Desde la terraza del Palacete en Toledo, recuerdo nuestro primer encuentro en la abadía del Císter. Era un sábado por la tarde, a la hora de la misa semanal, donde el párroco Abundio nos citó para los cursillos preparatorios de la Semana Santa. Al verte, me sonrojé, pasando por tu lado, con rapidez, para sentarme en la primera fila de sillas. Te vi cómo te paraste con unas mujeres del barrio, sentándote con ellas cerca de Abundio. Yo iba con un vestido amarillo Nápoles, zapatillas blancas, un pañuelo en mi cuello, siempre con una flor en mi cabello largo con dos trenzas medianas. En mis manos llevaba un libro reducido que mi abuela me había regalado para cuando fuera a la Iglesia a rezar. Llevaba un mes observándote, de lejos, a veces me sentaba al lado tuya, aunque no me tomabas atención. Mira que yo hacía todo lo posible para que te fijarás, pero existía como un muro «social», quizás por la diferencia de edad, quizás porque te gustarán las morenas. Durante toda mi adolescencia me he teñido el cabello pues soy rubia con la piel muy blanca, pecosa, nariz fina y manos delicadas. Yo veía que se te acercaban las morenas, tetonas, culonas y de piel oscura. Creo que era insignificante para ti, hasta que este día Abundio nos llamó por nuestros nombres a los dos a la vez para sentarnos juntos. Ese fue el primer momento que noté tu mirada frente a frente, mientras mis labios entreabiertos se humedecían con los nervios. En la sala de formación estábamos seis parejas, jóvenes de la parroquia, que Abundio nos fue citando para realizar unos ejercicios espirituales. Para mi fue un goce pecaminoso, tenerte así frente a frente, observando los botones de tu camisa, tus manos fuertes, tu olor carnal mientras realizamos lo mandado por el párroco. Al finalizar la sesión, mis manos se acercaron a las tuyas, notando como no te retirabas de mí. Sabiendo yo en ese instante que podría suceder esa noche algo más que un «Hasta mañana, señorita». Todos se empezaron a despedir como costumbre. En cambio yo me quedé sentada, hasta que tú te diste cuenta, viniste a mí, tomaste mis manos inclinándote hacia mi, y yo tomé impulso para levantarme notando tu pecho sobre mí, y tu boca carnosa en mis labios. Aproveché con ganas para darte un piquito. Yo esperaba que te retirases, pero tu reacción fue al contrario me cogiste por la cintura para acercarnos más, sintiéndonos tan a gusto. La luz de la sala se apagó a la hora de siempre, y ahí nos quedamos los dos besándonos.
¿Te acuerdas mi amor de ese largo e intenso beso que nos dimos en la Abadía? Tal como lo he relatado, verdad así fue o quieres tú aportar a nuestros queridos lectores y lectoras alguna sugerencia. Ya sabes ese día fue el comienzo de nuestra historia de amor. Han pasado diez años, ahora estamos aquí en Toledo, aunque hemos viajado por todo el mundo por motivos artísticos míos. Mi nombre es Otilia, mi amor amante todopoderoso se llama Arturo. Él está en la cama tumbado, me observa como estoy semidesnuda en la ventana asomada a los tejados de la Catedral. Hemos elegido este hotel por sus vistas y silenciosos atardeceres para disfrutar haciéndonos el amor. Seguimos juntos a pesar de nuestras diferencias en caracteres, y algún que otro contratiempo laboral por ambos. La diferencia de edad también es importante, nos llevamos treinta años. Yo lo conocí con recién cumplidos dieciocho años, y él tenía cuarenta y ocho; yo estaba comenzando la carrera de Arquitectura y Bellas Artes a la vez; y Arturo estaba tomándose un tiempo de retiro espiritual de su estresante trabajo vinculado a la nueva industria tecnológica. Nos hemos ayudado mucho en estos años, yo terminé mis estudios e inicié mi carrera artística en la ciudad de Roma, y Arturo regresó a su empresa para desarrollar sistemas informáticos para la carrera armamentística de última generación. Aunque hemos viajado por todo el mundo varias veces, existe una ciudad en el mundo donde solemos residir en primavera, por supuesto os hablo de la ciudad andaluza de Córdoba.
Ahora estamos en Toledo, en este mes frío nevado y ventoso. Hoy hemos paseado por sus empinadas calles, hemos visitado el último taller artesanal donde se fabrican las famosas espadas del Temple. Mi Arturo es aficionado a las piezas antiguas de armamento, quizás por defecto profesional. Y a mí me encanta la joyería artesanal entre otros caprichos como la moda española fusión tradición y modernidad. Siempre elegimos los lugares a visitar por estas razones, además de elegir el hotel más elegante, con vistas a espacios abiertos o históricos, donde expresarnos sin tabúes.
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