que se celebraban en la casa familiar.
El jardín como obra viva
Uno de los aspectos más singulares de su legado fue su dedicación al jardín de la casa familiar, un espacio que Angelita cuidó y diseñó con una visión casi poética. Aquel jardín no fue únicamente un lugar físico, sino un refugio simbólico, un escenario de encuentros, inspiración y memoria. Con el paso del tiempo, se ha convertido en objeto de estudio y exposiciones, reconociéndose como una prolongación del espíritu artístico de la familia.
Custodia y difusión del legado Romero de Torres
Tras la muerte de Julio, Angelita desempeñó un papel fundamental en la conservación y difusión de su obra. Colaboró estrechamente con su hermano Enrique Romero de Torres, director del Museo de Bellas Artes de Córdoba, participando activamente en la gestión y consolidación del Museo Julio Romero de Torres. Su labor fue silenciosa pero constante, siempre guiada por un profundo respeto hacia el patrimonio artístico familiar y local.
Reconocimiento institucional
Aunque durante gran parte de su vida permaneció en un segundo plano, su aportación cultural no pasó desapercibida. En 1945 fue nombrada miembro correspondiente de la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, un reconocimiento a su compromiso con la cultura y las artes.
Una figura imprescindible
Angelita Romero de Torres falleció en 1975, dejando tras de sí una huella que hoy comienza a ser reivindicada con mayor justicia. Su historia nos recuerda que el arte no solo se construye desde el lienzo o el escenario, sino también desde el cuidado, la memoria, la gestión y la sensibilidad cotidiana.
Reivindicar a Angelita es ampliar la mirada sobre el universo Romero de Torres y reconocer el papel de tantas mujeres que, desde la discreción, sostuvieron y enriquecieron la vida cultural de su tiempo. «
Juan mi ayudante bibliotecario, apasionado por el Arte Español como yo, queremos haceros este regalo documental. Más ahora que se ha conseguido abrir la Casa Familiar de Julio Romero de Torres, los visitantes entran por la puerta de la vivienda familiar, el zaguán, el pasillo hasta la puerta del jardín arqueológico, los pabellones norte y antiguo lavadero. En esta segunda edición la Diputación Córdoba apuesta por el acceso gratuito al público visitante junto a las dos pinacotecas existentes en lo que es el Complejo Museístico Singular de Andalucía y del Mundo para los amantes del arte, como lo es la Casa Museo de Picasso en Málaga, y la Casa Museo de Joaquín Bastida Sorolla en Madrid, como ejemplos.
Ahora si en el periódico El Día, 21 mayo 1917, encontramos este artículo escrito por Margarita Nelken, titulado: «Angelita Romero de Torres y su patio de Córdoba»,
dice así: «Ya la habíamos visto en Sevilla. Fue en el Museo, ese Museo tan único, el único Museo que se salva de su condición obligada de cosa pública e impersonal. En la galería del Museo sevillano, llena de luz, de aromas y de recogimiento, se nos apareció, por primera vez, Angelita Romero de Torres.
Iba de blanco; toda atentamente seguía, frente a los cuadros tétricos e ingenuos del misticismo de su tierra, la comprensión de su hermano; pero su objeto no era ese; tenía un objeto, una misión más bien, otra que la de ser, después de tantas visitantes, una visitante más. Misión inconsciente y más fuerte por eso mismo: la de definir por su sola presencia todo el recogimiento, toda la luz y todos los aromas, todo lo «fuera de Museo», que hay en el ambiente del Museo sevillano.
Y así, como una figura de Museo más preciosa que las figuras acostumbradas de los Museos, conocimos a Angelita Romero de Torres.
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En Córdoba el Museo está en una plazuela arbitraria, empinada, callada y retirada, que se llama «la plaza del Potro». Cervantes habla de esta plaza en el «Quijote», y en ella hay todavía una venta que se conserva igual que cuando paró en ella el glorioso manco. Enrique Romero de Torres nos hace entrar en la venta, nos enseña, con un orgullo infinito, que «todo está igual», todo, hasta los cuernos para la sal y el vinagre, hasta las piedras del zaguán y la manera que tienen de sentarse en el zaguán, al anochecer, las mujeres. Enrique Romero de Torres siente, más noble que todos los abolengos, la nobleza de vivir en la «plaza del Potro» y de conservar amorosamente su museo.
A la entrada de este Museo hay una piedra que reza: «Aquí descansan los restos de nuestros primeros padres.» Porque el Museo antes era convento. Y admiramos el patio ancho, florido, conventual. El patio del Museo de Sevilla está tan cuajado de flores que apenas si queda sitio para transitar; el patio del Museo de Córdoba es fresco y amplio; tiene piedras que fueron sepulturas, y en una esquina hay un grupo de muchachas hermosas y tranquilas. Como en Sevilla, era preciso definir el ambiente, y se nos acerca Angelita. «Ahora verán mi patio; esa es mi obra», nos dice.
Un arco, una pequeña galería, y pasamos a ver lo que Angelita llama «su obra». Enrique sonreía, y la madre de Julio, que desde su butaca recoge toda la admiración que de todas partes va hacia su hijo, sonreía con orgullo de la obra de su hija menor.
Es un patio, es verdad; pero en esa tierra de los patios como paraísos, es el patio de Angelita Romero de Torres, un paraíso inesperado. Su hermano, en un solo cuadro, encierra y exalta el alma de un pueblo; ella, en su patio, define siempre la belleza tranquila, serena, incomparable de un ambiente. Hay en el centro del patio una Virgen bajo un arco de rosas; todo el amor, toda la dulzura del misticismo de las Flores a María está aquí. Hay estatuas mutiladas, estatuas de otra era, medio cubiertas por las ramas de los árboles o fieramente erguidas sobre los macizos; está en ellas toda la perpetuidad, en la tierra de María Santísima, de la fuerza pagana. Hay naranjos, tantos naranjos, que su olor emborracha como si presentaran de una vez todo el olor de azahar que hay en toda Andalucía. Y hay tantas flores, tantas, que no da pena cortarlas y que nuestro glorioso ramo no nos causa – por primera vez en la vida – remordimiento.
Pero Angelita es una virtuosista y tiene también su especialidad: los crisantemos. Sus crisantemos son los más hermosos de Andalucía, quizá de España, quizá de Europa, ¿por qué no? Obtienen premios en las Exposiciones y maravillan a esos señores serios, doctos y tan lejanos a las flores, que premian las flores según su valor.
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En Andalucía las mujeres no salen por las calles; pero en Córdoba tienen las rejas más espesas de toda Andalucía; por eso, detrás de las rejas de Córdoba es donde las mujeres son más tranquilas, más dulces y más bellas. Su vida es el no vivir.
Angelita Romero de Torres define todas sus hermanas; no vive, pero tiene una vida maravillosa de apasionamiento y de silencio; el apasionamiento y el silencio de su patio. Es violinista, una gran violinista que parece entregarse toda en su música; mas lo parece solamente; en realidad, Angelita Romero de Torres no puede entregarse nunca, puesto que ya se entregó toda, de una vez, a la pasión de su patio. Julio Romero de Torres no puede ver nunca una mujer «según es ella»; tiene forzosamente que verla según son las mujeres de su alma, esa mujeres cuya figura representativa nos ofrece en cada nueva figura que va creando; Angelita Romero de Torres no puede nunca presentarse aislada; se ha ido poniendo en cada detalle de su patio maravilloso, y toda la maravilla de su patio incomparable está en ella. Por eso quizá tiene una voz cristalina y fresca como ninguna mujer.
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Siempre son vulgares las frases que admiran; así como yo no sé decir que admiro la obra de Julio Romero de Torres, no sé decir que admiro la obra de Angelita; todo lo consciente de la obra del pintor está en la inconsciencia de Angelita. Julio Romero de Torres ha creado una mujer-símbolo; su hermana, en su apasionamiento instintivo, vive ese símbolo y le da su realidad, y, detrás de los líricos fondos de los cuadros de Romero de Torres está, con todo su silencio, toda su fuerza y toda su fragancia, el patio de maravilla del Museo de la «plaza del Potro»; la plaza que está «complementa igual».
Córdoba, mayo 1917. Margarita Nelken».
Tras encontrar este artículo en El Día, fui a «vaciar» otra carpeta facilitada por la archivera de la Biblioteca Nacional de España, Gloria, de mirada altiva y boca pausada, siempre sonriendo con vivaces luces en su rostro, tanto que Juan mi ayudante se enamoró en prontitud. Al caso, al ojear otra revista me vuelvo a encontrar firmado otro artículo por la Sra. Nelken, dice así en el Imparcial del año 1921, con el titulo Las mujeres de Romero de Torres y el patio del museo de Córdoba: «El cartel de la corrida patriótica no diré que ha dado más nombre a Romero de Torres, pero sí que ha puesto su fama «de actualidad», consagrándole una vez más cono el artista que supo, por excelencia, encarnar en su pincel el alma y la figura de las mujeres de España.
Y no nos referimos aquí al cartel en sí, que por ser cartel, es decir un género especialísimo muy distante del que cultiva siempre Romero (¿habrá técnica más opuesta a la simplificación de un cartel que el largo y recalcado detenimiento de la pintura al temple y de las veladuras pacientemente añadidas, corrigiéndose y completándose unas a otras?), tiene forzosamente que ser inferior a la nota general de su producción. Nos referimos a la irradiación espiritual de esta producción que le ha hecho elegir, naturalmente, ese tema en esta ocasión en que se trataba de atraer la atención del público sobre un símbolo de la Cruz Roja Española, es decir un símbolo de la caridad de la mujer española. Y el cartel de Romero de Torres, aunque muy distante de toda la obra del artista cordobés, ha venido a infundir nueva vida a todas las figuras del Retablo del Amor y del Poema de Córdoba.
¡Cuánto no se ha dicho ya acerca de estas hembras, monumento apasionadamente elevado a toda la pasión inmutable y recóndita de una raza! Y los paisajes, sobre los cuales se destacan, han inspirado páginas rendidas de fervor. Pero, así como es imposible sentir (no decimos comprender, sino sentir, cosa bien distinta) la fuerza de estas figuras si se ignora el sabor de su tierra, es imposible sentir todo el lirismo de los fondos de los cuadros de Romero de Torres sí no se ha sentido nunca el sabor particularísimo del patio silencioso y fragante, casi conventual, en que el artista, en el corazón de la Córdoba que le ha creado a él, va creando poco a poco la forma de sus mujeres.
En Córdoba, el Museo está en una plazuela arbitraria, empinada, callada y retirada, que se llama «la plaza del Potro». Cervantes habla de esta plaza en el Quijote y en ella hay todavía una venta que se conserva idéntica a cuando paró allí el glorioso manco. Todo está igual; todo, hasta los cuernos para la sal y el vinagre, hasta las piedras anchas y desdibujadas y los cortantes guijarros del zaguán, y hasta la manera que tienen, al caer la tarde, de sentarse en el zaguán las mujeres. Y los Romero de Torres sienten, más noble que el más linaje abolengo, la nobleza de vivir en la «plaza del Potro», cuyo Museo conserva amorosamente Enrique, el hermano de Julio, tan cordobés y tan artista.
A la entrada de este Museo, una lápida reza: «Aquí descansan los restos de nuestros primeros Padres». Porque el Museo, antes, era convento. Así su patio es ancho, florido, conventual. En Sevilla, el Museo también tiene un patio y tan cuajado de flores que hay días en que apenas si se puede transitar por él; este de Córdoba, aunque más pequeño, resulta más amplio y más fresco. Tiene losas que fueron sepulturas y siempre, en alguna esquina, un grupo de muchachas bellas y tranquilas: las muchachas de la familia de Julio y sus amigas; y, principalmente, esa Angelita Romero de Torres que cuida del patio; esa Angelita, cuya vida igual a la de todas las hembras que pinta su hermano, es, sin gastos exteriores, una maravilla de apasionamiento: la pasión por su patio.
Es un patio, y nada más; pero, en esta tierra de los patios como paraísos, es este un paraíso inesperado. Es más recóndito, más hondo que ninguno, sin cancela que lo anuncie desde la calle, reservado y profundo como las figuras que en él van naciendo. Tiene en el centro una Virgen cobijada por un arco de rosas que parece encerrar todo el amor, toda la dulzura del misticismo de las Flores a María. Tiene estatuas mutiladas, estatuas de otra era, medio cubiertas unas por las ramas colgantes, altivamente erguidas otras en medio de un macizo; y encierran éstas toda la perpetuidad, en la tierra de María Santísima, de la fuerza pagana. Tiene naranjos, tantos naranjos, que su olor emborracha, como si ofreciera de una vez todo el perfume de azahar que hay por toda Andalucía. Y tiene tantas flores, tantas, que no da pena cortarlas y que puede uno llevarse rarmos espléndidos sin remordimiento.
Y en los días inmóviles del estío cordobés, Julio saca su caballete al patio y se pone a recoger en el lienzo todo lo que le aporta el ambiente.
En Andalucía las mujeres no salen por las calles, y en Córdoba es donde tienen las rejas más espesas de toda Andalucía; por eso, detrás de las rejas cordobesas es donde las mujeres son más pausadas, más dulces y más bellas. Su vida es el no vivir. ¿Qué otro lugar serviría, como ese patio, para evocar su pasión latente y escondida?
Y se piensa en el único otro patio tan «de sorpresa» que debe haber por el mundo: aquella joya recóndita del San Pablo extramuros de Roma, que da ganas de hacerse monje para vivir su silencio y su paz. Pero en este patio del Museo de Córdoba no hay que temer la intrusión de ningún grupo de turistas, ansiosos de «fondos» célebres para sus fotografías.
Entre los chaparrones y el bullicio indiferente de este otoño madrileño, que es siempre, por encima de todos los momentos, el «principio de la temporada», los ojos inmensos de la enfermera del cartel de Romero de Torres nos han traído el sabor inconfundible – y con él todas las añoranzas – del patio de maravilla de la plaza del Potro, en donde donde se conserva igual a través de los siglos: las fragancias, las formas y los gestos.
Margarita NELKEN.»
Uff, estoy asombrado de releer de nuevo este escrito, tan mágico y eterno, además quedan solamente los días 27 y 28 de diciembre para su visita extraordinaria. Es cierto lo que dice las personas que llegan, entran por el zaguán y salen al patio, alucinan, no se lo esperan, con sumo respeto en silencio caminan por el pavimento «chino cordobés» con delicadeza, admiración, sosiego y mucha paz. Es así, desde siempre.
Hasta aquí llega este regalo, aunque en la Revista Summa encontré un artículo escrito por Margarita Nelken titulado: «El Alma cautiva de la Córdoba Oculta», quizás Lector del presente y del futuro si llegas hasta aquí, te solicito me lo digas y solicites que se publique.
A ratos he ido transcribiendo estas dos publicaciones al Diario del Arte en este tercer volumen. En la casa palacio estamos teniendo muchos huéspedes que nos reclaman nuestra atención, hasta organizamos paseos por la mañana y por la noche para visitar los patios de navidad, los belenes, participando en todas las actividades organizadas en nuestra ciudad y provincia cordobesa. Lo más solicitado es ir al Patio de la Familia Romero de Torres, donde recrear los recuerdos.
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